sábado, junio 06, 2009

El periodismo latinoamericano según Gabo


Según aviso publicitario insertado en la página 76 del diario Últimas Noticias del sábado 23 de mayo, el Colegio Nacional de Periodistas (CNP) de Venezuela ha convocado al Premio Arturo Uslar Pietri a la Comunicación, a entregarse el 27 de junio, Día del Periodista, que se conmemora en evocación de Simón Bolívar y El Correo del Orinoco (por tanto el premio nacional debería llevar el nombre del padre de la patria).

Como la dirección actual del CNP se auto reconoce adversaria del gobierno revolucionario, y como son estos mismos periodistas quienes se refugian en fórmulas legales para exceptuar y criminalizar a quienes hacen periodismo popular sin estar colegiados; como son estos mismos periodistas quienes se sujetan como sanguijuelas a Ley del Ejercicio de Periodismo, y por tanto también se sujetan a la Constitución nacional, vale la pregunta: ¿Se está pretendiendo boicotear el Premio Nacional de Periodismo que coordina el Ministerio de Comunicación e Información? Apelando a sus mismos recursos técnicos, habría que revisar a ver si este llamado paralelo no es violatorio de la ley.

No obstante obviando las eventuales implicaciones de ley que esa iniciativa pueda contener, queda clara la maniobra divisionista, acción que después será endilgada insólitamente al Gobierno.

El aviso de prensa señala que un comité no revelado hará una pre selección de los trabajos postulados y la escogencia final se hará a través de internet. Se entregarán 5 mil bolívares fuertes a los ganadores, pero la inscripción de todo trabajo cuesta 50 bolívares, que no ayuda en nada, pero es que estos jóvenes que hoy dirigen el CNP no podían quedarse sin saciar aunque sea mínimamente sus espíritus mercantilistas.

El anuncio señala que los ganadores serán escogidos de acuerdo con los siguientes criterios:

*Calidad narrativa
*Investigación original de los hechos
*Tratamiento de la información
*Profundidad interpretativa de los hechos
*Valores ético profesionales
*Aprovechamiento adecuado de los recursos expresivos y tecnológicos de acuerdo al medio.

Apasionado oficiante y estudioso del periodismo, hace varios años que Gabriel García Márquez fundó la Fundación Iberoamericano Para un Nuevo Periodismo (fnpi.org), que lleva aproximadamente diez años concediendo un premio de periodismo, que en el caso escrito especifica las mismas bases que hoy usa el CNP en su primer premio Arturo Uslar Pietri. ¿Quién se copió de quién?

Se obtiene, en cualquier caso, que a este CNP le interesa mucho lo que ocurre en la FNPI, un extraordinario laboratorio de periodismo para América Latina. Les interesa este rezumar del Gabo sobre el oficio periodístico, pero no parece interesarles mucho lo que sobre el oficio ha dicho Gabo, quien en ponencia titulada “El mejor oficio del mundo” y leída ante la 52ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), dijo:

“A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario”.

“Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes (…) Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo (…). Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de los mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran”.

“La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico”.

“Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica”.

“La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor”.

“Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro (…) Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante”.

“Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo (…) Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón”.

“El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde”.

En esta exposición, el Gabo propone al menos tres interesantes discusiones:

A) ¿Es en realidad el periodismo escrito un género literario?
B) ¿Es el periodismo un oficio estrictamente vocacional?
C) ¿Es el periodismo un oficio que se enseña y se aprenda mediante talleres prácticos?

Bien leído, el Gabo lamenta que la academia haya arrasado con el espíritu del verdadero periodismo, y propone a cambio regresar a los orígenes cuando se aprendía en talleres prácticos. ¿Por qué no se discuten estas cosas? ¿Por qué el CNP no se inmiscuye en esta discusión histórica?
A cambio, opta por crear premios paralelos de 5 mil bolívares con costo por inscripción. Con este pequeño pero importantísimo gesto capitalista se reafirman en la oposición y se confunden de cabo rabo al denominarse contrapoder, porque en realidad lo que hacen en acumular méritos para un lugar preponderante en la anti historia.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
El mejor oficio del mundo*

Gabriel García Márquez



A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.

Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de los mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.

El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.

La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo... como nosotros mismos lo llamábamos. Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller.

La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar.

Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.

La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. Algunos, conscientes de sus deficiencias, se sienten defraudados por la escuela y no les tiembla la voz para culpar a sus maestros de no haberles inculcado las virtudes que ahora les reclaman, y en especial la curiosidad por la vida.

Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir, las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.
No es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones, que tanto deseábamos en nuestros tiempos, hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora del cierre. Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material para dos columnas y a la hora de la verdad sólo les asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiene tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. “Ni siquiera nos regañan”, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevivir él mismo a las galeras de la tecnología.

Creo que es la prisa y la restricción del espacio lo que ha minimizado el reportaje, que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Es en realidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Es decir: la noticia completa, tal como sucedió en la realidad, para que el lector la conozca como si hubiera estado en el lugar de los hechos.

Antes que se inventaran el teletipo y el télex, un operador de radio con vocación de mártir capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales, y un redactor erudito las elaboraba completas con pormenores y antecedentes, como se reconstruye el esqueleto entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Sólo la interpretación estaba vedada, porque era un dominio sagrado del director, cuyos editoriales se presumían escritos por él, aunque no lo fueran, y casi siempre con caligrafías célebres por lo enmarañadas. Directores históricos tenían linotipistas personales para descifrarlas.

Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma -sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.

Aun a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno sólo: la libreta de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían. El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no escucha, repite -como un loro digital- pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.

La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con la semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. Tal vez la solución sea que se vuelva a la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.

Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.

El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.

Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre una especialidad específica -reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras- bajo la dirección de un veterano del oficio.

En respuesta a una convocatoria pública de la Fundación, los candidatos son propuestos por el medio en que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años, tener una experiencia mínima de tres, y acreditar su aptitud y el grado de dominio de su especialidad con muestras de las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.

La duración de cada taller depende de la disponibilidad del maestro invitado -que escasas veces puede ser de más de una semana-, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos, sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.

Trescientos veinte periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y medio de vida de la Fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto con dos talleres de crónica y reportaje. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con la colaboración de un general de las Fuerzas Armadas que señaló muy bien los límites entre el heroísmo y el suicidio. Tomás Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos y Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnifico Horacio Bervitsky y el acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea.

Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.

Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.

Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida. Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.


*Discurso del Gabo pronunciado el 7 de octubre de 1967, en Los Ángeles, EEUU, ante la Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

martes, junio 02, 2009

Zulianía y falconía hacia Caracas


Por muchos años, por no decir que toda la vida, estuve creyendo que era mayor la distancia entre Caracas y Maracaibo yéndose por Coro en vez de Barquisimeto. Así que las veces que la vida me emplazó a ir al templo de la gaita, ni pendejo, yo me iba por Barquisimeto y me echaba la boquilla de 660 kilómetros, medidos desde el kilómetro cero nacional en la Valle Coche y hasta cruzar los 8 kilómetros de puente Rafael Urdaneta.


En Maracaibo solía inquirir a los conocidos sobre la cantidad de kilómetros entre Maracaibo y Coro. Había una especie de consenso en torno a 280 kilómetros, a los que yo sumana los 420 que hay de Coro a Caracas y la suma me daba 700 kilómetros, unos 40 más con respeto al camino por Barquisimeto. Así que nunca se me ocurrió hacer ese desvío.


Hasta este fin de semana que me atreví por dos razones demenciales: un antojo de chivo en coco, y la otra para pasar por los médanos de Coro y llenar una bolsa de arena para que la gata de la casa se diera el lujo de sonrojarse en esa exquisitez. Además, todavía era temprano.


En mi pequeño tanquecito de guerra recorrimos los 240 kilómetros de que van del puente sonre el lago hasta Coro, lo que venía a revelar que hay la misma distancia yéndose por cualquiera de los dos caminos, pero por vía de Coro es más rápido por la magnífica condición de la carretera Falcón Zulia, sin contar que también está machete la Falcón-Carabobo, hasta la llegada a Morón que tiene sus problemas. En fin, que resultó mucho más cómoda la cosa haciendo parada en Coro y no Barquisimeto. De nada.

jueves, mayo 21, 2009

La oligarquía colombiana mira hacia el precipicio


La oligarquía colombiana está a un pasito de cometer un error histórico: designar a Juan Manuel Santos como candidato y eventual sucesor de Uribe.

Si termina de darlo, su indiscutible y mejor oponente será la emblemática senadora Piedad Córdoba, quien ante Santos irá estrechando día a día sus posibilidades hasta desplazarlo y ganar la presidencia de Colombia, para asombro mundial.

Porque con Santos, la oligarquía estará fecundando el ambiente óptimo para Córdoba: una polarización incendiaria.

Santos, un belicista confeso y practicante, enemigo abierto de Chávez y Venezuela y por inevitable extensión de Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Cuba, Honduras, ahora El Salvador, no muy amigable con Uruguay y Paraguay e incluso tampoco con Brasil y Argentina, quedará expuesto en su dimensión exacta ante el pueblo colombiano, es decir, un obcecado rival de los procesos de cambios que se vienen reproduciendo en América Latina, diferente de Uribe, un delfín del imperio que se cuida de las formas y hasta sabe camuflarse de chavista y de ¡fidelista! Santos no podrá hacer algo semejante, y un discurso demagógico y oportunista hacia los pobres resultará simplemente indigerible.

Por la propia dinámica, su contendora más formidable será Piedad Córdoba, sin duda la voz más consistente que se ha manifestado contra Uribe, pero al mismo tiempo quien mejor se ha identificado con Chávez y con lo que ha venido ocurriendo en estos diez años en el territorio latinoamericano. Con Santos y Piedad no habrá matices: blanco o negro (literalmente, así que el racismo también recrudecerá en una sociedad cuyo cogollo últimamente ha venido creyéndose sueco).

