martes, noviembre 16, 2010

LAS FAMILIAS


Las familias

Ahora estoy viviendo en una casa que me ha trasladado calcadamente a mi niñez, de la que no he podido escaparme por mucho pichón que creo haberle echado. Es un caserón viejo con aspecto de abandonado pero no, allí vive una gente de muy buena vibra a la que esporádicamente veo, pues estoy arrimao como en un anexo al que entro y salgo por la puerta trasera. Tiene matas por todos lados y exhuma una atmósfera perfecta para la contemplación. Posee un micro hábitat de selva tropical, díganme ustedes si no es un lujo en Caracas. La ronda el más manso de todos los gatos de cuantos he conocido y tratado, y que a mi llegada se pone toñeco y se va adelante haciéndome el camino hasta que abro la puerta y él entra y ausculta el aposento hasta que se aburre de la calma y se jubila por la ventana que le dejo abierta. Lo bauticé con el nombre de Panda, pues así lo parece. Creo muy difícil que en adelante no lo lleve a donde vayan mis huesos. Yo lo agarro y lo estrujo como a una esponja y el coño se contenta y lo asume como una muestra de colosal cariño. Se deja querer. Apenas exhala un quejido casi imperceptible cuando ya no aguanta el apretón.

La casa, entonces, tiene dos niveles por los que se desparraman varias habitaciones, incluso las del piso superior con unos balconcitos sostenidos por vigas de madera que le conceden un aspecto colonial.

En una casa semejante viví los primeros años de mi cándida existencia junto a mis otros tantos hermanos y tantas familias. Soy –ya lo he dicho tantas veces- nacido en un caserío de Valle de La Pascua y por tanto sigo siendo aquel muchacho inocentón que todavía se santigua cuando va a cruzar una calle de Caracas. Y soy fruto de una relación extramarital que, lejos de escandalizar a tan católicos habitantes, me asumió junto a mi madre como un integrante más de la primera gran familia, pero sub dividida como la familia b. Siguiendo las enseñanzas de mi hogar, yo a mi vez recibí en la misma casa y con la misma naturalidad a mi segunda (c) y tercera (d) familias. Entonces éramos ocho hermanas y hermanos que nos entremezclábamos con la naturalidad de la infancia, pero que a cada rato salíamos ahuyentados cuando nuestras respectivas madres nos veían unidos, pues entre ellas sí que existía una guerra fría, aunque carente de ideologías (como no sea la ideología matriarcal).

Es obvio que mi padre era un semental pueblerino. A pesar de que había dicho que tendrían que matarlo para obligarlo a casarse cuando mi madrastra Eugenia quedó embarazada de María Gabriela, apenas el papá de Eugenia fue a  su casa paterna a reclamar los costos se colocó detrás de su papá y garantizó que se casaría cuando el cura lo dispusiera, que no había el menor problema, que no desconocería su responsabilidad. Así se hizo. Dos días después Dios estaba bendiciendo la unión. A dos meses de haber nacido María Gabriela, vine yo al mundo.  Nada especial ocurrió ese día, prácticamente nadie se enteró. No soy digno del santoral.

Mi madre aplicó la misma técnica de Eugenia de reclamar los daños en la casa paterna, donde se realizó una asamblea que concluyó, a instancias de mi abuelo paterno, en que mi madre y yo nos fuéramos a vivir en el caserón que mi abuelo había regalado al matrimonio de mi padre y Eugenia. Era una manera de resolver el asunto rápido y sin traumas, para salvaguardar el honor familiar (la cosa era responder, no importaban las formas). Nos alojamos en una habitación del segundo nivel y entrábamos por una puerta trasera. Sólo había coincidencia entre las dos familias en la sala, que funcionaba como un distribuidor de los caminos de la casa. Para ahorrarse indirectas y malquerencias de Eugenia, y sobre todo para ahorrármelas a mí, mi madre habilitó una pequeña cocina en la ventana de la habitación, donde pasábamos casi todo nuestro tiempo inventándonos cuentos y emocionados con los aguacerotes invernales.

Al año de nuestro arribo le tocó a mi hermano Ramón y a su mamá Sonia hospedarse en casa después de realizar el mismo trámite. Escogieron la habitación frente a la nuestra, de modo que Ramón y yo nos hicimos inseparables, porque los primeros años María Gabriela nos estuvo vedada. Al año siguiente Emilita y su mamá Emilia se hospedaron en una habitación de la planta baja, pues resulta que ella había sido compañera en el liceo de Eugenia y el reflujo de esa amistad hacía tolerable la convivencia a escasos metros.

Por otros dos años parece que mi padre no embarazó a nadie más. Al menos no a una extraña, porque a mis tres años tuve una hermanita (Ana) en mi mamá, casi al mismo tiempo en que Ramón tuvo a la suya, María Fernanda. Ya éramos seis barrigoncitos en el caserón. En los dos años siguientes nacieron María Daniela, hermana de María Gabriela, y Jorgito, hermano de Emilita. Ocho conformábamos un batallón dirigido por cuatro mariscalas de campo a la órdenes de un general en jefe que se pasaba el día labrando la tierra pero que a las cinco de la tarde ya estaba de regreso a su gallinero. Cenaba y se acostaba en su aposento oficial a escuchar las rancheras que pasaban por la radio (“Mariachis, rancheras y algo más”).

