viernes, julio 30, 2010

ADIPOSIDADES

Contento y solemne, este fin de semana me dispongo a ser partícipe de un peculiar evento a desarrollarse en un pequeño caserío ubicado entre Valle de La Pascua y El Socorro, en el desvío hacia Espino (una media hora por una carretera infame).

Se trata del Primer Congreso Nacional del Cochino Frito, cuyos baluartes me han solicitado que acuda en calidad de cronista oficial del acontecimiento (que me honra), al que han querido conferirle cierto aire de clandestinidad, por lo que hube de pedirles autorización para divulgar esta reseña. Lo consintieron bajo alegato de que igual se va a pedir santo y seña a quienes se lleguen hasta la finca, acordada también como sede de un próximo Museo de la Grasa.

Mi vinculación con los promotores viene desde hace unos seis años por vía de un amigo que en aquellos años integraba al grupo, pero que después desertó virtud de que una novia lo convenció con ternura de que hiciera la dieta de los puntos. Hoy no se le puede nombrar entre la logia, pues es considerado un renegado.

La anécdota de mi anexión a esta patota dice oficialmente así: yo estaba en casa de este amigo en Maracay, y un fin de semana recibió la intempestiva visita de unos socios. Sin bajarse de la camioneta, lo invitaron a dar una vuelta por la ciudad y como quiera que yo también me dirigiera al carro como si también me hubieran invitado, no tuvieron coraje para decirme que no me montara. Posteriormente supe que mi amigo (también amigo de ellos) los había advertido de un sitio en Maracay donde vendían unos chicharrones celestiales. Ellos simplemente iban a catarlos.

Así que nos montamos y fuimos a parar por una callecita que corre en paralelo a la autopista Maracay-Valencia. Allí efectivamente estaba el caldero hirviendo, lleno de burbujitas. Estos compañeros salivaron y desorbitaron los ojos. Y luego hicieron festín. Después de hincar el diente tantas veces como fue necesario, se dispusieron a hacer unas anotaciones, supongo que científicas. Cumplido el trámite de varias cervezas, se largaron.

Entonces fui enterado por mi pana de que los caballeros visitantes eran amantes de la carne de cochino, que pertenecían a un grupito que cada fin de semana partía a algún rincón de la geografía nacional donde le hubieran recomendado un expendio de chicharrones. Ese fin de semana le correspondió a la taguarita en Maracay. Una locura y como tal incomprensible, ya sé, pero tan legítima como la parranda de esquizofrénicos que en bandada se va a recorrer el país a bordo de una Harley Davidson. Y qué, hay gente que se divierte estando todo el día pegada al Twitter.

Dos o tres años después, me los volví a topar en Caracas, pero esta vez estaban liderados por Gino, juglar de los recovecos venezolanos y que en esta condición cumplía de apologista de la grasa porcina.

Gino, retratista singular del sufrimiento venezolanista mediante versos que se acoplan al arpa y autor de una canción de despacho memorable, se había hecho experto también en tácticas y estrategias que buscaban el objetivo de incorporar al inconsciente colectivo nacional la idea de que la carne de cochino era no solamente más saludable y sabrosa que las demás especies, sino que era absurda la mala fama que tenía sembrada.

Así por ejemplo, Gino se valía de una anécdota estelar para intentar mitigar la resistencia instintiva hacia el cochino: Érase una vez que Gino estaba en El Socorro echado en su hamaca carraspeando su cuatro y recibe una invitación a una parranda en Mérida. Como percibieron alguna renuencia en él, sus invitantes lo tentaron diciéndole que le iban a preparar una chicharronada de película. Y el Gino que acepta, faltaba más. Pero al llegar al pueblo merideño, era mentira, allí no había un cochino a la redonda, vaina que tampoco iba a matar al Gino, pues lo importante eran el canto y el trago. A cambio le sirvieron una trucha que comió sin dilación, como todos los que allí estaban parrandeando. Pero tampoco era que iba a admitir ofensas y ni siquiera mal entendidos, por lo que se vio precisado a una respuesta legendaria (se supone que una lápida con la frase engalanará la entrada al Museo de la Grasa) cuando la señora que preparó la trucha se le acercó para consolarlo sibilinamente por el embuste: “Verdad que estaba sabroso el pescadito, ¿no?”.

Con tono amable pero severo, Gino quiso poner las cosas en su lugar: “Mire, señora, pescao no le gana a cochino ni nadando”. Esta frase cobró leyenda. En fin. Ya les contaré en qué termina el Congreso Fundacional.

martes, julio 06, 2010

ALIAS


¿Hay personajes en espacios de trabajo, en barrios, comunidades, pueblos y ciudades, encargados (especializados en) de bautizar a sus vecinos, compañeros y amigos con sobrenombres?


¿Quiénes son y cómo son estos especialistas? ¿Qué características los distingue? ¿Son en sí mismos unos personajes populares? ¿Qué los inspira para apodar a otros? ¿Qué incide en que sus apodos peguen, calen, que se queden en el tiempo?


¿Buscan afectar psicológicamente a sus apodados? ¿Cuál es el objetivo? ¿Logran ese impacto psicológico? ¿Existen casos de apodados que hayan merecido atención psicológica?


¿El apodo es un atributo en función del físico o del carácter? ¿Ambos casos? ¿Los apodos logran suplantar la identidad verdadera? ¿Debe evitarse apodar a un niño (en edad escolar) para evitarle posibles traumas?


¿El adulto se resiste al apodo? ¿Mientras más se resiste, ¿más víctima fácil? ¿Causar enojo en la víctima es síntoma de que el apodo ha funcionado?


¿El apodo trasciende a situaciones conflictivas? ¿Hay reyertas entre el apodador y el apodo? ¿Esto ha sido de rupturas amistosas y familiares? ¿Guarda rencor el apodado de su apodador?

¿Es el apodo parte intrínseca de la cultura (del modo de ser) del venezolano, del latinoamericano, del ciudadano del mundo? ¿Los entornos u contextos inciden en los apodos? ¿Un apodo de la infancia o adolescencia queda para siempre?


¿Hay apodos generalizados que se corresponden a una actitud y que se endilgan indistintamente a varias personas, aunque no se corresponda en lo físico ni con el carácter?

¿Qué tan reincidente es el hecho de que una vecindad o espacio de trabajo no conozca el nombre verdadero de un apodado? Ah, ¿pero tú te llamas Luis? Coño, tanto tiempo sin saberlo y llamándote “Casi Loco”.

¿Los alumnos apodan indefectiblemente a sus maestros y profesores? ¿Y los padres apodan a sus hijos y viceversa? ¿Y entre hermanos? ¿Y los amantes?

¿A ti cómo te dicen? ¡Echa tu cuento como es!

martes, mayo 18, 2010

Entrevista con Umberto Eco

Umberto Eco: "Uno no sabe si lo que le llega por Internet es verdadero o falso"


Posee casi todos los atributos de las personas amables que nunca se olvidan y una conversación que mueve a la alegría y la risa con frecuencia.

Con 38 honoris causa en su haber, confiesa que a menudo debe renunciar a la aceptación de otro más, en parte porque ya conoce de sobra la ceremonia, el laudatio y todos esos inconvenientes de la reverencia universitaria, pero también porque ¿para qué realizar fatigosos viajes que ni le ponen ni le quitan nada?

Pero hay excepciones. Y una fue Sevilla hace un par de meses. De siempre, dice, quiso conocer esta importante ciudad, y la cita que tenía concertada con la Universidad para el pasado noviembre coincidió, dice, "con que cogí una bronquitis tremenda, con mucha fiebre, y no pude viajar".

"Mi mujer también quedó muy frustrada con aquella circunstancia y ahora, que retrasaron amablemente el acto, es ella la que no ha podido acudir. Pero volveremos. Sevilla es una ciudad maravillosa que siempre deseamos conocer".

¿Cuántos libros ha publicado Umberto Eco? Casi un sinfín entre ensayos y novelas. Desde su primer trabajo sobre santo Tomás de Aquino (El problema estético en santo Tomás de Aquino en 1956) hasta su última narración: La misteriosa llama de la reina Loana (2004).

Nació en Alessandria, una ciudad italiana del Piamonte, el 5 de enero de 1932, y con sus 78 años impresiona el vigor mental y la arrolladora fuerza vital que imprime a sus respuestas, a sus críticas, sus reflexiones y sus ademanes. Lleva un sombrero que le otorga un carácter entre antiguo e intrigante inspector y se apoya en un bastón que, ateniéndonos a su brío, bien podría partir en la cabeza de un enemigo o de un tonto.

La diversidad de sus trabajos, en la televisión, en las editoriales o en la universidad, y la capacidad mental para obtener oportunamente los puestos académicos a que aspiraba han contribuido a enriquecer su sabiduría, pero acaso fue, al revés, su extraordinaria condición de sabio la que ha inspirado una obra tan universal, conocida en medio centenar de idiomas y multiplicada por millones de ejemplares.

Empezando por el principio...
¿Que cómo empecé la experiencia intelectual de mi vida? Pues mire, entré enseguida a trabajar, tras terminar en la universidad, en la televisión cuando la televisión estaba empezando, allá por 1954.

¿Y qué hacía en la televisión?
Era un funcionario en las oficinas, no salía en la pantalla, pero fue una experiencia enorme. Entonces se hacía todo en directo, así que podía ocurrir que también nosotros, los funcionarios, tuviéramos que ayudar si algo no funcionaba. Yo tenía entonces 22 años. Me acababa de licenciar en la Universidad de Turín y por un milagro me presenté a una oposición de televisión y la gané junto a otras personas.

¿En Turín?
No, en Milán. Lo gané junto a otras personas también bastante conocidas: una fue Gianni Vattimo, el filósofo, y la otra, Giulio Colombo, que ha sido director de L'Unità, etcétera. Y esto determinó, sin duda, mi interés por los problemas de la comunicación.

¿Su licenciatura en qué había sido?
Sobre la estética medieval, algo completamente distinto. La televisión fue una experiencia muy importante para mí. No hice nada interesante, pero vi montones de cosas, porque la televisión en aquella época era un lugar en el que uno, al pasar por un pasillo, se podía encontrar a Ígor Stravinski o a Bertolt Brecht. A mí me ocurrió. Todo pasaba por allí... Después lo tuve que dejar, porque sólo observaba lo que pasaba, pero no hacía nada interesante y me fui a trabajar a la editorial Bompiani, que sigue siendo mi editor. Entre tanto, continuaba mis estudios y mis investigaciones, obtuve varios títulos universitarios, empecé a trabajar en editoriales y comencé a dar clases en la universidad, así que en 1975, cuando conseguí la plaza definitiva en Bolonia, dejé lo que estaba haciendo.