Y la opción de victoria de la senadora está fundamentada en el hecho de que Uribe ha reclamado para su gobierno logros de diversas índoles, principalmente de orden político en su combate con la FARC, pero nunca se la ha oído esgrimir la disminución de la enorme pobreza, que como arma secreta operará como un monstruo salido de la entrañas de una sociedad abatida por el capitalismo salvaje. Piedad, a diferencia, es una hija y genuina representativa de la pobreza colombiana y a ella encarna.

Así como Uribe se escondió siempre en recovecos para no reconocerse de derecha, lo propio ocurrió en la izquierda, que frustró ilusiones en las personas de Antonio Navarro Wolf y Gustavo Petro (ambos del M-19), quienes fueron tragados por un sistema con el que pretendieron convivir para sobrevivir. Así que un portazo del anquilosado Polo Democrático a Piedad, es conveniente para ella y para los pueblos latinos, porque ella tiene que significar lo inaudito.

No dejará la reacción, en todo momento, de asociarla a Chávez y acusarla de estar financiada por Venezuela. Peor para ellos, pues la misma oligarquía introducirá a Chávez en el sentir de un pueblo hermano que, transcurridos diez años, ya está suficientemente enterado de los beneficios de la Revolución Bolivariana.

Pero la victoria de Piedad no ocurrirá el día de la elección, probablemente ocurra antes, cuando la oligarquía colombiana asocie indiscriminada a Piedad con la FARC, organización de la que cabe suponer un aporte memorable: en plena campaña electoral anunciar su desmovilización y el fin de la guerra colombiana en homenaje a la candidatura de Piedad, acción que dejaría sin bandera al guerrerista Santos. Porque Piedad es una extensión política de los propósitos de las FARC, en más de 50 años de resistencia.

Con Colombia, quedará también sellado el destino de un México con Manuel López Obrador como presidente –siempre que se alinee mejor con lo que ocurre en América Latina- y ni se diga en Perú, donde Ollanta Humala arribará al poder en forma automática. Luego el continente quedará preparado para surcar el atlántico.

(Chile es una burbuja de acero forjada en dictadura y por tanto los chilenos han de enfrentarse solos al demonio. Quizá les convenga de cara al porvenir escoger a Piñera).

jueves, mayo 14, 2009

Mensajitos del tipo 256


Ustedes habrán notado que desde hace un tiempito en la parte inferior de la pantalla de Venezolana de Televisión ruedan mensajitos que el pueblo envía durante la programación del canal. El número al que debe comprarse el derecho a la opinión siempre es el mismo, en el caso de VTV el 256, y la palabra a enviar dependerá de la hora y del programa de turno. Por ejemplo, cuando es Tania Díaz quien lleva la voz cantante, entonces usted antecede la palabra “dando” a su opinión y listo, siéntase realizado después de haber pagado 0,50 más básico, más iva. Como si VTV no tuviera presupuesto nacional para darse este lujo de traficar la opinión.

Entiendo, en todo caso, que quienes se lucran no son los periodistas de turno. Es decir, no me imagino a Tania pasando por caja a ver cuánto le toca por la cantidad de mensajes que se recibieron mientras ella se abnegaba frente a la pantalla. Y así con todos: tampoco creo que María Teresa se meta ni medio con ese sistema ni mucho menos Vanessa (a lo mejor Nolia sí). Los reales del pueblo entonces quedan en las arcas del canal. ¿Hay necesidad de pechar al soberano por decir algo?

En fin, que no es de VTV y de sus prácticas mercantiles de quienes quiero hablar. Esta tarde he sido enterado por un amigo que trabaja en la emisora juvenil Activa, del circuito Radio Nacional de Venezuela, de que allí también practican este capitalista oficio de cobrar por derecho a la opinión.

A diferencia de VTV, donde las anclas no se llevan medio del festín en tanto que figuran en una nómina que les asigna el canal, está bien que en Activa de Radio Nacional se cobre por el fulanito mensaje, pero está muy mal que la radio se embolsille el botín.

Por una humilde razón: la programación de Activa está conformada en su mayoría por productores independientes, gente pujante que no está en la nómina y a la que no le dan ni para pagar la camionetica. No, si quieren ganarse algo, los productores independientes deben irse a las instituciones públicas a rogar una pauta antes de que les tiren las puertas en las narices.

Y así ha estado mucha gente: años esperando que la emisora les pase un bolívar. A mí se me ocurre que sería tremendamente justo si Radio Nacional llega y dice que quienes sean productores independientes y no tengan cuñas, pues que sus ingresos estén constituidos por la facturación en mensajitos que se produzca en el tiempo en que dura el programa de cada uno. Esto no solamente es justo, sino que tampoco arruina a una emisora subsidiada por el Estado.

A todas estas, no entiendo cómo los productores independientes comecables no han hecho una causa común en esto de reclamar los reales que ingresan a la radio producto de sus esfuerzos y talentos.

Productores que pelan bolas en las emisoras del Estado, uníos.

Dense el gusto de al menos escuchar a nuestros jerarcas radiales decir que no es posible distribuir el cobro que realizan al pueblo por opinar, que dónde se ha visto eso.

Bueno, y aquellas emisoras comunitarias y/o alternativas que no reciben pasta del Gobierno, hijos, implementen tales mensajerías para que quienes trabajan con ustedes al micrófono se ganen al menos dos lochas. Quizá las comunidades respectivas se solidaricen y diezmen a favor de quienes sostienen la programación.

domingo, mayo 03, 2009

BANDA SONORA


Como a ustedes, me va mejor cuando escribo con mi propia banda sonora como fondo cerebral.

Escribir mientras escucho mi selección musical me concede una sensación de agonía, de quiebre, de quema de nave, de entrada a una dimensión alejada de toda realidad.Escribir con musiquita, casi siempre nos traslada a un mundo cósmico.

Me ha vuelto a suceder esta tarde, mientras por el chat converso con el juglar Rubén Blandes tratando de hacer un viaje de su alma política. Mientras discurre la cháchara –cháchara a la que Rubén le hurta el cuerpo- hago que se repita sin cansancio el número “El padre Antonio y su monaguillo Andrés”, una canción que desde la primera vez me ha causado instintiva indignación por ser una historia que si bien en las primeras no supe que era basada en hechos reales, me bastaba saber que un cura bueno había sido asesinado para llorar internamente de la arrechera.

Hoy mientras la escucho insistentemente al tiempo que con Rubén jugamos al gato y al ratón, me percató de una consigna soltada por el poeta como epílogo de su denuncia: “Aquí matan a la gente, pero no a la idea”.

Este desgarre de Rubén me remontó al justo instante en que sentí que la rebeldía podía ser una buena causa. Comenzaban los 90 y en la Universidad de Carabobo, en la pared de entrada que daba hacia las aulas de Educación poco después de traspasar el arco universitario, me topé con un graffiti cuyo mensaje estribaba en un espeluznante canto de lucha: “Podrán cortar las flores, pero no detendrán la primavera”.

Leí aquella vaina y me quedé un rato contemplándola. Me sentí importante y que me quedé con la frase y la plagié tantísimas veces en tantísimos intentos de amoríos. Eran aquellos tiempos no tan remotos en que las policías mataban impunemente a los estudiantes y poquísimas las sotanas que salían a batirse en defensa de la juventud masacrada.

Así que trataba infructuosamente de que Rubén me dijera si todavía él se consideraba un hombre de izquierda, o que si luego de cinco años de servicio público consideraba que había servido a un proyecto reivindicador de los escoñetados de América Latina y el mundo (tiene en marcha su cuenta regresiva de los días que le faltan para deshacerse del compromiso patrio).

Se va por las ramas ante la inquisición. No piso acelerador, de puro comprensivo, pues Rubén emprendió gira y hará parada en Venezuela (está confirmada Barquisimeto) y es algo lógico que quiera evitar los pantanos.

Si me hubiera dado el dedo, le agarro todo el brazo y lo encallejono pretendiendo saber si aquel alegre cantante de los 80 que fustigaba al tiburón que se acercaba a una orilla en la que solo se hablaba español; si el poeta que se lamentaba que en lugar del sol amaneciera un dólar; nada menos que el cantante de "Plantación Adentro"… de haberse presentado la ocasión yo le hubiera preguntado si aquel muchacho insolente había muerto devenido en esquirol del salvaje capitalismo. Pero supo aguantar el swing ante las curvitas afuera. Se guarda su opinión sobre la Revolución Bolivariana (hace rato que tira piedras hacia Cuba).

Busqué otros atajos para sostener la cordialidad. Hace unos cuatro o cinco años que ando asido del acertijo que habita la canción “Amor y control”. Allí está la clave de un ejercicio narrativo que me tengo prometido. La pista está en lamento que parece decir algo así como you, nuuu, un falsete, un quiebre de voz que quiere transmitir dolor del alma. Sigo en esta cacería, algún día se sabrá de la jornada.

Mientras me distraigo en elucubraciones, Rubén se me ha escapado del chat. Se desapareció metiendo las mismas zancadas del mítico Pedro Navaja. Por cierto, ¿en qué país andará hoy prófugo Pedro Navaja? ¿O se habrá metido a paramilitar?

viernes, mayo 01, 2009

viernes, abril 03, 2009

Diario de una muchacha inocente que escuchaba fantasmas


Nací en Anaco y me crié entre Cantaura y Barcelona. Soy oriental de pura cepa, criolla como el merengue. Papá estuvo preso varios años porque mató a un hombre que le faltó el respeto. Desde entonces pasamos mucha hambre, ese es el mayor recuerdo de mi infancia.

Yo tenía cuatro años cuando mi papá estaba preso. Al mismo tiempo se murieron mi abuelo y mi tío y nos quedamos sin hombres en la casa. Éramos siete hijos de mamá, que era maestra normalista, y siete de mi tía, que no trabajaba. También estaban abuelita, dos tíos que eran anormales (que ya murieron y quise mucho). Eran demasiados en una casa con un solo sueldo y pasamos mucho trabajo. Papá nos mandaba comida desde la cárcel, hasta donde pudo nos mantuvo. Teníamos una quintica en Cantaura que tuvimos que vender en 30 mil bolívares para pagar los abogados.