Entre seis y ocho dormía fijo, lo certificaban sus ronquidos. Entonces la pesadez de la atmósfera se aliviaba porque nuestras respectivas madres nos concedían mayores libertades. Nuestras actitudes de hermanos se desplegaban y surcábamos todos los recovecos de las casas (cuatro en una), los que en el día nos estuvieran proscritos. En ningún caso se podía traspasar la barrera de cada habitación. El patio era nuestro universo. Nuestras abnegadas progenitoras se asomaban a una zona de tolerancia y se intercambiaban recetas y chismes del pueblo, que menganeja salió preñá y que si a Merceditas se la llevaron de su casa.

A las ocho bajábamos la intensidad de nuestra niñez porque nuestras madres nos hacían leer cuentos. Nos rotábamos lo mismo que las lecciones del libro de escuela. A las nueve a dormir. A las diez venía la lotería. De acuerdo a sus instintos, mi padre entraba a algunas de las otras tres habitaciones y nos pedía, según fuera el caso, que saliéramos a estudiar la luna, aunque estuviera cayendo un palo de agua. En cinco minutos ejercía su autoridad y salía a la habitación matrimonial. Todo en silencio. Volvíamos a nuestra cama y, en mi caso, mi madre me decía que cuando mi padre llegaba era para rezar junto a ella por la salud y prosperidad de todas las familias de la casa. Nuestras cuatro madres sostenían esta misma versión, pues todos así nos los intercambiábamos. Anoche papá y mamá hicieron el rezo, decía al que le hubiera correspondido la noche anterior juntar sus dos manos e impostar una obertura entre ellas para apuntalar a la luna. Como puede deducirse, éramos unas familias inmensamente felices.

Los momentos más desconcertantes fueron los cumpleaños de casi todos. Cada fecha debía celebrarse en las casas de las abuelas maternas, excepción de María Gabriela y María Daniela, que se celebran en la casa de todos. Pero nadie iba, sólo sus hermanos, cuyas madres nos preparaban regalitos artesanales para las Marías.

Los otros seis debíamos celebrarlo en los patios de nuestras abuelas, si es que queríamos que a los cumpleaños fueran los amiguitos de la escuela, cosa que no se podía en el caserón, porque Eugenia había impuesto como condición que no hubiera invitados y ni siquiera piñatas, un verdadero imposible.

Todos entramos al liceo más o menos al mismo tiempo (unos un año adelantados y otros atrasados). Se suponía que al comenzar el bachillerato todos nos sabíamos las tablas de multiplicar y dividir. Nada más falso. En las libretas empezamos a cojear todos, y las cuatro madres en ocasiones debieron asistir a reuniones conjuntas con la profe de matemáticas para decretar la emergencia.

En la sala de la casota  nuestro padre decidió instalar un pizarrón que él mismo fabricó, y todas las noches, entre nueve y nueve y media, le servía como apoyo de sus enseñanzas de matemáticas. En el multihogar empezó a generarse un debate hasta entonces impensado: ¿qué querrán ser nuestros hijos cuando sean grandes? Cada madre tenía sus propias perspectivas, ajenas al bien colectivo.

Así, por ejemplo, María Gabriela y María Daniela sería una doctora (médica) y la otra ingeniera. Emilita quería ser abogada y Jorgito siempre se empecinó en ser piloto, y si no se podía, cantante famoso. Jorgito era el único que tocaba algún instrumento: el cuatro, que tan bien le había sido enseñado por un tío materno que nunca abandonó la casa y que se las tiraba de cantante, y al influjo de esta frustración canalizó en Jorgito su propia realización. De hecho, nuestro hermano desde pequeño fue aleccionado sobre cómo engolar la entonación. Todavía en el caserío se recuerdan las emocionadas anécdotas de cómo en la voz liceísta destronaba los tímpanos y las seguridades emocionales de los padres y representantes y demás asistentes, entonando las desgarradoras canciones de Nino Bravo, que había aprendido de su tío: 

Dejaré mis tierras por ti
dejaré mis campos y me iré
lejos de aquí

Cruzaré llorando el jardín
y con tus recuerdos partiré
lejos de aquí

De día viviré pensando en tu sonrisa
de noche las estrellas me acompañarán
serás como una luz que alumbre mi camino
me voy pero te juro que mañana volverá

Al partir un beso y una flor
un te quiero una caricia y un adiós
es ligero equipaje para tan largo viaje
las penas pesan en el corazón
Más allá del mar habrá un lugar
donde el sol cada mañana brille más
Forjarán mi destino las piedras del camino
lo que no es querido siempre queda atrás…


Emilita no quería ser nada, decía que prefería quedarse toda la vida con su mamá. Mi hermana Ana decantó por ser maestra y Ramón no fue nada, se dedicó en su adolescencia a parrandear y hoy en día en un afamado martillero de los remates de caballo. Su hermana María Fernanda tampoco quiso estudiar y hoy en día en empresaria: prepara y comercializa unos dulces de lechosa que ya quisiera yo exportar a Europa. Yo nunca quise ser nada, intenté hacerme economista creyendo que tenía actitudes para hacer negocios (me salen uno peor que el otro, pero estoy seguro que no es por falta de talento sino porque alguien me tiene montado un vudú bien apretao).