¿Y entonces se casó usted?
Usted quiere saberlo todo. Verá: lo primero que hice antes en la editorial, donde luego dirigí las colecciones de filosofía, fue un gran libro ilustrado, La historia de las invenciones, que había que paginar... No sé si usted ha visto mis dos últimas diversiones, la Historia de la belleza y la Historia de la fealdad. Pues bien, resulta que al final de mi vida me he puesto a hacer lo mismo, libros ilustrados.
Había allí un gran diseñador gráfico, Bruno Munari, que era uno de los más importantes diseñadores italianos del siglo. Un día llevó a un ayudante que vino a ser una diseñadora alemana que estudiaba historia del arte y, así, accidentalmente nos casamos. Lleva cincuenta años en Italia, pero continúa siendo alemana.
¿Y tuvo hijos?
El año 1962 fue muy importante en mi vida, porque me casé, engendré a mi primer hijo, que nació al año siguiente, publiqué el libro que me dio más fama en esa época, Obra abierta, y murió mi padre. Así que de pronto me convertí en adulto, era yo el padre.
¿Estaba usted muy unido a su padre? Sí.
¿Su padre, qué era?
Un empleado en una empresa privada. Sí, teníamos una buena relación.
¿Y cuántos hermanos eran ustedes?
Yo tengo una hermana. Y luego tuve dos hijos: un hijo y una hija. Mi hijo ha trabajado durante 12 años en Nueva York, en el mundo editorial. Ahora trabaja en la oficina de prensa de RBS en Roma y mi hija es arquitecta. Eso es todo. Ah, y tengo dos nietecitos, de nueve años y medio y de uno y medio.
Que le gustan mucho...
Ser abuelo es un trabajo maravilloso. Porque se tienen todos los placeres y las ventajas y ninguna responsabilidad.
Claro que sí. Publica, pues, 'Obra abierta', triunfa internacionalmente y después llega su otra gran obra de referencia, 'Apocalípticos e integrados', en la sociedad de masas.
Apocalípticos e integrados quizá sea mi libro de ensayos más conocido en el mundo español, España e Hispanoamérica, no sé por qué. En realidad no era un proyecto. Como le he dicho, me interesaban los problemas de la comunicación de masas, la televisión, etcétera, y escribía ensayos en alguna revista.
De repente convocaron la primera oposición para una cátedra de comunicación, oposición que no la ganó nadie porque en esa época no había una definición de lo que fuera comunicación de masas. Se presentó la gente más diversa: un sociólogo, un psicólogo, un historiador... Así que el tribunal ya no sabía bien lo que era un comunicador. Pero como para toda oposición hay que tener publicaciones, reuní todos esos ensayos de revista, que por casualidad se convirtieron en Apocalípticos e integrados.

Y hay que decir que me ayudó mi editor, Valentino Bompiani, uno de los más célebres editores italianos junto con Mondadori. Como aquí Carlos Barral, personajes ya históricos.

Bompiani era más viejo y tenía una excepcional dote para inventar títulos. Por ejemplo, en el caso de Obra abierta, yo tenía entonces que hacer un libro para Einaudi, que me había pedido Calvino. Pero Bompiani me dijo: "¿Por qué no reúnes estos ensayos que ya tienes publicados?". "Yo tengo que escribir un libro para Einaudi", le dije. "¿Y cuándo lo harás?". "Necesito todavía cinco o seis años". Y atajó: "Mientras tanto, ¿por qué no reúnes estos ensayos desperdigados y los publicamos aquí?".

No me gustaba publicar en la editorial en la que trabajaba, porque me parecía algo como de familia, pero ya que me lo pedía él... "¿Cómo lo titulo? ¿Forma e indeterminación de las poéticas contemporáneas?". "Está usted loco".

Cuando ya reuní la colección de ensayos para Apocalípticos e integrados, me volvió a preguntar: "¿Cómo lo titula?". "Problemáticas de la comunicación de masas". "Está usted loco". Se fue a mirar el último ensayo, cortísimo, de tres páginas, que se titulaba Apocalípticos e integrados, y declaró: "El libro se titula así". Le dije: "Tenga en cuenta que no tiene que ver con los otros ensayos, habría que explicarlo". "Pues escribes una nueva introducción y lo explicas". Y escribí una introducción de 40 páginas que cambió todo el libro y lo convirtió en Apocalípticos e integrados.

¿Y no le parece que ahora estamos en una fase igual, de 'Apocalípticos e integrados'?
Un corte entre quienes defienden los valores perdidos y deploran el presente como una degeneración cultural y moral. Sí, eso mismo era un debate típico de aquella época en la que los filósofos, los intelectuales, todavía no conseguían comprender el mundo tecnológico de la comunicación, así que existía esta división entre los que hacían comunicación de masas y, digamos, los aristócratas intelectuales, que no la entendían.
Pero hoy es distinto, porque los más aristócratas de los intelectuales entienden perfectamente estos problemas, usan Internet... Es, en todo caso, no una crítica desde fuera, sino desde dentro, de intelectuales que usan medios de masas, ven la televisión, usan el ordenador y pueden a la vez criticarlo. Así que me resultaría muy difícil decir hoy: "Usted es apocalíptico o usted es integrado".

Pero esa queja de que ya la gente no se relaciona personalmente debido a la omnipresencia de internet...
Esa es la crítica que hacemos todos. Pero antes los apocalípticos eran los que criticaban y rechazaban. Hoy son los que critican, pero a la vez usan estas cosas, así que es un discurso interno: yo soy muy crítico con Wikipedia, porque contiene noticias falsas.

Las hay también sobre mí, falsas y no falsas, pero utilizo Wikipedia, porque si no, no podría trabajar.

Mientras escribo, por ejemplo, Tirso de Molina y no me acuerdo de cuándo nació, voy a Wikipedia y lo miro, en cambio antes tenía que coger la enciclopedia y tardaba media hora. Antes los apocalípticos no usaban estas cosas: escribían a mano con la pluma de ganso.

¿Y usted cree sobre sí mismo que ha tenido una percepción especialmente acertada de la sucesivas situaciones culturales?

Mire, el profesor Vázquez da mañana un discurso sobre mí, y dice que he sido de los que han intentado comprender y criticar el momento en que vivimos.

Formo parte de una generación para la que el presente era el ambiente natural: viajábamos en avión, en coche, veíamos televisión, mientras que toda una generación anterior veía la cultura como rechazo del presente. Se encerraban en su torre de marfil y no querían saber nada de lo que ocurría.
Yo pertenezco a una generación que ha pensado que el intelectual tiene que hallarse comprometido con el presente y, por tanto, con todos sus aspectos.

Tenemos respecto al presente, nosotros los jóvenes que no tenemos más que ochenta años, una actitud diferente de la de nuestros padres o de la de nuestros maestros.

¿Ha echado de menos algo en su trayectoria profesional? ¿Habría querido hacer otra cosa en algún momento?
Yo creo que mi generación ha sido muy afortunada, porque llegamos con 13 o 14 años al final de la guerra, nuestros hermanos mayores murieron o no pudieron acabar los estudios.

Nosotros llegamos mientras había una expansión económica. Hemos tenido todo. Mi hijo y también los estudiantes más jóvenes no han tenido todas estas posibilidades.

Nosotros hemos sido una generación que debería avergonzarse de lo afortunada que ha sido: nos han dado todas las posibilidades. Yo no puedo quejarme de nada; si acaso, de haber aprovechado mal todas estas posibilidades. Los que tenían diez años más que nosotros, o murieron o tuvieron una vida muy difícil.

Esto explica también la tremenda paradoja por la que mi generación sigue estando en el poder: tendríamos que estar en el hospicio de los pobres ancianos, deberían estar en el poder los que tienen 30 o como mucho 40 años.

Y no es que queramos estar en el poder, es que nos lo piden y estamos obligados... Estar en el poder no quiere decir ser jefe del Gobierno, sino director de la colección, director de la revista, de la editorial... Estamos condenados a quedarnos en el poder porque las generaciones siguientes no han tenido las oportunidades que nosotros hemos tenido.

Ahora ya serían casi dos generaciones las que han pasado en blanco. Unos son los estudiantes del 68. Un momento muy difícil. Y los de después, peor todavía.

Naturalmente, tengo estudiantes de 30 años que son buenísimos, son unos genios, pero el porcentaje es bajo. Nosotros, en un 80% hemos ocupado todos los espacios; estos los ocupan en un 30%. Produce una gran melancolía.

La sensación un poco de mala conciencia, también. Nosotros deberíamos estar tumbados en una hamaca leyendo y dando buenos consejos.

¿Y cómo encuentra Italia actualmente con Berlusconi en el centro de todo?
Antes se decía que el futuro de Europa sería Estados Unidos. Hoy, desgraciadamente, el futuro de Europa será Italia. La Italia de Berlusconi anuncia situaciones análogas en muchos otros países europeos: donde la democracia entra en crisis, el poder acaba en las manos de quien controla los medios de comunicación. Así es que no se preocupen por nosotros, preocúpense por ustedes mismos.

¿Y tiene usted alguna esperanza de que internet sea una contribución democrática a la crisis democrática actual?
Siempre digo que la televisión es buena para los pobres y mala para los ricos. Es decir, la televisión ha enseñado a todos los italianos a hablar italiano, los que no tenían escuelas aprendieron por televisión dónde estaba India...

En cambio, los que tenían escuelas, al ver la televisión se vuelven más estúpidos, así que la televisión es buena para los pobres y mala para los ricos.

Pero no ricos en sentido económico, nosotros somos los ricos. Y lo mismo ocurre con Internet: en ciertos países, como China, es un instrumento fundamental para poder pasar informaciones y noticias que de otro modo no llegarían.

En otros países donde estas noticias pueden llegar, puede ser una forma de encerrar a los jóvenes en una soledad totalmente virtual, fuera de la realidad.

Pero Internet no es una sola cosa, es muchas cosas. Es como un libro: ¿un libro es bueno o malo? Si pone Mein Kampf es malo, si pone La Biblia es bueno.

Y lo mismo Internet: es un instrumento que en muchos casos ha cambiado nuestra vida, nuestra capacidad de documentación, de comunicación, etcétera. Y en otros casos se presta a difundir noticias falsas. Uno nunca sabe si lo que le llega a través de Internet es verdadero o falso.

Esto no ocurre con los periódicos o con los libros, porque más o menos uno sabe que El País es algo distinto a Abc, que Le Figaro es algo distinto a Libération. Y según el periódico que compra, sabe cuál es la posición del periódico, y se fía o no se fía.

Y lo mismo los libros: si uno ve que un libro es de Mondadori o de Columbia University, se piensa que alguien quizá ha elegido este libro y ha impedido que se publicaran otras cosas, pero si ve un editor extraño, no puede saberse nada de antemano. Con Internet no se sabe nunca quién habla.

¿Y no pasará eso en Internet también, que habrá marcas, o editoriales, lugares de confianza?
No, porque cualquiera puede conectarse: yo, usted o un señor X que está loco, mientras que este señor X no puede montar una editorial o un periódico, necesita gentes que le apoyen.

Hay filtros sociales: antes de que alguien haga un periódico están los que le dan dinero, los periodistas... Hay filtros: a través del que le da el dinero, de los periodistas, sabemos que es fascista, o comunista... En cambio, con internet, el señor Fulano no se sabe quién es.