Siendo mi mamá maestra yo aprendí a leer y escribir antes de ingresar a la escuela. En primer grado, a la hora de presentar exámenes, me enteré de que no estaba inscrita, sino como oyente. Había estudiando con el libro Juan Machete y después me dicen que no presento porque estoy como oyente. Tuve la suerte de tener excelentes profesores en bachillerato, que cuando vieron que tenía actitudes especiales se fijaron un poquito más en mí y me formaron no solamente como estudiante, sino como ciudadana. Imagino que verían la chispa, capacidad de discernir, liderazgo innato y don de gente. Era hiperkinética, interactiva, pilas, superviva, estaba pendiente y me daba cuenta de todo.

Un día normal, antes de que papá estuviera preso, comenzaba a las 6 am. Nos daban una arepa de maíz molido y caraotas. En la escuela un refresco y un golfeado. En la tarde hacíamos la tarea, nos daban comida y nos acostábamos a las 8 pm. Ninguna de mis hermanas tuvo muñecas porque desde que papá cayó preso más nunca hubo Niño Jesús ni hubo nada.
Soy la cuarta de siete hermanos: cinco hombres y dos mujeres. Soy Lina porque nací un 23 de septiembre, que es el día de Santa Lina, y porque mi abuelo se llamaba Lino Pereira. Lina significa bueno, no me acuerdo en qué dialecto.

Desde pequeñita mi mamá nos inculcó la noción del bien y del mal. Desde que yo recuerdo vi a mi mamá ayudando al prójimo. Ella compartía la comida con los vecinos, solucionaba los problemas de la gente que se le moría un familiar y no tenía cómo enterrarlo. Soy consecuencia indiscutible de la formación de mamá y papá.

Me formé en la iglesia adventista del séptimo día. Allí viví toda mi niñez y la adolescencia. De ellos aprendí la piedad, la temperancia, el ser regular, disciplinada, a compartir, que es un don divino.

Como muchacha y como mujer siempre fui inocente. Vine a tener novio a los 20 años, no porque no tuviera pretendientes, sino porque pensaba que debía tenerlos cuando fuera una mujer hecha y derecha. Hoy pienso distinto.

Hay una cosa de las que más recuerdo de mi vida: mi hermana Ivonne estaba de novia con el hombre que hoy es su marido. Él tenía un picó y una vez puso un Twist y los pusimos a bailar “La plaga”. Entonces mi cuñado me preguntó que qué quería ser cuando fuera grande, y le contesté que bailarina o astróloga: me equivoqué.

Nunca fui mujer de tener ídolos faranduleros. Recuerdo con especial cariño, en el 67, cuando murió el camarada Cherry Navarro. Estaba pequeña, pero me pegó bastante su muerte. Siempre admiré a Fidel y al Ché. No he sido buena bailadora, lo que soy es bochinchera, bailo lo que sea, pero igualito, todo al mismo paso, pero bailo, que es lo importante. Nunca tuve amores platónicos, pero mi adoración definitiva y cerrada siempre fue hacia Pancho Villa, Napoleón Bonaparte y Simón Bolívar.

Al llegar a Caracas, en el 86, busqué trabajo y me contrataron en Tiendas Puchi, en el Centro Comercial Paseo Las Mercedes, donde tuve una extraordinaria jefa llamaba Ingrid Lenin de Cabrera. Era la primera vez que venía a Caracas, tenía un poquito de temor y angustia. Imagino que mucha gente se moría por estudiar medicina. A mí me salió como una opción. Había puesto derecho y comunicación social y me tocó medicina. Decidí asumir ese camino (hasta cuarto año).

Yo tuve la suerte de encontrarme con Eva Esté, quien coordinaba los comités de luchas populares en Sebucán, cerquita de la casa de Luis Herrera Campíns. Era un monasterio de los franciscanos que lo convirtieron en escuela de medicina. Allí había leyendas, por supuesto. Yo llegué a oír lo que pasaba, cómo tronaba el piano en el anfiteatro, de pronto, como el monje loco, y no había órgano en ninguna parte. Los vigilantes ni siquiera se quedaban dentro de la escuela, sino en la parte externa, porque adentro se oían voces. Doy fe de cómo tronaba ese órgano a golpe de 6 pm. Tronaba horroroso, pero buscaba por todos lados y no era nada.

Se me complicó la vida en esas circunstancias, pasaron algunas cosas, familiares inclusive, y la cuestión se quedó hasta allí. Fue una decisión personal que no debí asumir (dejar los estudios universitarios), me puse a trabajar. Algún día, si esto pasa, si las escuelas de medicina dejan de estar tomadas por la contrarrevolución, podría regresar. Actualmente es imposible.

domingo, marzo 29, 2009

…y la telenovela nació en Cuba…

Cuando la Revolución Cubana comprendió que se había quedado íngrima en la era de las cavernas en su alergia homofóbica, no fue que salieron los burócratas a decir en televisión que a partir de ese momento se acababa el segregacionismo en la isla, o a cuestionar diciendo que de dónde se sacaba que en Cuba hubiera discriminación sexual. No. No hicieron nada parecido.

A través del señero Tomás Gutiérrez Alea filmaron Fresa y Chocolate, película hito del cine cubano, incluso hasta por su nominación a los premios del establecimiento cinematográfico de Estados Unidos, y la revolución no sólo se quitó de encima ese pesado fardo que tantos cuestionamientos amigos le hacían granjearse a escala planetaria, sino que, además, de un tirón y apenas mediante un film en apariencia inocuo, se puso a la vanguardia latinoamericana en tolerancia y resguardo de los derechos de los homosexuales.

Afirmo esto y me valgo de un reportaje del actor estadounidense Sean Penn, quien de un encuentro con Fidel Castro escribió así:

“En 2005, en un viaje de navidad a Cuba bajo los auspicios del turismo religioso, mi esposa, nuestros hijos y yo fuimos recibidos en una reunión de medianoche con el entonces presidente Fidel Castro y el gran novelista colombiano y premio Nobel Gabriel García Márquez. Antes de nuestra salida de Estados Unidos, me senté con mis hijos a ver documentales sobre la Revolución Cubana. En particular, mi hija se había ofendido por la historia de opresión hacia los homosexuales en Cuba, y había dejado claro a su padre que si le ofrecían la oportunidad de reunirse directamente con Castro, se negaría. Márquez nos invitó a su casa. Entramos y ahí, solo en la sala, estaba sentado Fidel Castro. Tras la sorpresa de la reunión, mi hija educada y de 14 años tomó su lugar en la sala y espero su turno para atacar.
Fidel me agarró por el brazo y me sentó a su lado. Comenzó la conversación preguntándole a mi hijo, entonces de 12 años, sobre el plan de estudios en su escuela pública. ¿Sabía cuán lejos estaba la Tierra del sol? ¿Sabía la diferencia entre kilovatio y voltaje? El interrogatorio siguió por media hora, y el porte de Castro era el de un abuelo estricto, escondiendo su afectuosa sonrisa detrás de sus labios mientras demandaba conocimiento con curiosidad. Me pareció que podía sentir la conducta fría de mi hija. Y justo en el momento apropiado, todavía sin una palabra de ella, le preguntó qué le molestaba. Ella respondió: “¿Por qué no le ofrece los mismos derechos humanos de los heterosexuales a los homosexuales en Cuba? ¿Por qué los ha perseguido?” Estaba lista para la pelea, pero ninguna pelea estaba próxima. Ni siquiera una señal de defensa. Castro no parecía impresionado por la pregunta, y pacientemente explicó que la homofobia no había sido inventada en Cuba, pero tenía profundas raíces culturales, y que él y la Revolución tenían muchos errores como resultado. Pero que había una evolución en el proceso de cambio. Y que a pesar de que todavía se cometen errores, ha habido un crecimiento tremendo. (En 1979, Cuba abolió las leyes anti-sodomitas. Hoy en Cuba, la afirmación de las uniones de un mismo sexo está programada para 2009, sobrepasando así las reformas sociales de Estados Unidos, y las cirugías de cambio de sexo son bienvenidas en el servicio de salud pública). Desarmó a mi hija y había llegado mi turno”.

Todo cuanto expuso y defendió Fidel ante Sean Penn, era consecuencia de lo iniciado en el fragor del período especial en 1993, sin necesidad de inyectar ideología a través del cine. Desde luego, Fresa y Chocolate no era ninguna otra cosa que un excepcional plan de inoculación ideológica, pero el éxito de la operación consistió en que el objetivo de la misión le fue imperceptible a las audiencias (“En silencio ha tenido que ser”). Como se observa, el pregón es otra cosa y sus funciones poco tienen que ver con la ideología de masas.

Incurro nuevamente en este tema de la televisión alarmado íntimamente por la insistencia de muchos camaradas en sostener que las pantallas son para educar, y para educar con el temario del socialismo. Siempre que oigo este argumento, me brota una honesta interrogante: Si queremos educar con la televisión, ¿por qué no suprimimos el Ministerio de Educación?

El camarada formado, el camarada aventajado incluso ilustrado, no escatima palabras para reconocer sus pruritos hacia, por ejemplo, la telenovela. Infinidad de veces el presidente Chávez les ha caído encima también.

La telenovela, bien lo saben ustedes, es un género que nuestra amada Latinoamérica ha legado a la humanidad. ¡Pero es un género que nació en Cuba!

Es verdad que se inventó a principios de los cabareteros años 50, antes de que los barbudos se instalaran en el poder, ¡pero la revolución no proscribió el género!

Tanto no se atrevió a atentarlo, que al sol de hoy muchas de las políticas informativas del buró se ejecutan, con ejemplar éxito, a través de los teledramas.

En 2008, estuve como espectador cotidiano de una telenovela cubana llamada “El lado oculto de la luna”, transmitida por Ávila TV.

Nada que no se haya conseguido en las producciones de Venevisión: El galán y su mami, la mala, la chismosa, el bondadoso, el policía… todo adornado de un contexto conmovedor: la propagación del sida por relaciones sexuales sin protección. Un verdadero bets seller de pantalla que le ahorró al ministerio de salud cubano gastar un centavo en verborrea institucional.

Entienden los cubanos que esa cajita con la que se penetra a los hogares es una vaina que sirve para divertir y distraer, esencialmente. Esas son sus funciones, y ni pendejos ignoran esto los cubanos. En la Venezuela revolucionaria, en cambio, el consenso que priva es la moraleja del chiste del detective venezolano que en un concurso internacional hace hablar a un cochino que para quitarse la tortura de encima dice: está bien, chico, soy un conejo.

La televisión, me perdonan la herejía, es pan y circo y esto es inconmovible. Así lo entendieron virtuosos como Cabrujas, quienes, sin embargo, supieron siempre que entre mierda y mierda siempre fue posible meter contrabandos dignos. Toda la obra de Gallegos en televisión fue gracias a la obstinación de Cabrujas por una mejor sociedad (“Pobre Negro” la grabaron de madrugada porque esa fue la condición de la gerencia para no entorpecer la rutina y para atenuar que un negro se fuera a colar en las pantallas).

Por la televisión que siempre criticó murió Cabrujas, fundador de un género del que se aborrecía como es la telenovela cultural: obras que tuvieron siempre singulares éxitos y que algún mínimo cambio produjeron en la manera de pensar del venezolano.

Mientras hago presencia en una de las mesas de la jornada de constitución del Consejo Nacional de Comunicadores Social, fabulo en si esto será posible en la Venezuela actual y me vuelvo a golpear con una circunstancia insólita: el reporte generalizado de los compañeros que asistieron del interior del país es que en casi ninguna parte extra Caracas llega la señal de Venezolana de Televisión.

Más increíble todavía que el presidente Chávez haya padecido esto públicamente cualquier cantidad de veces. La más reciente, en un Aló Presidente realizado en Tucutunemo, cuando armó un berrinche porque quienes estaban presentes le vociferaron que en ese pueblo Venezolana de Televisión era una quimera.

¿Debe Venezolana de Televisión hacer telenovelas? Después de que su señal cubra palmo a palmo el territorio nacional, yo creo que sí. Pero entiendo que ello sólo será posible previo al debate sobre la estigmatizada telenovela y cuando VTV, YVKE, VIVE, TVES, RNV e incluso la TELESUR de mis tormentos dejen de ser unas cajas negras para los colectivos e individualidades afines a este peo ideológico.

martes, marzo 24, 2009

Nuevo libro o la burocracia en El perro y la rana

Por: Ildefonso Finol

Este libro -que ya salió de imprenta- lo escribí en 2004.
Unos amigos lo llevaron a El Perro y La Rana junto a otros textos míos para cham@s. Publicaron sólo "Décimas para acercarse al universo" (segunda edición). Me enteré al verlo en un estante de la Librería del Sur en Coro. Compré uno y le firmé otro a la niña recién nacida de la pareja que lleva la librería.

La editorial nunca me avisó de su publicación. Un día que fui a Caracas -esa bella, limpia y productiva capital capitalista- pasé por la editorial y hablé del asunto con la asistente de Miguel Márquez, la amable compañera llamó a depósito y me "dieron" 50 libritos.

El señor que me los trajo me insistió que esos "50" correspondían al 10% de la edición por derechos de autor.

Yo traté de explicarle que el 10% de 5.000 eran quinientos.

Pero él en tono severo me exigió que firmara la constancia de los "50" y que después viera lo demás con sus superiores.

El amigo Danibal Reyes, con quien conversaba en ese momento, me dijo que allí no hacían tirajes de 5.000 ejemplares. No sé, pero así se lee en la tapa del librito (silence).

Por eso será que soy más poeta que economista.

Pues te contaba que mis amigos Francis Jiménez y Luis Darío Bernal, con el mayor amor -como todo lo que hacen- llevaron mis textos a la editorial.

Qué te puedo decir de lo que me pasó con este Náufrago de cinco siglos...
Un día que pasaba a saludar a mis amigos de A Plena Voz, con quienes colaboro de puro amor al arte sin cobrar nada desde sus comienzos y aprecio mucho el trabajo de Willian Osuna y Héctor Seijas, me topé con la FUNCIONARIA que tenía a su mando mis textos. La chica me dijo respecto al Náufrago de cinco siglos: "Que no se va a publicar, porque no es posible que un niño de nueve años sepa tanto de historia". Yo me quedé así como entre perplejo y arrecho mirando la carita lánguida y estoica de la FUNCIONARIA.

Recordé tantas cosas vividas en ese momento que sería muy largo -y obsceno- contar. Lo resumiré diciendo que me sentí como el personaje central de Kundera en La Broma.

Lo único que recuerdo fue que le dije a la FUNCIONARIA que qué le parecía si "le poníamos al chamo una capa que le sirviera para hacerse invisible y lo convertíamos en tremendo mago". Tal vez así lo publicaría por mayor verosimilitud.

A la FUNCIONARIA no le llamó la atención, ni le pareció insolente, que en el libro un loro llamado Gardel, fuese un erudito en historia y lo parlara en mera versificación rimada; es decir, en décima maracucha...

Lo que le motivó a CENSURAR al Náufrago de cinco siglos, fue el hecho de que existiera un chamo de 9 añitos que se interesara tanto por la historia.

Bueno, Laura, disculpa la cháchara, pero esa es la historia de este pequeño libro amoroso del cual te hablo.

Se ha publicado gracias al tremendo esfuerzo de la Cooperativa Ñángara que hemos fundado junto a panas y familiares, y al Fondo Editorial Cacique Nigale, que yo mismo fundé hace una década para caminar por el sendero luminoso de la creación libertaria.

Estamos endeudados pero contentos. Y, aunque no ganemos dinero, ganaremos el brillo de los ojos de nuestr@s lector@s, que vale más que el oro y la plata juntos.

Un abrazo.

domingo, marzo 08, 2009

Una coma divisionista y antirrevolucionaria

Patria, socialismo o muerte. ¿Qué tenemos allí? ¿Una tripleta de opciones? ¿Tres alternativas? ¿Tres para escoger uno? ¿O dos para uno?

Cuando la consigna inspiradora “patria o muerte” nació allá a principios de los 60 en la Cuba revolucionaria, estaba clarísimo que antes de perder la patria, primero la muerte.

La Revolución Bolivariana ha retomado ese anhelo, pero ha errado en su construcción gramatical, porque propone una selección múltiple. Una feria.

Sin ser suficientemente un lingüista, es claro que los sustantivos “patria” y “socialismo”, tal como están formados, esto es separados por una coma, conforman dos alternativas positivas contra otro sustantivo negativo. Una cayapa.

Lo cual pone a los revolucionarios en trance de escoger patria o bien socialismo contra muerte.

Diferente y correcto sería si la consigna se erigiera de este modo. “Patria y socialismo o muerte”.

Y todavía así habría un error conceptual, porque para que haya la patria que buscamos, antes debe ocurrir el socialismo. Así que lo adecuado sería “Socialismo y patria o muerte”.

Una contracción final perfilaría la consigna de la siguiente manera: “Patria socialista o muerte”.

El diccionario más consensuado, finalmente, define a la coma como un “signo ortográfico que sirve para indicar la división de las frases o miembros más cortos de la oración…”. De la “Y” dice que es una “conjunción copulativa para formar grupos de dos o más palabras entre los cuales no se expresa”.

sábado, marzo 07, 2009

Para una guerrilla agroalimentaria

El 10 de septiembre de 2008 escribí y envié por correo electrónico a un grupito de amigos y conocidos el texto "Para una guerrilla agroalimentaria".
Como el Gobierno nacional, en la persona del aguerrido e imprescindible Eduardo Samán (ministro en buena hora), ha sacado por fin las garras y hasta se dispone a regular el precio de las arepas, he sentido la nostalgia de desempolvar esta idea y volver a esparcirla al aire.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
Para una guerrilla agroalimentaria
Este domingo salió una entrevista en Últimas Noticias con el ministro Alí Rodríguez, quien se quejaba con una frase que fue usada como titular. Ministro Alí Rodríguez: "Los restaurantes son marcadores del precio de los alimentos".
Primera vez en la historia económica del país que un funcionario tocaba semejante tecla. Esta amargura expresada por Rodríguez me hizo evocar las mías propias sobre el mismo tema, y a cierta vez que hice llegar al ministro Elías Jaua, o al menos la hice llegar al Ministero de Agricultura y Tierras -dado la inaccesibilidad de nuestros dirigentes- una idea en forma de spot publicitario: el ranking agrícola.
Le sugería yo que no estaría mal que mediante ley o decreto u otra cosa, se obligara a los expendios de comida a colocar un cartelito visible al comensal en el que se le indicara qué estaba produciendo el país en determinado mes (y así mes a mes), del mismo modo en que se informa que "aquí no se fuma", u "hoy no fiamos mañana sí".
Por ejemplo: las caraotas negras se cosechan en agosto. ¿No es lógico entonces que ese mes el precio del pabellón criollo oscile hacia la baja? Es decir, ¿no es lógico que la oferta de caraotas baje el precio en los mercados y entonces eso se traduzca en una baja del plato? Porque una vaina sí es irreversible en esta vida: los restaurantes nunca bajan sus precios de nada, nunca. Siempre suben.
En parte -o en mucho- porque los usuarios, esto es la gente que va a restaurantes a comer, no tiene cultura de lo que se produce en el país, y entonces es timada sin la menor resistencia. Pero si se le informa mediante el ranking, no sería extraño ver a mucha gente formulando objecciones a los precios.¿Debe costar lo mismo todo el año una ensalada con fundamento en el aguacate y el tomate y la cebolla? ¿Qué pasa cuando el país está cosechando estos rubros a cantidades satisfactorias? No pasa nada, el precio se mantiene.Yo basaba mi explicación diciendo que si se ponía a la gente en conocimiento de la producción de rubros, esto quizá movería la famosísima dialética económica de a mayor oferta, menor precio. Y que por eso camino meteríamos al país entero en un debate sobre cómo caminar efectivamente hacia la meta sensiblemente estratégica de la soberanía alimentaria.
Uno de los ejes fundamentales de la soberanía alimentaria consistiría en que el país consuma lo que produce. Ah, que este mes estamos produciendo tomates, pues comemos tomates, que además están baratos por aquello de la sobreoferta.
No pocas veces se ha lamentado el ministro Jaua de que los venezolanos comemos lo que no producimos, y viceversa. Diagnosticó este asunto errado, o al menos desde sus consecuencias y no desde sus causas: es que la gente no regatea. El regateo es un procedimiento no solamente añejo, sino científico: la gente regatea cuando tiene herramientas que le hacen sospechar que tiene cómo ganar el pulseo dialéctico entre oferta y demanda.
¿Qué sentido tiene que pida que me dejen la lavadora más barata si sé que con decirme que es importada no tendrá nada que oponer? Esta revolución ha cometido muchas audacias razonables y otras no tanto; ha reivindicado el sistema de trueque y ha creído legítimo pedirle al pueblo que regatee. ¿Por qué va a ser una locura pedirle a los restaurantes que exhiban un ranking de productividad agrícola nacional al menú del lado del día? Lo que es lo mismo decir: ¿por qué no hacemos de esto un periódico? Una guerrilla agroalimentaria, pues.
Lo dicho otras veces: nos hace falta el Ministerio del Poder Poder Popular para el Acceso Propio a la Revolución Bolivariana, y el Ministerio del Poder Popular para la Captación y Procesamiento de la Ideas Simples del Pueblo.