Usted y yo, que somos personas de cierta cultura, podemos darnos cuenta muchas veces de si el que hace el sitio de Internet está loco o no, pero si es un sitio sobre física nuclear, usted no se da cuenta, y yo tampoco.

Así que imagine a los jóvenes que utilizan internet en la escuela y pueden encontrar un sitio racista, un sitio negacionista... Y no saben hasta qué punto creerlo o no.

¿Y qué piensa de esta oleada que proclama la bondad del saber de las muchedumbres, las fuentes abiertas, el pensamiento compuesto por los muchos que acuden a la Red?
Ya se lo he dicho: Internet es como los libros, puede haber libros buenos y malos.

Por ejemplo: en política, hoy, en Italia, con una crisis de los partidos, se están creando zonas que en italiano se llaman de sociedad civil, que se manifiestan, pero que no son de un partido.

Todos estos se comunican a través de Internet, y pueden reunir a 300.000 personas. En este sentido, Internet se convierte en un instrumento muy importante de libertad.
De igual modo, un joven, desde su casa, va a dar con un sitio en el que le dicen que el Holocausto nunca tuvo lugar, o con un sitio pornográfico.

El último artículo que he escrito dice: "Busquemos en internet a Padre Pío"; reflejaba los 1.400.000 sitios en que aparecía este nombre. Busquemos a Jesús: 3.500.000. Busquemos porno: 130.000.000. Porno gana por 100 veces a Jesucristo.

¿Qué hacemos frente a esta inmensidad de mensajes? Por un lado, internet puede ser un instrumento de liberación para los jóvenes chinos que consiguen decir cosas que el régimen impide que se digan, pero del mismo modo puede estar corrompiendo por la abundancia de mensajes sexuales que les llegan.

Antes, el político medio entendía el sexo como un momento de descanso: cuando había ganado la batalla de Austerlitz... ¿Pero con quién practicaba el sexo? Con la condesa Castiglione, con Sarah Bernhardt, con mujeres que valían la pena.

Ahora estos políticos no lo entienden como un descanso después del trabajo, sino como lugar del trabajo, y se conforman con putillas.

Piense en la historia de los sacerdotes: antes el sacerdote vivía en la rectoría y sólo veía al ama de llaves, fea y con bigote, y leía L'Osservatore Romano.

Ahora ve la televisión todas las tardes y ve senos, culos, y luego decimos que se convierte en pedófilo. El pobre diablo tiene ante sí una serie de provocaciones. El pobrecillo tiene que ver todas las noches en la televisión pública cosas que antes... Y lo mismo ocurre en el mundo político: es toda una degeneración.

Y lo mismo Internet: son los que ven los 130.000.000 de sitios pornográficos en lugar de los 3.000.000 de sitios sobre Jesús.

Quizá en este ascenso de los movimientos sociales que hemos dicho se esté fraguando el germen de una democracia distinta, porque ¿cómo seguir soportando la idea de que un Gobierno sea elegido para cuatro años y que durante esos cuatro años no se les pueda despedir, tal como si hubieran sacado una plaza de funcionarios?

Desde luego no hemos reflexionado lo suficiente sobre el hecho de que hemos llegado al final de la democracia representativa. Cuando en Estados Unidos vota sólo el 50% de los ciudadanos, y uno debe elegir entre dos candidatos, es elegido con el 25%. Candidatos que no son elegidos por el pueblo, sino por la organización interna.

¿A quién representa este candidato? ¿A cuántos ciudadanos representa? ¿Cuál es la diferencia con el sistema soviético, en el que el Sóviet Supremo elegía tres candidatos, luego discutían y elegían a uno?
Que en Estados Unidos existe el control de la sociedad civil, los lobbies, las organizaciones culturales y religiosas, industriales, hay una serie de poderes que controla el poder central, y que en la Rusia estalinista no existía. Pero no es una democracia representativa.

Estamos llegando a una crisis trágica de la democracia: seguimos simulando que existe la democracia representativa y que soy yo, el ciudadano, el que elige a mis representantes, pero no es cierto.
El nacimiento de estos movimientos sociales fuera de los partidos, que en Italia se llaman los Violetas y se reúnen vía Internet, pueden ser el futuro, o la corrección de una democracia representativa en crisis.

Así que yo no soy de los que dicen que se cierre Internet. Habrá que ver qué pasa. Igual que Italia fue el laboratorio del fascismo, que luego copió España, en este momento es el laboratorio del berlusconismo, y habrá que ver qué pasa.

¿Y cómo definiría el berlusconismo, que según usted será el destino de Europa?
Es un peronismo europeo, aunque no ha llevado al Gobierno a una actriz.

¿Prepara ahora un ensayo o una novela?
Una novela, pero yo no hablo nunca de mis novelas. Como El péndulo de Foucault me llevó ocho años, la última novela me llevará otros tantos contando desde la aparición de La misteriosa llama de la reina Loana, en 2004.

¿Y cómo es que escogió la novela? Le iba bien con el ensayo, ¿cuál fue la razón que le llevó a escribir 'El nombre de la rosa'?

Es una pregunta que muchos me han hecho, y no tengo una respuesta, así que he dado diez respuestas distintas y todas verdaderas. Uno: porque me apetecía. ¿Por qué haces el amor con esa mujer? Porque te apetece. Sin más explicaciones.

Dos: porque siempre me ha gustado narrar, solo que le contaba historias a mis hijos, y cuando crecieron se las conté a algún otro. Porque siempre he contado historias. También mis ensayos son narrativos. Porque en 1975 conseguí la cátedra y no podía desear nada más en la vida. Tenía la cátedra, mis libros se traducían a varias lenguas, y ¿qué hago ahora? Entonces se me ocurrió responder a un nuevo desafío, hacer algo nuevo.

Porque un día vino a verme una amiga y me dijo que estaba preparando una colección de novelas policiacas escritas por no narradores: se lo estaba pidiendo a políticos, sociólogos... Todos libros de cien páginas. Yo le dije que no, que no podía escribir un libro policiaco; en primer lugar porque no sé escribir los diálogos; además, si tuviera que escribir un libro sería una locura medieval y tendría 500 páginas. Llegué a casa y empecé a redactar una lista de nombres.

La otra respuesta es que tenía casi 50 años. A los 50, los señores dejan plantada a la mujer y se fugan con una bailarina. Yo, en cambio, escribí una novela: menos dispendioso y menos pecaminoso.

Las razones son infinitas y ninguna. La única es esta: mire la línea de mi vida, llega hasta aquí, se para y vuelve a empezar. ¿Qué quiere decir esto? Que aquí tuve un accidente, perdí la memoria y empecé una nueva existencia; o que aquí dejé de ser sólo un profesor y empecé a ser un novelista, a ganar más dinero, y mi vida cambió.

¿Y con qué ha recibido más satisfacciones, con las novelas o con los ensayos?
No lo sé. Obviamente, mis ensayos vendían 10.000 copias, y las novelas, 1.000.000. Pago más impuestos escribiendo novelas que escribiendo ensayos, pero la satisfacción... No lo sé, ahora se publican muchos libros sobre mí. Algunos, sobre mi actividad narrativa, y otros, sobre mí.

Algunos me hacen enfadar, porque parece que no han entendido nada; pero no sé si me producen más placer los unos o los otros.
¿Y en Italia se encuentra bien como intelectual? ¿Se considera altamente respetado?
Bueno, no me lanzan huevos cuando hablo... pero me aprecian mucho más en Francia, Alemania, Estados Unidos o España que en Italia.

Esto es obvio, normal. Los franceses, por ejemplo, se creen que culturalmente son los mejores del mundo y en cuanto alguien les gusta deciden que es francés.

Han decidido que Leonardo es francés, Modigliani es francés, Picasso es francés, y a mí me consideran francés. Y debo decir que en Francia gozo de una popularidad conmovedora, también porque el primer país extranjero al que fui, con 20 años, fue Francia. Me enamoré de París y me ocurre un fenómeno extraño: si estoy en Milán, en el tren, y alguien me dice: "Mira, Umberto Eco", me fastidia un poco, porque preferiría estar tranquilo, solo. Cuando esto me pasa en la plaza de la Sorbona, soy feliz.

¿Ha vivido en Francia?
Tengo una casa en París y voy de vez en cuando. No he vivido nunca más de un mes o dos. Yo creo que por lo menos la mitad de los franceses creen que soy francés.

¿Y cómo se encuentra de salud? ¿También le interesa esto? Me duele la rodilla y tengo hiperglucemia.

¿Se cuida?
Sí, bebo sólo whisky, que no tiene azúcar. El doctor dice que es peor que beba, pero no tiene azúcar.

¿Y desde cuándo lleva bastón?
Desde hace un año, para la rodilla. Tengo un dolor en el menisco por la pérdida del cartílago. Yo digo: Delenda cartilago, ¿Comprende? Como Delenda Cartago. Pero toda mi vida, mi sueño fue andar con un bastón. Así que ahora tengo cuatro bastones: uno del XIX, este napolitano y dos más. Estoy encantado de llevar bastón: los coches se paran; si se te cae algo al suelo, te lo recogen.

Yo pensaba siempre, cuando era joven, que me gustaría salir de casa e ir hasta el bar con un bastón y que en la puerta de todas las tiendas la gente me saludara y me dijera: "¿Cómo está, profesor?". Es maravilloso.

¿No ha hecho deporte?
Sólo natación.

¿Pero le ha gustado el fútbol?
No, no. Caminar, siempre. En Nueva York me hacía 60 manzanas. Ahora no. Ahora paso tres meses al año nadando. De los demás deportes, nada. Odio a los deportistas, espero que se maten todos entre sí.

¿Pero el fútbol, hablando de asuntos de masas, nunca le ha interesado?
No, no. En mi juventud fui campeón de auto-gol. Tengo los pies planos. Mis compañeros de clases jugaban el partido y yo preparaba los carteles, pero no participaba. Y muchos que han hecho deporte se han muerto diez años antes que yo.
¿Y pintaba?

Dibujos. Por diversión. Y toqué también la flauta, pero ahora me duelen los pulgares. Por lo demás, nada.
Bueno, tiene muchas satisfacciones más.
Los nietos.


viernes, mayo 07, 2010

El mágico misterio



En 1938 , el mítico actor Orson Welles hizo una adaptación radial del clásico “La guerra de los mundos”, novela de ciencia ficción. La historia, transmitida por la Columbia Broadcasting System (CBS) fue contada durante una hora a través de un noticiero radial que informó de la caída de meteoritos a la Tierra y de naves marcianas que estaban invadiéndonos. En medio de rayos de calor y gases venenosos, y a pesar de que en la introducción del programa se había aclarado que se trataba de
una ficción, bastaron quince minutos para toda Nueva York y toda Nueva Jersey (desde donde supuestamente se realizaban los falsos informes) cundiera el más horroroso de los pánicos y que las calles de llenaran de ciudadanos desesperados corriendo sin saber para dónde, buscando refugiarse del ataque de los extraterrestres.