miércoles, febrero 25, 2009

Pongamos que hablo de Madrid

Invitado y mejor atendido por mi amigo Joaquín Sabina, heme aquí en su piso de Madrid. Antes de esculpir estas líneas, sorbo una copa de vinotinto mientras por el balcón observo y psicoanalizo a esta ciudad al mismo tiempo sagrada y obscena.

El flaco tiene disco en ciernes y anda gilipolla porque piensa que una de las canciones tiene un entrelíneas del que puede extraerse el pronunciamiento fino y definitivo que siempre ha querido hacer pero que no hallaba cómo sobre los aconteceres contemporáneos de la América Latina.

Anda cachondo con el logro, pero en última instancia, me ha hecho cruzar el atlántico para que se lo aquilate. Carajo.

Le hago mis consideraciones, resumidas en decirle que los sabinistas latinoamericanos van a captar el mensaje al voleo. Sabina –el flaco usa el apellido materno para homenajear a su madre Matilde, a la que instintivamente ha marginado siempre en sus andanzas y en sus memorias– se declara agraviado y me pide que le cite una, coño una sola, de sus canciones en la que la idea sea expedita.

Buena pregunta, porque el arte del poeta ha consistido precisamente en componer y cantar garabatos y con ellos ganarse una descomunal pero silenciosa fanaticada. En fin, para qué amargarnos la vida, vamos tío, venga ese palo de añejo para atemperar este frío que a la fecha azota a la bella Madrid.

Madrid es una ciudad con espíritu latinoamericano pero sin actitud latinoamericana. Lo tiene todo pero le falta le pulsión latinoamericanista.

Yo la conocí a mediados de 1997, igualmente impulsado por el estímulo volcánico de Sabina, a quien en diciembre de 1996 había conocido providencialmente en una taguara de Sabana Grande llamada O Gran Sol, por entonces antro de quienes buscaban dónde bailar salsa en Caracas.

Sabina había dado sendos conciertos en el Teresa Carreño y para cuando entonces su organismo se mantenía intacto de los auto atentados de la droga. Era un auténtico animal nocturno necesitado de vagar al amparo de la noche para cosechar versos urbanos enrevesados. Tiempo después, frente al pelotón de fusilamiento de la inhalación que le paralizó verticalmente medio cuerpo, se dejó de retóricas y anunció públicamente su nueva militancia en la doctrina de su amigo el Gabo, quien había dicho que no necesitaba consumarse en bares y entre putas para encontrar historias, que para eso estaba la imaginación. Y se quedó las madrugadas en casa.

A golpe de una de la madrugada estaba en la barra con los hombros derrumbados, sin ser reconocido por nadie. Lógico, estaba fuera de ambiente, con todo y que el género salsa es una de sus grandes pasiones, pasión que sería medianamente mitigada años después en la canción Con un par, una joya de un género que él mismo denominó intento de salsa.

No habían transcurridos muchos años desde que Pedro Heredia Fuguett me había dicho que todas las canciones de Sabina eran autobiográficas, y que por tanto uno de los protagonistas de Pacto entre caballeros era el mismísimo Sabina. Al reconocerlo, le toqué el hombro y sin dejarme preguntar me abrió una silleta para que me sentara a conversar con él. Hizo un gesto de fastidio cuando se le consulté si era verídica la historia de Pacto entre caballeros. Me dijo que sí, y que también era auténtica La del pirata cojo.

Yo andaba con Edgardo Lanz (con quien he militado todos estos años en la escuela de pelabolismo), quien ahora desarrolla brillante carrera como profesor del Sistema de Orquestas; con Javier Blanco, quien de tanto fracasar en su intento por estudiar periodismo en la UCV después se inscribió en letras de la UCAB y más nunca volví a saber de él; y con Érika Portocarrera, un hembrón que acababa de empezar biología en la UCV procedente de Puerto Cabello, donde aprendió a bailar salsa de una manera tan sensual que en esas noches de turbulencia, más de una incitación a la violación provocó. Yo me llevé la mesa de nosotros al Sabina, cuyos ojos se pusieron brillosos al topar con el monumento de mujer.

Sabina comenzaba la noche y todavía no despegaba en su locuacidad. Reía y reía consecuencia de los porros que consumió antes de salir del hotel. Sacando ventaja de que Edgardo, Javier y yo no bailamos ni la pepa de los ojos, un zamuro sacó a bailar a Érika con uno de esos temas cabilla, pero cabilla tripa e pollo, pues si bien suenan las trompetas, la pieza se baila en un cuadrito. Es más que todo una insinuación prolongada. Se trata de puro contoneo.

Termina la pieza y el poeta quiso agarrar mango bajito y tomó a Érika y la llevó al centro de la pista, y entonces es emboscado por la banda La Sigilosa que se monta sobre los cueros para hacer sonar una mierda ya no acompasada, sino de movimientos acrobáticos, una cabilla del tamaño de una catedral. Sabina parecía un espantapájaros con sombrero incluido, sin poder asirme a aquel cuerpazo que se desplazaba como un trompo. Risa y risa. Cuando volvió a la mesa ya estaba totalmente desinhibido pretendiendo que Érika se rindiera ante su encanto y sus ocurrencias.

A las cuatro de la mañana Érika se ladilló del babeo y se fue en un taxi aprovechando una visita de Sabina al baño.

El flaco quedó deshecho de tan birriondo que lo había dejado el cuerpecito de Érika. “No se preocupe, hermanazo, esa mujer vive donde nosotros”. Revivió. Y empezó con llévame, llévale, llévame.

Tuve que confesarle que Edgardo, Javier, Érika y este servidor vivíamos amorochados en una residencia estudiantil en la calle Minerva de Las Acacias (detrás de la UCV por la entrada de la escuela de educación). Y que había divisiones para mujeres y hombres… y que en la noche cerraban la puerta a las doce y la abrían a las seis y que por eso los panas la mentaban el monasterio (¡Ay, papá, ya se van los cenicientos!).

A nada de esto sucumbió el flaco. A golpe de cinco de mañana estábamos en un taxi a la búsqueda de Érika. Ayudándonos entre todos trepamos un paredón e ingresamos hacia el fondo de una terraza del monasterio desde la cual se veía el sector femenino. Sabina trató de tararear una letra a favor de Érika. Y así estuvo una media hora, hasta las muchachas empezaron a levantarse y a gritarle: coño, viejo borracho, deja de gritar que Érika no está. No estaba, no había cogido hacia su casa la muy vagabunda.

Entonces a Sabina le entró un sueño irremediable y pidió una cama. No había cama. En el cuartucho que compartíamos Edgardo yo había un desvenjencido jergón sobre el que se derribó hasta las 2 de la tarde, cuando volvió a la vida. Mientras él estuvo durmiendo a pierna suelta toda la mañana, a eso de las diez me desperté y me puse a leer una novela de Eduardo Mendoza (El misterio de la cripta embrujada).

Se levantó, se echó un poco de agua en la cara y me dijo que lo acompañara al hotel. Llegamos y los integrantes de su equipo estaban como bestias heridas sin poder exteriorizar la angustia por la desaparición del flaco.

En ese hotel me quedé dos noches en las que no hice sino conversar y tomar caña con el flaco, quien sólo me dejaba salir para que regresara con Érika. La coña sólo se apareció cuando el poeta estaba casi al salir para el aeropuerto. Se presentó apenada porque al rompe no había sabido reconocer al cantante, a quien acompañó en la bajada a La Guaira.

Algunos meses después Érika y yo estábamos rumbo a Madrid a casa de Sabina. Creo que nunca prosperó nada, porque cuando Érika pisó tierras españolas, llevaba un muchacho de tres meses en la barriga, aunque no lo sabía. Lo supo por la descompensación que le produjo el vuelo. Y se lo dijo a Sabina apenas al verlo: “Estoy preñada”, le grito más contenta que el coño.

Pasamos una semana jodiendo y de pea en pea y Érika haciendo acompañamiento adicional con las rayas. Tiempo suficiente, en todo caso, para que la semilla de la amistad quedara sembrada por siempre. Por ella estoy hoy en Madrid.

También lo estoy, es lo de menos, porque el Joaquín anda atribulado debido a que el lunes pasado arribó a sus 60 años (cumplió 40 y 20, como suele decir). A mi solo recordatorio de que ya es un sexagenario, el juglar se retuerza del espanto que esta palabra le produce. Le genera un escalofrío el cual supera y dice: me siento como si hubiera alcanzado la mayoría de edad, y se caga de la risa. En buena hora.
¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨

EXTRAS
Sambil La Candelaria. ¿En qué habrá parado el atajaperros que formó el presidente Chávez con el Sambil de La Candelaria? Cualquiera que pase en estos días frente al monstruo se percatará de que sigue erigiéndose y ya en su etapa culminante como si nada hubiera pasado bajo el sol. Al parecer, la comunidad aledaña, activada por el resorte del odio a Chávez, se desdijo insólitamente y recogió más de 10 mil firmas en apoyo a que la mole de cemento siga allí. El gobierno debería realizar un acto anunciando que en atención al clamor comunitario, dejará que se concluya. Porque si no, mañana cuando los alrededores se conviertan en un estacionamiento gigante, esos mismos vecinos saldrán en Globovisión diciendo que es culpa de Chávez.

Mi amiga Meche. Mi amiga Meche me llama emocionada para proponerme que formemos un comité de dos pro Festival Nacional Infantil de la canción Alí Primera. Y es que Meche es una genuina amante del cantor del pueblo, a quien incluso le ha dedicado esfuerzos académicos. Bueno, alega Meche, no viene mal que los hijos de Alí por fin se hayan hecho chavistas.

¿Cineastas positivos? Un agente del Ministerio de la Cultura me hace llegar el reporte de la verdadera causa de la renuncia de Juan Carlos Lossada al viceministerio de Identidad y Diversidad Cultural: el ministro Héctor Soto le pidió que organizara y comandara un acto de los cineastas por el sí en un sector popular (terminó siendo en Petare), y Lossada no tuvo hígado para tanto y se fue, o hizo que se fue, porque tuvo la habilidad final de que fuera nombrada presidenta del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (otro cargo que ocupaba Lossada) una mujer a la que tutela hasta en la respiración. Lossada es un antichavista que jugó a mantenerse abstraído de responsabilidades políticas, por eso el emplazamiento de Soto resultó una carga muy pesada.

Joroposón. Ángel Ortega Gómez, alias Ángelo, y legendario cantautor del son cubano, tiene un año batiendo tierra en Venezuela tratando de darle forma a un experimento musical en el que lo acompañan folcloristas de San Juan de Los Morros: Joroposón, un cruzao de son con joropo, que aporta esencialmente el sonido del arpa mezclado con la tumbadora, la guitarra y trompeta. En La Mulata, salida de San Juan a Caracas, se les oye de vez en cuando.

Dignidad femenina. Tarde me percato de que la denominación del ministerio que dirige María León es Ministerio para Asuntos de la Mujer. Un verdadero agravio en este país dominado ya por la fuerza femenina. Casi como si lo llamaran Ministerio para Asuntos de la Mujer y Trastos Viejos.

El conocimiento a cuatro bolívares. De viajero por el terminal de La Bandera antes de la elección del referendo constitucional, detecto en su fachada el anuncio de que la zona tiene wi-fi gratis en un radio de 2, 5 kilómetros que abarca a El Cementerio, Puente Hierro, Las Acacias, Los Próceres, La Bandera y Nuevo Prado. Es iniciativa del INCES y bien que vale la pena que la Revolución Bolivariana haga eso mismo en todo el país, dado que necesitamos dotar de conocimiento al pueblo, que para eso ahora nos gastamos un satélite. En un cibercafé, una hora de internet ya anda por los cuatro bolívares, lo es que el equivalente al 15 por ciento de un día de salario básico. Una hora de conocimiento (¡una hora!) deja fulminado el presupuesto de un trabajador humilde. Lo que significa que en Venezuela, definitivamente, el acceso a la cibernética es un auténtico lujo.

viernes, febrero 13, 2009

Alianza táctica tácita


Por fuerza propia, es decir, al margen del PSUV, la opción SÍ ganará el referendo del fin de semana. Esa inercia despegó y se hizo imparable el momento en el que presidente Chávez replanteó la enmienda al extenderla a gobernadores, alcaldes, diputados y concejales. Todo lo demás ha sido accesorio.

Y el origen de semejante aseveración se halla en el 2 de diciembre de 2007, cuando el chavismo en pleno quedó preguntándose dónde habían estado esas tres millones de personas que se abstuvieron de votar a favor de la reforma, luego de haberle dado un contundente espaldarazo a Chávez en las presidenciales de 2006.

El 16 de febrero próximo, la misma pregunta se la hará la oposición mediática: ¿dónde están los votos? Y por defecto, es decir, por escualidez en los números, estarán más que nunca propensos a cantar fraude. Pero este pataleo pueril no tendrá mayor incidencia, pues la proporción que estimo es de 60 a 40, en el peor de los casos (no me sorprendería que el listón quede en 67 ó 68%). Pero ello por arte y magia de la abstención histórica que ocurrirá en la oposición este 15 de febrero (noten ustedes cómo Ravell y los suyos han concentrado fuegos en atacar la abstención en sus propias filas. Ahora todos los periodistas y anclas de los canales opositores fueron encadenados suplicando el ejercicio del voto).

Para cuando la reforma, si bien ella misma contenía puntos oscuros que el Gobierno no logró aclarar, el Presidente Chávez tuvo en gobernadores y alcaldes suyos a sus principales enemigos. Lógico, porque esencialmente la reforma apuntaba misiles contra esas entidades, por considerarlas absolutamente inviables en un proceso revolucionario. Por instinto, gobernadores y alcaldes chavistas se defendieron de la reforma (no se desplegaron suficientemente en la logística el día de la votación). Sabido es la falta de clarividencia en la mayoría de la dirigencia chavista, alienada todavía en la idea de los feudos regionales.

De considerárseles estériles en 2007, en 2009 esas mismas entidades son tácticamente estimuladas con la enmienda, con lo cual no solamente imbrica perfectamente a los socialistas, sino a ciertos liderazgos regionales de oposición desconectados de las cúpulas en Caracas y, por tanto, con proyectos propios, pero sin aspiraciones presidenciales por la certeza absoluta de que la condición de candidato presidencial de la “unidad” trasciende al hecho nacional (lo decide la oligarquía apátrida).

Así que fuerzas como la que representan Morel Rodríguez en Nueva Esparta y Salas Feo en Carabobo, aunque oficialmente proclamen rechazo a la enmienda, no desplegarán suficientemente sus maquinarias el 15 F, lo cual es una forma astuta de inhibirse. Una inhibición que no se traducirá en votos al chavismo, sino en abstención de ese voto realengo que depende de la logística.

La desintegración del orden opositor, además, se facilita por la naturaleza de la propuesta: la enmienda no tiene carácter estratégico, ya que lo que aquí se quiere hacer es caminar hacia donde hace rato ya empezaron a caminar las democracias del mundo: que el pueblo tenga absoluta discreción.

Así como el chavismo regional se defendió instintivamente de la reforma en 2007, ahora los opositores se hacen aliados instintivos de la enmienda.

Pero este apoyo instintivo (de sobrevivencia) ha venido transformándose en apoyo consciente. Pongo por caso el municipio Ribas (Tucupido) del estado Guárico, con una población aproximada de 80 mil habitantes. Su alcalde electo en noviembre se llama Jesús Aguilar y su formación es esencialmente demócratacristiana, aunque por dificultades en la concreción de la unidad se lanzó por un movimiento propio con el que obtuvo 7.318 (el chavismo sacó 7275). De ese total, AD sumó 1.697, Primero Justicia 320 y COPEI 307.

Bueno, Aguilar agarró por el centro de la calle y se fue a periódicos y radios a llamar a votar por el SÍ. Este ejemplo puede extrapolarse a muchos municipios en poder la oposición, lo que permite inferir que serán muchas las municipalidades que el domingo registren a favor del SÌ entre 70 y 85 por ciento de los votos.

Al racionalizar su situación específica y concluir con un arrime al SÍ, muchos alcaldes opositores no estarán sino haciendo sabio pragmatismo político, pues logran una alianza presupuestaria con las gobernaciones (donde esta sea la situación) y coquetean y menguan las hostilidades chavistas en cámaras municipales adversas (las concejalías serán renovadas al final de este año). Así que la coyuntura de la enmienda sólo representa para la dirigencia opositora regional una relación de ganar-ganar.

Desafiliados de la cúpula del Pacto de Puerto Rico, ¿qué sentido puede tener para los Salas y para Morel dejarse llevar por posiciones esquizofrénicas que sólo ponen en riesgos sus cacicazgos? Ninguno. Les resulta más conveniente plegarse a la propuesta del chavismo conservando las formalidades (diciendo una cosa ante los medios y otra a sus maquinarias) y pactar una alianza táctica tácita (no conversada) y perfecta. Cada uno tendrá cuatro años para reposicionarse en sus intereses de fondo: la oposición regional tratando de cimbrarse para combatir a Chávez en la iniciativa de una nueva reforma en un nuevo período constitucional, y la Revolución Bolivariana en la urgencia de transformarse para renovarse y hacer posible que en 2012 la reelección del líder sea prácticamente automática, de tanto apoyo popular manifiesto.


Extras

Neobolivarianos. Henrique Capriles, en su intervención en la tarima de la avenida Libertador tras la marcha del sábado pasado, se proclamó a él y a los suyos bolivarianos. “Nosotros también somos bolivarianos”, bramó. Ahora sí alcanzaron la fase superior del patrioterismo. La siguiente etapa consistirá en declarar extranjeros a los chavistas.