El episodio obligó a Welles a una
disculpa pública, pero al mismo
tiempo lo encumbró para siempre
en los anales de la historia de la
radio.

En 1998 (para celebrar los 60
años de aquel acontecimiento),
emisoras de Portugal y México
realizaron una versión idéntica a
la Welles y obtuvieron los mismos
resultados.

Si esto pudo ocurrir en
ciudades cosmopolitas, ¿alguien
duda de que podía ocurrir en la
bucólica Valle de La Pascua?
Ocurrió, y le ocurrió Ramoncito
Carpio, quien durante los años de
su irrupción a la adolescencia cargó
con el fantasma de que la radio
del pueblo divulgaría en cualquier
momento un pecaminoso secreto
que cometió repetidamente en sus
andanzas de la pubertad.

Por allá en Loma Alta, por los
lados de Las Campechanas, se
pasó Ramoncito Carpio sus años
del destete, y no teniendo cómo
drenar correctamente su carga
hormonal, junto a sus contemporáneos
pre adolescentes hacían
descarga con María Moñito, una
noble hembra que un campesino
paraba en el patio de su casita rural.

Hasta que el amo de la bestia
se cansó de los abusos y fue a
reclamarle al papá de Ramoncito,
quien llamó a su muchacho a
una reunión entre hombres y lo
reprendió afectuosamente, pero
lo hizo delante de un compadre,
que como buen llanero era bueno
relatando o inventado leyendas.

Apenas Ramón recibió la amonestación
paternal, su padrino lo
consoló diciéndolole que ya estaba
hecho todo un hombrecito y que era natural que empezara a
relacionarse con el sexo opuesto.
Eso sí, le dijo, tenga cuidado, porque
ese pecado ya debe saberlo la
radio, que todo lo sabe y todo lo
dice.

Esta frase fulminante retumbó
por mucho tiempo en la mente de
Ramoncito: la radio todo lo sabe
y todo lo dice. Cuando la emisora
del pueblo comenzaba con sus
emisiones informativas, a Ramoncito
la vida se le hacía trizas,
porque le entraba el pánico de saber
que la próxima noticia daría
cuenta de su pecado.

Cada vez que se veía con su
padrino, el fantasma de Ramoncito
se actualizaba, porque le
decía que no se confiara, que era
cuestión de esperar, porque la radio
todo lo sabía y todo lo decía,
porque (lo peor), la radio nunca
olvida.

Secretamente, sin exteriorizarle
a nadie sus temores, Ramoncito
arrastrada las consecuencias de
su mala pata. A veces, prendía el
radioreproductor y se quedaba escuchando
largas horas la delación
que en cualquier instante habría
de ocurrir inexorablemente. Muchas
veces pensó que hubiera sido
mejor que el secreto se contara de
una vez, para acabar con la agonía.

El desenlace de su misterio se
prolongaba inexplicablemente, lo
que por temporadas atenuaba el
sufrimiento de Ramoncito, pero el
padrino cumplía el papel del animalito
que el oído le actualizaba
una verdad tan indiscutible como
Dios: la radio todo lo sabe y lo
todo lo dice, y nunca olvida. Esta
era la condena de Ramoncito.

Pasaron muchos años y Ramoncito
llegó a la adultez, y entonces
analizó lo que seguramente había
ocurrido: que su pecado había
prescrito (caducado), de modo
que se sintió liberado después de
cumplir tan larga condena. Al escuchar
la radio ya lo hacía aliviado,
y sentía que en la narración de
cada noticia le entraba aire fresco
a los pulmones. Se sentía un hombre
nuevo, un hombre regenerado
de un pasado inconfesable y del
cual la vida lo había absuelto finalmente.

Caminaba con la frente
muy alto, sin que por ello el gusanillo
alojado en una de sus orejas
le dijera de cuando en cuando: la
radio todo lo sabe y todo lo dice,
y nunca olvida.

sábado, abril 10, 2010

Su alteza

Er Conde del Guácharo (quien usa la fachada legal de Benjamín Rausseo para ejercer su faceta capitalista) comparte con sus superiores (los humoristas) un rasgo distintivo: fuera de acción permanecen siempre con lo que la guasa criolla denomina una cara e’ culo. Para ser justos, Er Conde ni siquiera pertenece a un estadio supuestamente inferior: cómico. Er Conde es algo más infinito: un jodedor arquetipo de la venezolanidad, y viene a ser a la joda lo que Chávez a la política: alguien que nos encarna al pelo, al que nos parecemos mucho y en quien nos reconocemos sin mayor esfuerzo y, por contrario, cagaos de la risa. No es un hecho fortuito el que Er Conde comience indefectiblemente todos sus espectáculos con un grito de guerra: ¡Buenas noches, cuerda e’ jodedores! La estampilla venezolanista de Er Conde tiene en Carlos Sicilia al constructor de otra variante: Er Conde como el sociólogo más vergatario del país, una exégesis de indudable factura sicialiana (hasta por lo mafioso).

Esta teoría de Er Conde como arquetipo de la jodedera me pertenece y la construí con liviandad en estos días de Semana Santa, cuando aterricé en Valle de La Pascua para renovar la fe y hacer mis cultos gentilicios. Andaba de casa en casa “gorreándole” el café a los vecinos y comiendo el celestial dulce de lechosa que prepara la negra Machuca, además de fagocitar los singulares tentempié que prepara mi primo Jean Carlos en plaza Kúo, cuando los muchachos me informan que Er Conde ha hecho escala en nuestra amada y nunca bien ponderada ciudad en su ruta a Margarita (la cábala lo ha hecho prescindir de su avión privado después de que cierta vez hace unos años su aeronave se desmamonara salvándose milagrosamente).

En el hotel San Marcos (una vaina así como un hotel Tamanaco a escala) pasó una noche, donde se formó una espontánea cumbre de mamadores de gallo, que no era inédita, pues los orígenes de este tipo de congregaciones se remontaban a los primeros y deprimidos (y deprimentes) años de la década del 90, cuando en nuestro pueblo le sacamos las castañas del fuego al pobre Er Conde, quien atravesaba una pantanosa crisis de creatividad, tan clásica en los creadores (ah verga, Er Conde se presumía un creador). En rigor no lo era, no lo es y probablemente no le interese serlo. Era, es y seguramente querrá seguir siendo un producto al que consumen por igual tirios y troyanos, de ahí la descomunal ganancia que producen sus tantas recetas, algunas de las cuales –dicho sea de paso, para ir aterrizando mis propósitos- fueron, son y quién sabe si irán a tener el sello made in Valle de La Pascua.


En esos descorazonadores años uno y dos A.C. (ante de Caldera II), yo había integrado a la patota del barrio a Antonio Hernández, un carupanero al que la peste del hambre de su terruño había hecho montar una vez en cualquier autobús que lo llevara a cualquier otra parte donde hubiera una mínima promesa de un mejor paisaje. Un torcida del destino lo montó en una de las lujosas unidades de Autobuses La Pascua (totalmente de tablas acolchadas en su interior), en la cual apenas cruzaría Guárico con tránsito quién sabe si Maracay, Valencia o la mismísima Caracas.
El confortable autobús – por tratarse de su ciudad fundacional- hacía parada en La Pascua, donde aquella noche los pasajeros debieron hacer trasbordo porque se había dañado la unidad. Antonio tuvo que dormir en el terminal de pasajeros porque el nuevo colector se empeñó en que le mostrara el pasaje.

Una sagacidad monstruosa para conectarse con la gente lo retuvo momentáneamente en uno de los tarantines del terminal, donde la darían comida y hospedaje en el piso a cambio de atender a los clientes, lavar los platos y barrer el recinto. Poco a poco fue internándose en la ciudad, hasta que arribó a un restaurante que por entonces operaba en una de las esquina de la plaza Bolívar, donde hacía exactamente lo mismo, sólo que ahora con una mejora sustancial: podía quedarse con la propinas, una ventaja que Jesús Cabezas –protervo personaje esencial del criollismo, que nuca faltan en toda historia que se respete- le restregaba para retenerlo, pues era evidente que un esclavo con tan altísimo rendimiento no se conseguía así nada más. Cabezas, viendo lo avispado que era el mozalbete, intentó alistarlo en su escuela de boxeo, con la esperanza de convertirlo en el sucesor bien de Pantoño Oronó o Esparragoza (ambos paisanos orientales de Antonio). La astucia del tarajallo lo espantó rápido de aquella nueva emboscada de la vida. Luego reventó como vendedor puerta a puerta de purificadores Pasteur (donde yo lo conocí), actividad en la que descollaría gracias a una locuacidad y optimismo a prueba de esos entristecidos primeros años.

De mi mano llegó a las reuniones de vagos que se levantaban todos los días a cualquier hora en la cima que se forma en el cruce entre las calles Paraíso y la 19 de Abril, también conocido como El Cerro, por ser la parte más alta de la ciudad, esto será unos 30 metros por encima del nivel del mar. No le costó mucho integrarse a la pandilla de mamadores de gallo que liderizaban Enzo (alias Negro Azul o Belcebú) y Ramón Blanco, de quien me apresto a decir su mote so riesgo de que no sea reconocido en este relato: alias Curtío (me abstengo de entrar en detalles).
Terciábamos todos, pero cuando Enzo y Curtío estaban entonados, la tierra temblaba, aquello era un festival del más grueso calibre de descarnada “tomadera de pelo”. De aquellas sampableras Antonio se hizo partícipe, pero cada vez más de forma pasiva, porque sus referencias personales no hallaban suficiente eco ni relación. Ambos asumimos espontáneamente y sin pensarlo el rol de relatores y cronistas de aquellos contrapunteos (para entonces yo ni siquiera sabía que el periodismo se podía estudiar en la universidad).

Concluidas las faenillas, Antonio y aquí el suscrito nos sentábamos a seleccionar lo mejor de los encuentros y a dejar registro para la posteridad, cosa que hacíamos en octavillas escritas a mano y que luego leíamos a voz en cuello en la siguiente reunión, lo que servía como combustible para el arranque de ese día.

Nuestras octavillas alguna trascendencia tuvieron. En El Cerro se hacía la más concurrida y ocurrente quema de Judas. Los Paleta (denominación general con la que todos nos referíamos a todos los integrantes de la familia Paleta, cuya casa se ubicaba en la altura máxima) todos los años hacen un muñeco y lo ponen a la vera de la calle, donde los vallespascuenses se detenían a hacer entusiastas diezmos para contribuir con las tradiciones parroquiales y con la cirrosis de nuestros panas Los Paletas.

El domingo de Semana Santa el pobre Judas ardía… previa lectura de un testamento que dejaba a cada vecinos uno de sus bienes, siempre entregado en versos rimosos que leía Aquiles Herrera y que en un tiempo fue creación colectiva, principalmente de Miguel Herrera (fallecido una tarde que volcó cuando regresaba de pescar deliciosas y nutritivas guabinas) y del propio Aquiles, quien habiendo sido víctima de una crisis de creatividad (o en todo caso de dedicarse a repetir los mismos giros de años pasados) y no estando ya en vida Miguel, empezó a causar bostezos en la colectividad, que se concentraba ansiosa a escuchar la lectura del testamento. A Víctor Mascaclavos siempre lo reventaban por su afición a bañarse una vez al mes, aunque él tenía una explicación toda científica para, más bien, predicarnos a los crédulos que el agua contenía unos iones que desgastaban el cuerpo y lo envejecían prematuramente.