Antes de reclamarse bolivarianos, ya se habían adueñado de la constitución nacional, a la que increíblemente empezaron a alabar como una de las mejores del mundo. Se saben ustedes, la carta magna que los venezolanos nos gastamos, fue aprobada en referendo el 15 de diciembre de 1999. Quienes estuvieron de acuerdo con aprobarla sumaron 3.301.475 votos (71,78%) y fue negada por 1.298.105 (28, 22%). ¿Y quiénes fueron ese millón y pico de venezolanos locos e bolos que rechazó una constitución que hoy es perfecta? El estado que más resistencia opuso a la constitución fue Miranda, donde la aceptación fue de 329.779 votos (60, 46%), y el rechazo fue de 215.708 (39,54%).

Digan la verdad. Por muchísimo menos de lo que Henry Ramos Allup vociferó contra los reporteros de VTV y Radio Nacional de Venezuela por el caso de la espoleta, se han activado en Venezuela las ONGS subsidiadas desde el extranjero, venga por caso Espacio Público, que ha incluido en sus listas de agravios a reporteros militantes de la oposición que han sido espetados en la calle a que “digan la verdad”.

jueves, febrero 05, 2009

Los estadounidenses son muy raros*

Lo único que he llegado a saber a ciencia cierta sobre los norteamericanos es
que son raros, muy raros. Estados Unidos es un país diverso y enorme, un
continente en sí mismo, un mundo encerrado en su colosalismo. Ni los cinco
meses que he vivido últimamente allí ni la docena de viajes que antes realicé
por esas tierras proporcionan el conocimiento suficiente como para desentrañar
el tuétano del monstruo. Sólo hay una certidumbre, una evidencia: su rareza.

Nuestra potencia es una potencia de alienígenas. Resulta particularmente
inquietante porque en apariencia son como nosotros. O sería mejor decir que
nosotros somos como ellos. Vestimos los consabidos e idénticos pantalones
vaqueros, compramos las mismas marcas de electrodomésticos, tarareamos sus
canciones de moda y bebemos Coca-Cola como ellos. Pekín, los aborígenes de
Papúa, son, sin duda, distintos a nosotros, eso es obvio, eso está asumido y
aceptado. Pero los norteamericanos... Nos creemos que son como nosotros y
que conocemos su cultura de memoria. Craso error. Yo diría que la misma
sociedad inglesa se asemeja más a la española que a la que han organizado, en
un tiempo récord de la historia, sus hijos de ultramar. Desde allí me he dado
cuenta de que Europa existe: Norteamérica es la diferencia, es otra cosa.

Vivo en Wellesley, un pueblecito a treinta kilómetros de Boston. Un
suburbio riquísimo de una de las zonas más ricas del país más rico del mundo.
El resultado de la suma de todos estos superlativos es exquisito: es un lujo
sólido y antiguo. Estados Unidos nació aquí, en New England, y aquí se asienta
una especie de aristocracia, familias que pueden remontarse en su apellido por
dos siglos. Cuando llego, a mediados de enero, descubro con deleite que estoy
instalada en un paisaje de mi infancia: es el paisaje de las tarjetas de Navidad.
Bellísimas casas de madera del siglo XIX, con porches y columnas; jardines
nevados, abetos escarchados, coronas de muérdagos en las ventanas y, en los
aleros, un festón de carámbanos que parecen de azúcar. Cuando les explico a
los norteamericanos que nuestras felicitaciones, antaño llamadas christmas para
más inri, reproducen paisajes nevados, aunque en España apenas nieve, y casas
de balaustradas y maderas, aunque sea un estilo arquitectónico allí inexistente,
y coronas de muérdago, aunque este adorno jamás ha formado parte de
nuestras tradiciones navideñas, los pobres se quedan admirados. La verdad es
que si me detengo a pensarlo yo también me admiro.

Poco a poco voy constatando lo mucho que yo sé sobre los
norteamericanos y lo poquísimo que ellos saben sobre mí, como ente español y
forastero. No es sólo el hecho de que esté más o menos informada de su
geografía, su historia política, su presente. Es, sobre todo, que me sé las
canciones de Glenn Miller, por ejemplo; que conozco su pasado folclórico; que
soy capaza de citar más tribus de indios norteamericanos que ellos mismos;
que soy yo quien, a veces, dice el título de esa película estadounidense de los
años cincuenta que los demás asistentes a la reunión, todos del país, no
consiguen recordar. En suma, me sé todos sus símbolos, sus mitos y sus ritos.

¡Por Dios, si hasta soy capaz de tararear el himno del Séptimo de Caballería! Y
ellos, en cambio, nada. Es el vacío, la ausencia total de conocimientos exteriores.
No es que yo pretenda que se sepan el himno de la Legión española, pongo por
caso. Sé bien que ellos son la primera potencia del mundo y nosotros nada, una
birrita. Pero es que saben tan poco que es pasmante:
- Soy española.
- ¡Ah!, ¿,mexicana?
- No, española.
- ¿De Puerto Rico?
- No, española, de Madrid, de España, de Europa.
- ¡Ah, española de España!, ¡ah... qué interesante!

Y no vuelven a decir palabra, se ve que su interés es muy discreto. O quizá
es que no estén muy seguros de por dónde cae la cosa. De España les suena
vagamente que hay corridas de toros, claro está. También les suena Franco.
Algunos se desalentaron muchísimo cuando les informé de que Franco se había
muerto hacía diez años: es natural, perdían así, de un solo golpe, la mitad de
sus conocimientos sobre España.

Ya sé, ya sé que todo esto forma parte de la caricatura más vulgar, del
tópico tradicional sobre Estados Unidos. Naturalmente, no todos son así, pero
lo estremecedor es que muchos responden al esquema. Una estudiante
hispanista de la Universidad de Wellesley, una alumna brillantísima llamada
Nancy Schena, realizó una encuesta entre colegiales de primera y segunda
enseñanza, de diez a dieciocho años. El objetivo de su estudio era investigar los
conocimientos de los jóvenes sobre Latinoamérica, y el resultado fue lo que se
dice espeluznante. Los encuestados, incluyendo a los de mayor edad, apenas sí
eran capaces de nombrar algún país de Sudamérica. Algunos citaron Vietnam o
Camboya como naciones centroamericanas. En fin, un verdadero disparate. El
mundo exterior no existe. No existe en los periódicos, en las televisiones, en la
memoria, en los ensueños de la gente. Estados Unidos es un todo que se devora
a sí mismo. El resto son tinieblas.

Amabilísimos, son amabilísimos, de eso no hay duda. Nada más llegar
me invitan para diversas comidas y cenas. Todo a milenios vista. Es bien sabido
que en Estados Unidos las citas de placer se conciertan con un mes de
anterioridad, semana más o menos. Las citas de negocios creo que son mucho
más rápidas. En cualquier caso, tan demorada vida social te obliga a apuntar en
algún lado los compromisos amistosos, porque de otro modo es imposible
acordarse. Me asombro de lo complicado de este ritual de encuentros y lo
comento.

- Cómo, ¿quieres decir que en España la gente no usa agendas para
apuntar las citas con sus amigos? –me contesta una estadounidense, en el colmo
de la perplejidad y el pasmo.

Aquí la gente decente tiene un juego de agendas. La profesional y la
social son obligadas. Tal parecería que su vida de placer se rige por las mismas
reglas y obsesiones que la vida laboral. Como si la vida social fuera también
trabajo, un trabajo que hay que desempeñar para no salirse de la norma. Lo
normal aquí es tener un empleo, adquirir una casa en propiedad, poseer uno o
dos coches, uno o dos hijos, uno o dos cónyuges (alguno de ellos con categoría
de ex), trabajar desaforadamente y salir de cuando en cuando a cenar con
amigos, porque de otro modo sería raro. Y en esa rara sociedad norteamericana
se raro debe de ser asunto incomodísimo. Entonces vas a la comida o la cena, y
te preparan manjares suculentos, y te miman, y te tratan a cuerpo de reina, y
hablas del tiempo. Porque lo correcto es permanecer dos horas en la casa ajena,
justamente dos horas, ni más ni menos. Y, claro, no se va a sacar un tema
interesante, un tema que pueda enzarzarse en un debate y que prolongue la
estancia, ¡qué grosero!

Aunque tampoco es muy probable que haya un debate, y menos un
enzarzarse en cosa alguna. Se diría que los norteamericanos no discuten. La
verdad es que de primeras esta falta de empecimiento es todo un gozo. Atrás
quedan las pasiones sulfúricas, los berridos, la intransigencia y el mentarse a la
madre de los países latinos. Pero después una empieza a asfixiarse entre tanto
Versalles, tanto minué verbal, tanto dar vueltas incesantes sin llegar al núcleo
de las cosas, sin encontrar un centro entre la nada. Tengo la impresión de que
los norteamericanos no te llevan nunca la contraria. Si dices algo con lo que no
están de acuerdo, es muy probable que cierren el asunto con un cortés “¡qué
interesante!” y un pequeño silencio embarazoso.

Llevando la generalización, que siempre es engañosa, hasta su extremo,
diría que son gente que evita dar cualquier tipo de opinión, mostrar
públicamente sus ideas. El idioma inglés posee, como el nuestro, toda una
familia de palabras para adjetivar a aquellos que se exceden en rigidez de
ideas: intransigentes, dogmáticos, totalitarios, esquemáticos... Pero hay una
expresión más, una palabra/insulto que nosotros no tenemos: opinionated, que
se podría traducir por opinionado, es decir, con opiniones. Es un término menos
descalificador que intransigente, por ejemplo, pero es claramente negativo, y se
aplica a aquellos que parecen tener ideas hechas sobre las cosas: por lo visto,
construir un universo propio de opiniones no es correcto. O al menos no es
correcto el expresarlo. Quizá crean que es posible pasar por la vida en un estado
de levitación mental, sin definirse, olvidando que el mundo te define aunque no
quieras. O quizá sea todo un resultado natural de su pasado. A fin de cuentas,
los norteamericanos han improvisado un país sobre la marcha. De un conjunto
heterogéneo de italianos, irlandeses, rusos, chinos, africanos, judíos, indios,
polacos, ingleses y otros etcéteras, cada grupo con su cultura y sus creencias,
han tenido que construir una homogeneidad, una convivencia.

Quizá ese callar las opiniones, ese crear un magma común y amorfo
fuera una táctica necesaria para admitirse mutuamente y no matarse. Hace sólo
150 años, la mitad de Estados Unidos era todavía una tierra sin ley, un Oeste
salvaje y fronterizo. En tan asombroso y breve lapso de tiempo se han
convertido en la primera potencia del mundo occidental. Si el éxito se mide sólo
en una escala de poder, el triunfo norteamericano es colosal. Lo que pasa es que
yo creo que hay otras medidas y que a veces los costes son sangrientos.
Ceno en casa de JF, una abogada estadounidense de unos treinta y cinco
años. La cita fue hecha hace más de un mes, como es habitual.

Desgraciadamente, en el transcurso de estas semanas JF se ha separado de su
marido, con quien llevaba viviendo muchos años. Pero como ella se ha quedado
con la casa, la cita se mantiene.

El ambiente es, por supuesto, muy agradable: los norteamericanos son
unos anfitriones detallistas. JF ha preparado todo meticulosamente, los
aperitivos en una repisa baja, el hielo, las bebidas. Somos ocho y, cuando
pasamos a la mesa, los ánimos están lo suficientemente caldeados con la lumbre
del frío Chablis californiano. JF nos obsequia con una suculenta cena chica. Para
que esté en su punto, ha de ir a la cocina, sirviendo y bebiendo, guisando y
bebiendo, retirando platos y bebiendo, sombra silenciosa y eficaz, cada vez más
sonriente y amarilla. Los demás comemos y bebemos como energúmenos: la
reunión es todo un éxito.

- ¿No quieres que te ayude? –le pregunto a JF, hipócritamente y sin gana
alguna, sólo porque siempre me ha producido una desazón culpable el ver a
una mujer sirviendo calladamente el placer de los otros.

- ¡Oh!, no, no; estoy encantada, encantada –responde ella, la sonrisa como
una llaga entre sus labios y un tono algo verdoso en el semblante.

A los postres, JF desaparece discretamente. Tardamos un tiempo en
darnos cuenta de su ausencia. Al cabo nos enteramos de que está encerrada en
un retrete de su bonita casa, vomitando. Consternación general.
- Es que ha bebido mucho sin comer nada –dice uno.

- Es por su marido, es que acaba de separarse del marido –explica la
invitada de más confianza en la familia, la enterada.

- ¡Ah, ah...!
Huimos de la casa sin esperar a despedirnos. Huimos como ladrones, de
puntillas.

Un corto viaje de turismo por Arizona. Atravesamos la reserva navajo,
que es enorme. En el camino paramos en un trading post, un puesto comercial
muy antiguo. Fue establecido hace ciento cincuenta años, cuando estas tierras
eran el legendario Oeste, y desde entonces ha estado abierto
ininterrumpidamente. Es una amplia cabaña de troncos, con mostradores de
madera. A un lado hay una especie de almacén de pioneros, en donde venden
telas, herramientas o sartenes. Al otro, una pequeña tienda de comestibles en
donde adquirimos algo de fiambre y unos refrescos. Más tarde, ya en el coche,
vamos comentando las peculiaridades de la cultura navajo.

- ¿Os habéis dado cuenta de que en el trading post no te servías tú mismo,
sino que había una dependienta a quien tenías que pedir las cosas? –dice,
admiradísimo, uno de mis compañeros de viaje, un norteamericano de
treinta y cuatro años, encantador y culto.

Yo he entendido las palabras, pero creo haberme confundido en el sentido.
He debido de hacer una mala traducción, no he comprendido.
- ¿Cómo dices? –le pregunto.

- Sí, que si habéis notado qué cosa tan curiosa, que en el trading post no
hay autoservicio, sino que hay un mostrador y tienes que pedirle a la
dependienta lo que quieres –repite él, maravillado ante prueba tan palpable de
la diferencia cultural de los navajos, de la pervivencia de sus costumbres
exóticas, de sus ritos ancestrales.

Y yo tengo que explicarle que así son la mayoría de las tiendas en
España. Que los supermercados son, para nosotros, un invento relativamente
nuevo y extranjero. “¡Ah, qué interesante”!, dice él, tímido y confuso, “aquí es
muy distinto, yo creo que es la primera vez en mi vida que he entrado en una
tienda de comestibles que no fuera autoservicio...”. Y me mira con respetuoso
pasmo, como quien contempla a Toro Sentado con su penacho de plumas
bailando la danza de la lluvia. Y yo le miro y no le reconozco, tan parecido a mí
en lo exterior y sin embargo tan lejano. Nunca he tenido una percepción más
clara y más aguda de que los norteamericanos son marcianos.

Uno de los tópicos más extendidos sobre Estados Unidos es el que se
refiere a su competitividad salvaje e implacable. Y, sí, tal parecería que los
indicios confirman el estereotipo. Me cuentan que en el primer curso del MIT
(Instituto Tecnológico de Massachussets) no se dan notas, sino sólo aprobados o
suspensos, para evitar que los estudiantes se suiciden. El MIT es una
universidad muy grande e influyente, porque enseña a las futuras generaciones
los secretos del todopoderoso chip. Es el triunfo de la especialización, tendencia
imperante en Estados Unidos: los mejores estudiantes del MIT pueden
conquistar un Premio Nóbel de electrónica, pero quizá sean rotundamente
analfabetos en todo aquello que se salga del limitado campo que dominan. Es
ahí, en el terreno de la sacralizada técnica, donde se da la competencia más
feroz. En la sociedad estadounidense el currículo lo es todo. Es fundamental la
categoría de la universidad a la que has asistido, y a la que accedes por la doble
criba de tus notas y de tu poder adquisitivo. Es básico obtener unas
calificaciones magníficas, por eso la batalla se plantea en lo más alto, allí es el
crujir de dientes y el suplicio. Entre un notable y un sobresaliente hay un
abismo de derrota en el que caben holgadamente los suicidas. Por eso el MIT no
reparte notas entre los tiernos combatientes del primer curso, para que no
caigan como chinches. No importa, sin embargo, distribuir suspensos: al raro
ejemplar que se atreve a suspender no deben de presuponerle ni la mínima
dignidad necesaria para paliar su fracaso con una dosis de barbitúricos o un
buen tiro.

Doy clases en el Departamento de Español de la Universidad de
Wellesley. Es una universidad pequeña, de elite, una universidad muy
hermosa. No es sólo su inmenso y bellísimo campus, ni su riqueza, ni sus
bibliotecas fabulosas. Es, sobre todo, su doble condición de universidad de
mujeres, cosa que le confiere un discreto pero definido espíritu crítico feminista,
y de universidad que imparte sólo Humanidades, lo que hace que impere un
ambiente más abierto, una curiosidad intelectual más amplia, la vieja aspiración
a conocer la realidad en su conjunto y no ese frenesí por la especialización
parcial y utilitaria de la universidad tecnificada. Pues bien, incluso en
Wellesley, que es un mundo académico que a mí me parece más sensato, existe
esa guerra abierta por las notas. Un caso real como botón de muestra: una
brillante alumna se entera de que en una asignatura va a sacar sólo una A- y no
una A (el equivalente a sobresaliente y matrícula de honor, respectivamente), y
entonces, presa del desaliento más profundo, decide no presentarse a ninguna
de las demás asignaturas y perder el curso entero antes de pasar por tal
suplicio.

De todos es sabido que en Estados Unidos hay dos preguntas obligadas
cuando eres presentado a alguien. La primera consiste en indagar a qué te
dedicas, en qué trabajas. La segunda, si es un nivel profesional, en enterarse en
qué universidad has estudiado. A mí, naturalmente, nadie me pregunta esto
último, porque el ranking de las universidades españolas les es desconocido y
les trae al pairo. En cambio hay un sorprendente número de personas que
ocupan ese segundo peldaño conversacional con una cuestión para mí insólita:
- ¿Y no echas de menos tu coche?

Eso es lo que me dicen, tal como suena. No preguntan si echo de menos mi
país, o mis amigos, o mi familia, o mi lengua. Tampoco preguntan si poseo
coche en España: dan por asumido que lo tengo. La primera vez no supe qué
contestar: en mi desconcierto, atribuí la cuestión a un interlocutor excéntrico.
Pero cuando el hecho se repitió unas cuantas veces empecé a pensar que quizá
el coche sea para ellos la medida de su cotidianeidad o de la ausencia de ella.
Desde luego aquí el automóvil es mucho más necesario que en España. El
pequeño pueblo de Wellesley, en el que vivo, carece de servicios de transporte
públicos. No hay otro modo de moverse que en vehículo propio. Sí,
aparentemente no necesitan autobuses, porque todo el mundo tiene coche. Pero
además es una espléndida manera de aislar la zona, de impedir visitas
indeseables. Wellesley es un pueblo exquisito, un suntuoso suburbio de Boston.
El municipio ha votado la ley seca: no hay ni un bar en su perímetro y no se
puede adquirir alcohol en los comercios. Tampoco hay McDonald’s, por
ejemplo, ni anuncios callejeros, ni neones molestos: sólo hermosas casas
centenarias y lujosas tiendas de rótulos grabados en madera. Oh, sí, Wellesley
es un aristocrático, puritano y bello pueblecito, lejos de todo tipo de
contaminación, un gueto de la dicha, a una razonable distancia en coche propio
de la invasión del populacho. En las calles de Wellesley apenas si ves negros.
Sólo, de cuando en cuando, las alumnas de color de la universidad, que no son
muchas. Así son los ricos suburbios bostoniano.


Rosa Montero
*Estampas bostonianas y otros viajes