Entonces ocurrió que de forma natural (y asomándose ya una nueva generación de adultos en la barriada) nuestras octavillas sirviesen como base para las venideras quemas… luego nuestras octavillas cobrarían versiones radiales con libretos censurados para no escandalizar las sanas costumbres e irreductible moral cristiana de la ciudad. Todo ello hasta que huimos a ver si estudiábamos algo y aquello quedó convertido en historia (o en polvo cósmico, según se lea).

Pero antes de que ocurriera el interludio en el que acabo de ocurrir, Enzo había inventado un género de la comicidad y con el que Antonio había de socorrer a Er Conde en desgracia. Implacable en extremo, Enzo detectó que hacer leña de sus propias hermanas y de sus padres desternillaba a la concurrencia. Por ejemplo, de su hermana Ana (a quien tildaba de haber sido poco agraciada por la obra de Dios, cosa que no viene al caso suscribir o negar) solía hilvanar despiadadas construcciones: “Cuando Ana era chiquita era tan pero tan fea, que la encerraban en una habitación y le mandaban el tetero en una patineta”.
O: “Cuando Ana era chiquita era tan pero tan fea, que en lugar de una andadera la metían en un hueco en la tierra y le echaban agua para que resbalara y aprendiera a caminar”. Los estruendos de esta misma escena sobrevenían cuando Enzo contaba que cuando Ana tenía meses de nacida y lloraba de hambre, su mamá Pura le preparaba y el tetero y le decía al papá (Chicho) que se lo llevara al cuarto, a lo que el protector proponía: “La pinga, vamos los dos”.

Er Conde tiene contratados varios equipos de dialoguistas o recolectores de chistes que le entregan para que él adapte y entonces vaya y se entarime y los cuente como si se le acabaran de ocurrir a él (qué ocurrente este Conde, chico). Tiene caza chistes en las distintas regiones del país para adaptarse a cualquier localidad.
En aquellos ya referidos entristecidos primeros años de los 90, fue a presentar un show a Valle de La Pascua (cosa que hacía y sigue haciendo unas dos o tres veces por año). Antonio lo conocía y él conocía a Antonio, de modo que lo fuimos a saludar una de las ocasiones que visitó la ciudad en aquella grisácea temporada. Entraron en rápida camaradería y enseguida empezamos a sorber tragos sobre las rocas, lo que distendió la cháchara y la robustez emocional de Er Conde, quien terminó confesándole a su paisano que andaba atravesando una crisis pavorosa de creatividad tanto sus equipos como él mismo, que ya estaba cansado de darle la vuelta a los chistes de los últimos años y que ya comenzaba a recibir rechiflas, que el público se estaba volviendo más exigente incluso agresivo, amén de que la crisis eran tan profunda que cada vez la gente se permitía menos el lujo de irlo a escuchar, y tal y tal.

Antonio le habló de los congresos cotidianos del cruce entre la Paraíso y la 19 de Abril, y le comentó de nuestras funciones de cronistas y de nuestras humildes octavillas.

Ni güevón que fuera, Er Conde se devoró el histórico de nuestras octavillas y se cagaba de la risa, especialmente lo referido a los padecimientos de Ana en su más tierna edad. Celebraba a carcajada batiente cuando le decíamos que el creador de aquellas parodias era el hermano auténtico de la sufrida Ana.

Nos puso a Antonio y a mí a redactarle una versión corta para el show de aquella misma noche. Desde entonces Er Conde empezó a despellejar a sus inventadas hermanas, a quienes pintaba como prostitutas y cosas peores. Esto le sirvió para hilar hasta su propia madre… había topado con el invento de Enzo, el nuevo género de la comicidad de reírse de su más sentida parentela, cosa que por aquella curva de la historia nacional nadie había osado. Al asegurar que se trata de un invento de Enzo, debo necesariamente explicarlo: para esos primeros años de los 90 en este país no se conocía el oficio de humorista (tal como lo conocemos hoy, que no hayan qué hacer con tanto billetes y eso que todavía no descubren el manantial de Manuel Rosales), era prácticamente un país aburridazo que se salvaba por la jerga callejera. Con decir que Joselo -que apenas guturaba y con eso se ganaba al país (qué paisito, mi llave)- era la estrella rutilante de la risa. Coño, en este país sólo se contaban chistes de Jaimito, a mí no me vengan con tontadas, reconózcanle su vaina al Enzo.
Durante cosa de un año, Enzo, Antonio y yo estuvimos adaptando las octavillas para los espectáculos de Er Conde cuando Er Conde nos descubrió, hasta que nos hartamos porque la paga no llegaba o llegaba muy magra, sospechando luego Enzo y este servidor de ustedes que Antonio había descubierto, por su parte, la vieja técnica de la explotación del hombre por el hombre. Evocando todo esto y al influjo del aguardiente, Er Conde se reventaba de la risa la noche reciente que acabo de referirles.

viernes, abril 02, 2010

Relación para un amanecer llamado amor


En la galaxia espiral de Andrómeda existe
un florido planeta donde los ríos no ahogan el mar
Donde fuego y hielo queman las contradicciones
Donde no hay necesidad de regreso
Donde 0 x 0 es más que el infinito
Donde los puntos cardinales son más de 100 millones
Norte y Lia Sur y Símbolo Espliego y Araceli
Miguel y Adriana Orfeo y Atabal Cedro y Valquiria
Misterio y Prodigio Neón y Asfalto Rosa Ercilia y Dionisius
Antonio y Elena mis pobres padres mis pobres Virreyes de Indias
Mi viaje a Europa Este y Adelfa Oeste y Clavicordio
Donde todos viven en éxtasis
Donde nada ni nadie es vil
Donde el sol es anillo y ritual de bodas
Donde somos ráfagas de luz y nos desplazamos en silbos
Un planeta limpio y pulido
Donde los enamorados viven en palacios flotantes
Donde Dios tiene un puesto de revista mal atendido y mata el tiempo hablando del pasado
con Buda y Mahoma y el Vendedor de verduras de la esquina
y la gente ya los conoce y la gente cuando pasa dice
"esos cuatro vagos son panita burda"
Donde el hijo de Dios y los ángeles del desenfado
beben el aire de las avenidas sobre sus motos trepidantes
Donde no hay academias militares ni policías ni cárceles ni monedas
Donde somos sabios
Donde somos buenos
Donde los últimos insidiosos
escaparon por un túnel y cayeron al vacío
Astro paradisíaco amado y defendido
por francotiradores y poetas
Donde la muerte está de capa caída
Donde los hombres son gentiles
Donde las mujeres son ramos de jacintos
de labios y de ojos cambiantes de colores
Un astro moderato cantabile
Donde la noche es vino y alegría hasta el amanecer
Su capital es una ciudad resplandeciente llamada Estefanía
Donde tú tienes señorío
Donde eres reina
Ese planeta es mi corazón errante.

Del poemario “Amanecí de bala” (1971)


Al enterarme de que el Celarg no abrió el concurso internacional de poesía Víctor Valera Mora (“El chino”), sentí una devastadora tristeza y me entraron una irrefrenables ganas de leer y leer y leer su poema “Relación para un amor llamado amanecer”.

Caramba, cuál será el maní que nos tiene obstruido el entendimiento. Yo, a título de militante del ñangarismo, dejo saber mi más repudiable rechazo a esta desaparición.

lunes, marzo 01, 2010

Juanes y la libertad de expresión

Mientras que por un lado anda haciendo conciertos de “paz” con amigos que se le parecen en lo fascista, Juanes se permite meterse con la madre de un presidente, pacíficamente, eso sí, pues lo hace de buena manera, tú sabes, un chiste entre amigos. Además, chico, fue por internet, tampoco fue que se lo dijo en su cara.

La faceta peor de Juanes sobrevino cuando su uribismo provocó reacciones descomunales, ante lo que no tuvo mejor defensa que decir que se acababa el juego porque él se llevaba el balón, es decir, ultimadamente este twitter es mío y hago lo que me da la gana. Cerrado el debate porque al señorito no le gustó que sus seguidores le retrucaran. Mira tú la talla democrática de este fanático de Uribe.

Con Juanes se evidenció de nuevo un problema de fondo en estos parajes oligarcas de la América Latina: Viva para mí la libertad de expresión. Si son otros quienes la quieren usufructuar, no señor, me llevo la pelota. Eso es todo, Juanes expuso la manera en que ellos reclaman libertad de expresión, cuya existencia reconocerán cuando sea de uso exclusivo para ellos, aunque para lograr esto le hagan creer a los periodistas de a vecindad suramericana que todos tenemos derecho a ella.

Además, vale, qué pacifista es ése que va a andar por ahí mentándole la madre a un presidente que luego de una década tiene de patas al imperio, ¿será porque el pueblo no lo quiere? Es decir, ¿esa mentada de madre fue para todos quienes le tienen el pecho puesto a esta Revolución que no le gusta a Juanes?

Esperamos que las reacciones a su imbecilidad le hayan dado una importante lección, y que haya evaluado que el uso y abuso que de la cacareada libertad de expresión cometen los terratenientes mediáticos latinoamericanos quizá lo hayan hecho caer en una trampa, le hayan hecho pisar el peine de que a Chávez no lo quiere ni su mamá.

sábado, febrero 06, 2010

¿Quién fuera?

Estoy buscando una palabra
en el umbral de tu misterio.
¿Quién fuera Alí Ba-ba?
¿Quién fuera el mítico Simbad?
¿Quién fuera un poderoso sortilegio?
¿Quién fuera encantador?

Estoy buscando una escafandra,
al pie del mar de los delirios.
¿Quién fuera Jacques Costeau?
¿Quién fuera Nemo el capitán?
¿Quién fuera el batiscafo de tu abismo?
¿Quién fuera explorador?

Corazón, corazón oscuro,
corazón, corazón con muros,
corazón que se esconde,
corazón que está dónde,
corazón, corazón en fuga,
herido de dudas de amor.

Estoy buscando melodía
para tener como llamarte
¿Quién fuera ruiseñor?
¿Quién fuera Lennon y McCartney,
Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque?
¿Quién fuera tu trovador?

Corazón
Corazón, obscuro,
corazón, corazón con muros,
corazón que se esconde,
corazón que está dónde,
corazón, corazón en fuga,
herido de dudas
de amor.

jueves, enero 28, 2010

Estoy en Twitter

twitter@douglasbolivar

miércoles, enero 13, 2010

A zapatazos limpio

Anoche el presidente Chávez se conectó con La Hojilla para en un paraje informar en 2009 fueron importados 90 millones de pares de zapatos. Siendo que no soy ducho en los menesteres económicos (como no sea cero mata cero), el dato me vino a esclarecer de forma transparente la devaluación y sus bondades estratégicas: que se desmontó una bomba de tiempo que en la distancia hacía insostenible a la revolución.

El dato quiere decir que, en promedio, cada venezolano mandó a comprar al exterior 3,2 pares de zapatos. Pagados, eso sí, a precio de dólar Cantv, a unos carajos que los ingresaban al país luego de haberlos comprado afuera con dólares que obtenían de Cadivi a 2, 15. Una auténtica golilla que quién no. No se ha profundizado en la divulgación de las estadísticas de exportación, pero seguro que hasta las cajas de clips las estábamos trayendo del extranjero.

Con la dinámica a 2, 15, el Gobierno estaba trabajando con singular efectividad para que sus adversarios acumularan las calorías que les permiten reírse de las leyes y del país. En la otra esquina, pues los empresarios nacionalistas que sí fabrican sus zapatos en Venezuela se los tenían que comer. Supongo que a eso es lo que llaman el aparato productivo nacional.

Entonces la Revolución Bolivariana estaba conspirando contra sí misma, lo que en contraste informa la grandeza de su desempeño, porque hay que haberle echado un camión de bolas para engordar a sus enemigos de semejante manera y al mismo tiempo mantener la robustez que todavía mantiene. Es decir, pues, el Gobierno acaba de extirparse un cáncer antes de que le hiciera metástasis.

Ahora bien, 3, 2 pares de zapato en promedio debería estar en Guinnes, y eso que no estamos contando las cholas nacionales que también adquirimos. Pataenelsuelo sí que no somos, a juzgar por este chistosito dato.

Indeseable como cualquier cáncer, la devaluación arrastra sus dolores post operatorios, como ese combate contra le feroz especulación, monstruo de mil colmillos que mucho se me antoja requerirá de que hoy o mañana se rigorice la ley.

Repito que el dato me desbordó, porque también sirvió para recordarme que no compro unos pisos desde 2005, lo que me exhibe como un tacaño enfermo, será. Pero los acabo de supervisar y están en estupendas condiciones, amén de que me encariñado con ellos y me cuesta andar sin ellos, de hecho. Reviso en mi pieza y tengo otros que van para los diez años, sin cambio de suela. No me parezco al país, por lo visto.

Quitando a los acomplejados que han salido a comprar pantallas de plasmas y ipod, no veo que el ajuste haya resultado un descalabro de las proporciones que a veces figuramos en la intimidad. Lunes, martes y miércoles mi empanada ha seguido costando los 5 bolivitas de diciembre, lo mismo que el cafecito. Estoy esperando nada más que la doña se atreva para echarle encima al Indepabis.

A quienes sí he visto con caras desencajadas son a los periodistas mejor rankeados en las agencias de publicidad. Ellos la única cuenta que sacan es que ahora también habrá en doble de bolívares en las arcas del Gobierno, para más señas con un precio del barril al doble de lo estimado en el presupuesto nacional...

Esa desventaja se la van a intentar quitar de encima sacándole la chicha al coco de la especulación. Todos los días se dedicarán a gritar que ya no se puede ni comer en este país de obesos (yo soy uno ex de ellos). Lo dirán en un close up luego de que hayan cumplido con su compromiso comercial con la casa atunera, porque así de patéticos son ellos.

En lo que sí me afecta a mí la situación es con el blackberry que iba a comprar, aprovechando que me anoté en la onda del twitter. Como presumo que me lo querrán vender al doble, de una vez les pinto una paloma.

jueves, diciembre 31, 2009

Auxilio y socorro

Anoche me quedé encerrado en el ascensor del edificio en el que mal vivo a eso de las dos de la mañana, cuando el diligente conserje lo desconectó dizque en un arranque ahorrativo de energía, declararía después a los señores bomberos, con quienes me dio vergüenza haberlos molestado por semejante nimiedad, al punto de que tratando de reparar el instante les invité tomar un café en la arepera de la esquina, que suele abrir las 24 horas y que acepta cestatickets.

Total que estoy encerrado a esa hora none y uno tarda segundos, minutos en convencerse de que no ocurrirá la llegada providencial de un vecino al que pegarle una advertencia, en convencerse de que no es un corte de luz en la zona sino una falla específica en la guaya del aparato. Uno se pregunta si cuando retorne la energía se activará automáticamente el ascensor. Bueno, cuestión de esperar unos minuticos.

Cuando se consuma el convencimiento de que la noche será eterna y de que nadie hará nada por uno, el espíritu del sobreviviente se hace valientemente presente y se pregunta urgentemente: ¿iré a morir asfixiado? Padre santo, estoy muy joven para morir. Trata de abrir una rendija para asegurarse el oxígeno. Da vueltas en metro y medio cuadrado y evalúa la posibilidad de respetar al destino y echarse a dormir en ese breve espacio, pero no hay manera.

Es entonces cuando se acuerda que existe una milenaria fórmula salvadora en este tipo de indeseables circunstancias. Al pensar en que a lo mejor deba aplicarla en esa oscuridad, le entra un rubor y mira para los lados asegurándose instintivamente que no haya testigos. Lleva la palabra a su boca, la mastica, hace amagos de soltarla y en un primer intento no se siente capaz, un sentimiento de impudicia lo corroe y posterga la solución a la espera de que la luz le ahorre el trago amargo.

Piensa, piensa, piensa... sigue pensando, da vuelticas en redondo y se pregunta si no será claustrofóbico y se acuerda que había llegado al ascensor doblado conteniendo los esfínteres.

Repasa el día, la película de su vida y siente que en diez minutos se le ha ido la existencia. Maldita sea, pasarme esto a mí, que soy noctámbulo pero que hoy estaba arrastrando la cobija.

Hay instantes de la vida en que el hombre debe tomar decisiones realmente trascendentes, así que cerró los ojos para no reconocerse y gritó primero tibiamente y después a todo leco ¡¡¡auxilio!!!, y al hacerlo se sintió blasfemo, se sintió trasladado a otro tiempo y a otra galaxia, se sintió descompuesto, derrotado, falto de imaginación, sintió que gritar auxilio en un ascensor era el último escalón del derrotismo, por tanto de la especia humana. Se sintió conmovido, ajeno a sí mismo. ¿Auxilo? ¿Lo habrá escuchado algún pana? No, Dios mío, no lo permitas. ¿Por qué habrá optado su mente por auxilio y no por “abran esta mierda que tengo sueño”? El paroxismo de todo esto arribaría cuando la autonomía de su callada boca completó el lugar común que antes que eso es más bien la delación de alguien que se quedó en el tiempo o, quizá, de que no pertenece a este tiempo, cosa que ya venía sospechando para su mala pata.

¡¡¡Socorrro!!!, truena en la noche, y se lleva la mano a la boca como pretendiendo recuperar el agua derramada, como si ese desgarrón lexical hubiera sido un parto cesárea. El parto, empero, sería morocho, porque con ambas palabras construirá seguidamente una canción que al entonarla le degolla: ¡auxilio, socorro, auxilio, socorro! Levita de la conmoción. Ha de estar perplejo, pero no se ve nada y es complicado hacer un análisis de su gestual.

Han pasado quince minutos de ese horror y se regocija de la posibilidad de que siendo madrugada nadie lo haya escuchado, porque ya ha tomado las precauciones para que esa humillación no vuelva a desatarse.

Se tranquila porque cualquiera es capaz de sobrevivir dos horas en un lugar garantizado de la delincuencia.

Otro tic maquinal finalmente lo salva. En sus bolsillos lleva, cual demente, dos celulares y se alboroza porque recuerda que existe un asterisco con el que puede llamar a los bomberos, a quienes pregunta interesadamente cuánto tiempo tardarán.

El estropicio en torno al ascensor lo hace sentir grande, liberado, ocurrente y en tanto pillo, mira que jugar esa carta de llamar a los bomberos y librarse de ese atasco. Se ve fácil, pero en situaciones como estas la mente se auto secuestra y no piensa cosas, se abstrae de la realidad, se bloquea y deja de servir para una mierda. En el epílogo, hay refunfuños para el conserje, quien recibe un curso instantáneo de cómo proceder a apagar los ascensores: debes llamarlo y en tu presencia desconectarlo, no al revés, desenchufarlo sin saber en qué piso anda. El buen hombre alega que una madrugada de navidad no circula nadie, y que además esos ascensores tienen un botón rojo para alertar la habitación de consejería.

Moraleja moraleja: Será mejor que te vayas conociendo a ti mismo y a tu hábitat para no sentirse un hombre del oscurantismo.

Hace días que arrastraba la preocupación de conseguir unos minutos para escribir una bagatela como esta y emplearla como excusa para despedirme este año de mis amables y bienaventurados epistolarios, con quienes espero seguir cruzando el angosto puente de 2010. Por ahora me esfumó hasta nuevo aviso, y para que no les ocurra lo que al pobre hombre del ascensor, les estoy avisando antes de apagarme. ¡Salud!

martes, diciembre 08, 2009

De yuppies y barraganas estamos llenos

Este asunto de los bancos intervenidos es un descalabro, pero para los grupos económicos que hacían surgido vertiginosamente al amparo de corrientes políticas (propias y extrañas), muchas evidentes, como la de Pedro Torres Ciliberto, de quien no hay que ser detective para saber que hacía las veces de testaferro.

Pero testaferros hay muchos, y conforme el Presidente avance en la investigación irá descubriendo nombres, y ojalá que también los venezolanos los descubramos.

Sin buscar mucho, ¿de quiénes eran testaferros la parranda de yuppies que saltaron enredados con el sonado caso del maletín de Antonini? ¿Cómo pudieron Carlos Kauffman, Moisés Maionica y Franklin Duran acumular tanta riqueza por esfuerzo propio? ¿Cuál es el método?

Estos muchachones, además, resultaron ser los mismos que habían comprado en cinco lochas un edificio anexo al Ministerio de Finanzas que tres días después le vendieron en millones de dólares al por entonces ministro Tobías Nóbrega?

Pero hay yuppies en escalas. Hay tipos a los que uno conoció comiéndose el último trocito de un cable y ahora le enrostran a uno riquezas medias sin el menor rubor. Gente además que alguna vez anduvo en el desvarío político.

Yo sé de uno que se prestó para jugar a testaferro del presidente de una institución del Estado, desde la cual esta caballero supo trepar hasta ordenar la contratación de una ficha suya en la dirección de prensa, plataforma desde la que se inventó un “plan de medios” costosísimo por el que supo cobrar su 20 por ciento. Ahora anda muy orondo colmado de lujos.

Conozco otro que ha empleado todo su talento en atornillarse en un cargo con tal de preservar el poder que le permite tener a turnos su barragana, fenómeno aborrecido en la cuarta, pero muy en boga en la quinta. Nos lo calamos como cosa natural. Hasta eso hemos llegado.

miércoles, diciembre 02, 2009

¿Quién es la versión venezolana de Uribe?

Una reseña de AFP da cuenta de los siguientes quejidos de Uribe: Uribe también se declaró “preocupado” porque, en su opinión, esta coyuntura ha sido aprovechada por otros países de la región para sustituir los productos de Colombia. “Me pregunto: ¿estamos en unión o no estamos en unión? ¿Hay propósito de unidad suramericana o no lo hay?”, reclamó.)


Uno lee esta vaina y después de controlar su arrechera pasa al optimismo: Colombia tiene que ser estremecida pronto, no puede ser que los colombianos le crean a semejante loco. O digamos más bien que el pueblo no le cree, pero es necesario que consiga los mecanismos que le permitan desamarrarse del nudo de esa parranda de locos. Ojalá que los burgueses bogotanos terminen de decidirse por el guerrerista Santos para que la atmósfera de torne interesante.

En la reunión de partidos de izquierda en Caracas Piedad Córdoba dejó clarísimo que si bien es cierto que ella militaba en el Partido Liberal, no era menos cierto la existencia de variedad de corrientes, siendo el tontuelo de Gaviria el derechista y ella la comecandela, cosa por demás obvia.

Lo que rescato del espiche es que noté ya cierta predisposición de lanzarse de una vez a la arena. Y si no lo va a hacer, pues que suelte amarras en favor de Petro, de quien corre esta leyenda esperanzadora: cierta vez el alto mando militar santandereño sostuvo una reunión con los líderes del Polo Alternativo Democrático, durante el cual Petro tuvo el escarceo de quitarse un zapato para golpear la mesa y después gritarle a los milicos: ¡ustedes tienen que entender y prepararse porque nosotros (la izquierda) vamos a gobernar este país! Los rostros de los gorilas se contrajeron y seguramente que hubo ascenso testicular en esos valerosos hombres de uniforme agringado que a la fecha hacen cursos para recibir órdenes en inglés: ¡Yes, sir!


En tanto, noto que en Venezuela hay más de un pichón que toma atenta nota de cómo ser la versión venezolana de Uribe y no morir en el intento. La mar seguro que Teodoro no lo es, no tanto por el agotamiento de su almanaque, sino porque después de tanto trajinar se descubrió en él que el virus del radicalismo es un sarampión que se le quedó contagiado para siempre, y lo demuestra el hecho de que al inicio de la Revolución Bolivariana dedicaba su pasquín para embestir a Miquilena acusándolo de hacer deslucir a Marlon Brando en la interpretación de Vito Corleone. De ese febril empecinamiento, Teodoro pasó a la nómina del ex Corleone sin ningún trámite. Entonces él no. Pero quién.


Yo veo a dos: primero a Leopoldo López, un regenerado muchacho nazi que ahora es militante de los movimientos populares, es decir, quiere parecerse al chavismo, que es lo mismo que hace Uribe: ponerse el ropaje socialista algunas veces, sin llegar a declararse converso pero tampoco dejándose envolver por la vieja política, esto para presentarse como lo nuevo, como el renovador -échale bolas- del futuro, que con el chavismo ya está escrito. Leopoldo es ahora, al mismo tiempo, un muchacho de las barriadas para el chavismo, y un enfant terrible en la mesita de la unidad, donde lo asumen como el problemático sobrino metido en problemas de adicción a estupefacientes.


Un segundo candidato es -y no veo más- Capriles Radonski, quien no pierde lance para proclamarse bolivariano y además mirandino, porque gobierna en el estado que lleva el nombre del precursor (ni siquiera por sus proclamas emancipadoras). Ahora convoca marchas con su burocracia para reclamar que el presupuesto sea calculado a precio de barril de petróleo.


¡Bárbaro! Este hijo de puta hasta ayer nomás salivaba cuando el precio se precipitaba. Cada avance al hueco era celebrado con vítores por anclas y titulares, y las vocerías se ponían retadoras: vamos a ver cómo vas a hacer ahora que no vas a tener para sostener la misiones.

Era un rezo colectivo para que el barril se hiciera agua y por ello hasta sensato les pareció cuando el presupuesto nacional fue reconducido sobre la marcha. Pero ahora que Venezuela sorteó las tempestades y cuando parece que el sol brillará con intensidad a partir de la reunión Opep de finales de este mes, se desesperan y mandan pal coño su falso razonamiento de no al despilfarro (tesis también asesinada porque las reservas han alcanzado su pico máximo).

Vencidos en sus sortilegios, ahora hambrientos rugen para que se abran las compuertas del botín, sobre todo en vísperas de las elecciones que al parecer los va a sorprender sin músculo financiero, porque andan dispersos en sopotocientas corrientes y el tío no haya a quién direccionar los recursos, de suerte que se sabe que muchos aspirantes se quedarán sin los subsidios.


Prender velones para que el país se arruine y en carambola denunciar el excesivo gasto social para al cabo de un año salir a marchar para que el presupuesto nacional sea fundamentado en los inasibles precios del petróleo, es una actitud muy de Uribe, quien lanza bombas a los vecinos y llena su país de bases de guerra y después sale cándidamente a gemir: ¿Pero estamos en la onda de la unión o no? ¿Hay integración o no?

martes, noviembre 24, 2009

Señal chilena a Colombia

Sigo milimétricamente el desenlace de la elección presidencial en Chile, a cumplirse en diciembre. Lo vigilo porque por primera vez en la historia de ese anquilosado país (Allende aparte) se registra una falla sísmica en su estructura social por el surgimiento del fenómeno encarnado por el jovencísimo Marco Enríquez Ominami, que tiene a la disfrazada Concertación aterrada y tirando desesperados puentes ¡al Partido Comunista! para que le arrime sus votos.

Una reciente encuesta, que los chilenos consideran decisiva, indica que el derechista Sebastián tiene 36 por ciento de simpatías y se da como un hecho que pasará a una segunda vuelta, porque está lejos de una mayoría absoluta. Los resultados ubican al dinosaurio de Eduardo Frei con 26 por ciento, acechado por Enríquez, quien sacó 20 por ciento, aunque su ascenso es sostenido y su pase al balotaje queda a tenor de arrebatarle dos puntos en un mes al petrificado de Frei.

El cercano triunfo de Enríquez, incluso su solo pase a la segunda vuelta, puede significar un eficaz mensaje a los hermanos colombianos de que ellos también pueden emanciparse.

El escenario chileno puede ajustar o desajustar tuercas en la América Latina. Si gana la derecha, se reagrupará con Panamá y Perú y Colombia. De hecho, estos aspavientos de Alan García por el espía no son sino una pueril estrategia por intentar llevar agua al molino de Piñera.

Pero si Enríquez termina de emerger, otros serán los amaneceres latinoamericanos, porque en sí mismo, por su irreverencia y sus críticas a la vieja clase política, se erigirá como emblema de los nuevos tiempos que reclama la América Latina: renovación radical.

Cada vez que ocurre un señal como la que Enríquez significa, se emite un mensaje tácito y telúrico a los pueblos oprimidos por las oligarquías.

martes, noviembre 17, 2009

Ernesto Villegas se equivocó

Ernesto se equivocó de largo al calcular que la sala José Félix Ribas del Teresa Carreño sería espacio suficiente para albergar a sus invitados que el miércoles pasado acudieron a la presentación de su libro “Abril, golpe adentro”.

La convocatoria era a las seis de la tarde, pero mucho antes me cuentan que ya había una enorme cola de gente. Yo llegué a las seis y media y había una aglomeración (un tumulto) de personas en la entrada de la sala, cosa que al voleo atribuí al hecho de que los trabajadores del teatro hubieran saboteado el ingreso, virtud de los cartelones pegados en las paredes exigiendo reivindicaciones contractuales.

No. Ese gentío era el que se había quedado afuera, pues en la José Félix Ribas ya no cabía un alfiler. Esta inusual circunstancia llevó a Ernesto a salir y primero bautizar su libro entre la muchedumbre que afuera anhelaba ingresar. Luego regresó e hizo un segundo acto formal. Los ejemplares que estaban vendiendo en las afueras, no duraron un suspiro. Ojalá que de verdad Mercedes Chacín haga sus mejores esfuerzos por conseguirme uno.

Que yo sospeche, ningún escritor (u ensayista) de este país es capaz de llenar medianamente ese recinto. Porque colmarlo significa que estamos en presencia de un best sellers. Creo, de hecho, que el único que puede hacerlo es Chávez. Yo he estado en ese mismo lugar para otros bautizos y aquello siempre ha estado escaso de gente.

Por tanto, imagino que esa noche Ernesto no pudo conciliar un buen sueño de tan abrumado por tan abrumadora e inesperada pero afortunada respuesta, seguramente fruto de la confianza que ha sabido ganarse en el desempeño de su oficio periodístico y del cariño labrado con la gente.

Ya quisiera un político de cualquier pelaje tener esa convocatoria que arrastró Ernesto el miércoles. Por tanto, la primera reedición va a tener que presentarla en El Poliedro.

miércoles, noviembre 04, 2009

Artistas fachos

Tim Robbins, Sean Penn, Kevin Spacey, Plácido Domingo, Andrea Bocelli, Oliver Stone, Naomi Campbell, Benicio del Toro, Danny Glover, Benicio del Toro, Michael Moore, Courney Love...

La sensibilidad de la flor y nata del entretenimiento mundial ha sido tocada por la Revolución Bolivariana. No así puertas adentro, donde un importante número de artistas se deja chantajear por Globovisión e imposta un lloriqueo, a pesar de lo inaudito que resulta ver a un país cultural que tiene que habilitar hasta plazas públicas porque la cantidad de obras supera a la capacidad de espacios.

Siempre que una sociedad entra en recesión, o cuando un país vive sumergido en una crisis, los artistas pasan hambre. En Venezuela todas las semanas hay cuatro y cinco monólogos nuevos y nunca país alguno había financiado la cantidad de películas que se han estrenado en Venezuela en los años recientes.

Pero nuestros artistas ni siquiera son capaces de analizar la relación entre el empuje de sus oficios y el bienestar del país. Creen que el público llena espontáneamente los sillones, sin comprender que es por una dialéctica social. Una nación que va mal en su economía tiene en sus actrices y actores los primeros desempleados, las víctimas protagónicas.

No sólo que están impedidos de comprenderlo, sino que entienden y se ufanan de lo contrario: ellos triunfan y se ganan el realero a pesar de la opresión. Es lo mismo que lo sucede a los humoristas: tienen diez años abarrotados de ganancias pero sin que les tiemble un músculo de la cara aseguran que se desempeñan en medio de una dictadura. Son los peores vaticinadores del fin de la libertad de expresión y encarnan, al mismo tiempo, la negación de ese anuncio.

Pero si alguien se asume chavista, enseguida le cae encima una aplanadora que no es otra cosa que una brutal censura. A esta locura del show business también sobrevive la Revolución Bolivariana.

miércoles, octubre 21, 2009

Marjorie Bolívar

Un hogar de por sí congestionado ha entrado en crisis por la llegada inesperada de una niña felina ahora convertida en toda una adolescente de seis meses, y que en tal condición ha extremado requerimientos y atenciones.

Llegó un día martes luego de que su benefactora la rescatara de un destino incierto, pues el administrador del caserón donde había nacido anunció que se deshacería de ella si nadie la reclamaba.

En casa estaría cuatro días, porque el sábado siguiente sería entregada a alguna sociedad protectora. Empero, algo dentro de mí empezó a sospechar de un ardid porque parte importante del presupuesto familiar empezó a desviarse para la adquisición de su alimento.

Mi preocupación adquirió ribetes de drama cuando en un rincón de la sala fue instalada una ponchera llena de arena fina y costosa para que la educada muchachita depositara allí su materia fecal, de olor comparable al del azufre. Indicio claro de que esta joven pronto se convertiría en la reina de la casa. Presunción que se elevaría a la categoría de noticia confirmada cuando llegado el sábado nada ocurrió, no hubo traslado a centro benefactor sino a una clínica veterinaria, circunstancia que siguió desangrando los menguados ahorros hogareños. Además de aplicarle una vacuna desparasitante, le fueron recortados los garfios. Qué alivio.

Para drenarle correctamente las inquietudes propias de su condición, se realizó una inversión en un yoyo que en el ascenso emana una luz roja que ella persigue entusiasmada.

Y así, cada espacio ha ido adquiriendo su personalidad. Por ejemplo, dos sillas señoriales de cuero que son de mi más alta estima, han sufrido los rigores de actos pueriles: agarró los espaldares para practicar rapel. Y desde la cúspide práctica triples saltos mortales, que son su entretenimiento favorito.

Al principio no tenía nombre. Entiendo que se trataba de una estrategia para lograr que ella se instalara sin mayor resistencia, porque estábamos hablando de un ser anónimo. Alcanzado este propósito, entonces los esfuerzos fueron concentrados en bautizarle acorde con su estampa de cacri.

“Enmienda”, propuso una amiga que supo del dilema. Uuummm. Rechazado. Entonces la misma amiga dijo que se le pusiera el nombre del desalmado patrono pero en femenino. Hubo un paseo por variedad de nombres hasta que la benefactora decantó por uno incomprensible para todos: Marjorie.

Ya bautizada, ocurrió un hecho que ratificó todas las sospechas: la niña viajó en avión al occidente del país para serle presentada a sus abuelos durante el asueto carnestolendo. Para ello, ni más faltaba, se requirió de la compra de una jaula especial, además de la aplicación de un calmante para que no se pusiera nerviosa.

Con sus abuelos hizo las delicias. Estaban chochos y hasta confinaron en el patio trasero a cinco perros celadores para resguardarle la paz y el sosiego a Marjorie. Increíble lo que esta joven trepadora estaba logrando.

A su retorno a Caracas esta muchachita vino ufanada y sin mayor trámite se instaló en la cama matrimonial como una más. En sus noches de insomnio, se dedica a perseguir y morder todo dedo que se le atraviese. Desarrolló esta fijación. Entra y sale de la habitación a su libre albedrío.

Con el transcurrir de los días, parece que esta jovencita ha comenzado a cometer travesuras relativas a su condición de adolescente: se sospecha que se escapa por el balcón quién sabe a dónde, porque regresa curtida y agazapada, como quien espera un regaño.

Ha cumplido seis meses, etapa que según las cyber investigaciones es la más crítica hormonalmente hablando. La cotidianidad confirma esta tesis, porque cada vez que Marjorie se ubica en el aposento, se pone boca arriba y abre las patas para que se le acaricie el vientre. Es ahora un ritual.

Su benefactora anda en vilo, decidiendo entre dejar que la naturaleza fluya a su manera o esterilizarla. Pero esto último tiene generado un conflicto ético, porque privarla del hecho materno tiene su componente criminal.

Creo que la etapa culminante de su consolidación en casa está en desarrollo: en confabulación con su protectora se posa sobre mis piernas y adopta posición y gesto lastimeros, mientras una voz que simula ser la suya insiste en: reconóceme, por favor, yo soy tu hija.

martes, octubre 13, 2009

Naftalina


En estos días le comentaba a un amigo mi deseo de desarrollar y conducir un programa radial al que he concebido nombrar Naftalina.

El amigo mueve el entrecejo cuando le explico que será un programa dedicado a la denominada canción chatarrita y a su época.

Un programa en cuya presentación tenga un intro con Tren de medianoche a Georgia, que lo mezcle con No es una carga, es mi hermano y quizá con unos acordes calladitos de contrabando allá en el fondo de Hotel California, para amelcochar y neutralizar al inconsciente.

Mientras apasionadamente le voy relatando el plan de fuga, el pana va acentuando su silencio, hasta que lo emplazo a que me diga de una vez que si un programa de esta característica no lo escucharía ni Cappy Donzella.

Su preocupación es de otro orden. ¿Lo vas a pasar en una emisora comercial? Su pregunta esconde un fondo ideológico: ¿Tú crees que las radios alternativas van a poner música gringa? Lo desbarato. Le digo que ya la ponen, pero que además, ¿cómo puede ser un revolucionario rehén de prejuicios tan gafos? El intercambio termina en bronca y, como sucede en cada desencuentro, cada uno se repliega.

Por lo que no tuve oportunidad de argumentarle que si alguna vaina ha sido revolucionario en esta vida, ahí están de primero las canciones chatarritas, porque fueron el signo de un tiempo rebelde, irreverente, alzado, cuya válvula de escape eran estas canciones que te inoculaban la mente para hacerte un inconforme.

A usted le dicen que una canción se llama No es una carga, es mi hermano, y usted sabe que allí hay un drama arrabalero, el capítulo cumbre de una telenovela latinoamericana, pero una vez que oye al cantante destripar los sentimientos con su tempo barítono, a usted el cuerpo se le indigna y sin saber inglés entiende que allí hay un mensaje que nos instiga a emanciparnos.

Le expongo a otro partner la idea para que la requise y es tanto su militancia en la chatarra, que con voz de tenor dice: no concebiría un programa así sino comienza con Canción de la prisión. Entonces me cayó la locha: no debo seguir curucuteando a la gente, todo el mundo tiene su favorita y tampoco es que uno esté para estar calándose el manantial de evocaciones ajenas, las propias me rebasan. Es más, quédense con su programa.

viernes, octubre 09, 2009

Culazo



La oposición quedó tan desbaratada y ensartada con la pelada de culo, que hay que seguir hundiéndole el dedo.

Propongo que cada uno de esos culos sea identificado, que se inicie un intercambio en la superautopista para individualizar cada culo y preguntarle a su dueño que si lo volvería a pelar, que si reivindica a sus escuálidas pero honradas nalgas.


Porque después de darlo, andan agazapados, como señorita que piensa que todo el mundo la observa en la calle porque se han dado cuenta que ha sido desflorada.

Hay que sacarlos de la madriguera de la vergüenza y decirles vamos, machos, digan que esos culos son suyos y que ustedes hacen con ellos lo que los cuerpos les pidan.


Porque algún culo tiene que echar sangre. Son como ocho culos los que se exhibieron, así que seguro rápido damos con sus derechos de autor. Además, ¿son de paquete esos culos?


Me imagino la jornada internauta de individualización: “Coño, ¿pero esa cara no es de Juan...digo, ese culo?”. Ajá, Juancito, te vamos a regalar una desechable para que tengas mejor cara.

Diferente sería que las niñas manitos blancas se bajen los trocitos de tela. Ahí la cosa cambia, porque uno hasta las apoyaría. Además, coño, si las muchachas se las bajan entonces sí acaba este gobierno.

miércoles, septiembre 30, 2009

Cama y mesa


Seguramente que Fernandito Villalona forma parte del acervo personal de cada uno de ustedes. Al menos mi memoria colapsa de recuerdos con las canciones de este caballero, una potente leyenda musical que iluminó los desconcertados años de la Generación 90, de la que posiblemente yo formé parte pero echadito hacia la esquina, más bien en contra de mi voluntad (un perfecto renegado).

Para las perspectivas pueblerinas, Villalona venía a ser algo así como la lejana luz de un barco que se acerca parsimoniosamente y que se detecta en la noche desde el muelle de una pequeña comunidad perdida en los confines de un país abatido, es decir, una novedad rara pero anhelada, un tema bien sabroso de conversación desprendido de lo incierto, un orgullo injustificado, el titular de primera a falta de mejores acontecimientos. Porque Fernandito ni siquiera era que hacía poesía, sino filosofía, sobre todo para quienes teníamos la angustiante afición de problematizar las cosas más sencillas de la vida, como ir a bailar –o a hacer las veces- a la discoteca Los Gallegos de Valle de La Pascua, de donde Ramón Blanco y este servidor se largaban ofendidos a plena madrugada porque el disc jockey incurría en la sensatez de hacer rodar el acetato que contenía el tema “Amaneciendo”, lo que quiere decir que nos proclamábamos propietarios municipales de Fernandito Villalona. Era una manera de drenar la irreverencia con la que empezábamos a curtirnos, claro, pero eso lo sé ahora.

Nosotros entendíamos que se escuchara a Wilfredo Vargas, porque era cosa del vulgo –cuán equivocados por tantos años, Dios mío, cómo no entender entonces que El jardinero iba a ser un mito milenario-, pero Villalona estaba en un templo, era nuestra religión y como tal le teníamos su altar con sus velones encendidos. Era algo que irremediablemente habría de quedarse para siempre en nuestras vidas.

Cuántas tertulias madrugadoras, cuántas clases echadas por la borda, cuántas incendiarias discusiones con Henry Arteaga –un vallemetío que recaló desde Barquisimeto con los primeros long play de Villalona-, cuántas novias inasibles, cuántos besos perdidos por no saber decir te necesito, cuánta tristeza añejada, cuánta vida estropeada, cuánto talento sin florecer, cuánta pobreza sonrojada, cuántos aguaceros de ilusiones, cuántos llantos comprimidos, cuántos odios macerados, cuánto malditismo derramado, cuánta voluntad para que tener que entender al mundo por ultraje, cuánta buena voluntad con los iguales, cuánto estímulo por inyección propia y cuánto egoísmo inoculado por la atmósfera.

Todo ese verguero se me ha venido encima recientemente cuando en el bulevar de Sabana Grande he detectado parado tomándose una cerveza al mismísimo Fernandito Villalona.

Instintivamente no hice sino llamar a Ramón, quien garantizado de que yo me le acercaría, me imploró que le introdujera una sonda a los latidos de su corazón para extraer elementos con los que en una próxima congregación analizar, en retrospectiva, qué había detrás de los temas “Cama y mesa” y “Seré”.

Hice el recorrido, que tuvo tantos atajos como quepan en seis cervezas, y que oportunamente estaré transmitiendo por este mismo canal en día y hora indescifrables.


Posteadito: ¿Alguien sabe dónde conseguir confiables dólares del mercado intangible? Lamento este feo, pero tengo una urgencia familiar que desde luego no aspiro ni tengo tiempo de resolver vía Cadivi, y nunca como ahora me vendría bien una buena amistad. Senqiuverimucho.