Y pese tan irregular pero no por ello infeliz crianza, pues nos queremos, de vez en cuandito nos pegamos un telefonazo. Y eventualmente nos juntamos para la misa por Jorgito, a quien perdimos cuando desarrollaba brillante trayectoria como piloto. Sobre todo sus hermanas hembras no pueden escuchar a Nino Bravo porque se van en llanto mocoso.

Hace poco también murió mi madrastra Sonia, a quien recuerdo todos los días y todas las horas porque, entre santísimas razones, fue ella quien supo dibujar con fino humor la manera en que, así como ingresamos al caserón, todas las familias fuimos una a una expulsadas como por una fuerza invisible.

En el mismo orden. Mi madre, Anita y yo fuimos unas vacaciones a Valencia a visitar al resto de la familia. Al retorno el techo de nuestra habitación, de concreto macizo, se desplomó y tapió la litera familiar. Todos nuestros recuerdos se quedaron entre los escombros porque mi madre decidió que aquello era un advertencia de Dios, porque ya estábamos grandecitos y era  suficiente haber vivir restringidos en la comuna y que de ahora en adelante seríamos libres, te lo pedimos señor. Por esas fechas solicitó su acreditación ante el venerable José Gregorio Hernández.

A la habitación de Emilia, Emilita y Jorgito empezaron a colarse dos ratas tan pero tan gigantes, que cuando le echábamos al gato Maullido para que las destripara, el muy cobarde escondía su cola entre las patas y se regresaba a su cojín a seguir durmiendo. Los gritos de Emilita cada vez que las ratas se asomaban causaron hostilidades que obligaron a Emilia a irse a casa de su mamá.

Sonia, la mamá de Ramón y María Fernanda, interpretó ambas situaciones como signos malignos y, sin más trámites que su propia fe, decretó que en el caserón, antro del pecado, se había irrespetado a Dios por muchos años y un día echó un candado sobre la puerta de su habitación-hogar y también se instaló en su fuero maternal.

María Gabriela y María Daniela, entonces,  agarraron con la tocoquera de que en toda la casa se paseaban fantasmas. Vivían con los oídos pegados al cuarto que fuera de Sonia y juraban que se oían voces y risas.  Eugenia tomó una decisión drástica una noche en que María Gabriela se bajó de la litera y le dijo a María Daniela y sus padres: ahí están, se están riendo de nosotros, díganle que se vayan y nos dejen dormir.


Eugenia y mi padre, la mañana siguiente, regresaron a la casa de mi abuelo y el caserón se fue quedando solo. Con el tiempo se fue invadiendo de montes y en el barrio le pusieron el nombre de El Monasterio. A la gente le da miedo pasar por el frente por la risa de los fantasmas.

Desde la tranquilidad de un sillón en el que se mecía, madrastra Sonia suscribía a quienes aseguraban haber oído a los fantasmas. A los incrédulos, Ma’ Sonia decía enigmáticamente al aire, como si hablara consigo misma: pobres ignorantes, no han leído a Cortázar.


viernes, julio 30, 2010

ADIPOSIDADES

Contento y solemne, este fin de semana me dispongo a ser partícipe de un peculiar evento a desarrollarse en un pequeño caserío ubicado entre Valle de La Pascua y El Socorro, en el desvío hacia Espino (una media hora por una carretera infame).

Se trata del Primer Congreso Nacional del Cochino Frito, cuyos baluartes me han solicitado que acuda en calidad de cronista oficial del acontecimiento (que me honra), al que han querido conferirle cierto aire de clandestinidad, por lo que hube de pedirles autorización para divulgar esta reseña. Lo consintieron bajo alegato de que igual se va a pedir santo y seña a quienes se lleguen hasta la finca, acordada también como sede de un próximo Museo de la Grasa.

Mi vinculación con los promotores viene desde hace unos seis años por vía de un amigo que en aquellos años integraba al grupo, pero que después desertó virtud de que una novia lo convenció con ternura de que hiciera la dieta de los puntos. Hoy no se le puede nombrar entre la logia, pues es considerado un renegado.

La anécdota de mi anexión a esta patota dice oficialmente así: yo estaba en casa de este amigo en Maracay, y un fin de semana recibió la intempestiva visita de unos socios. Sin bajarse de la camioneta, lo invitaron a dar una vuelta por la ciudad y como quiera que yo también me dirigiera al carro como si también me hubieran invitado, no tuvieron coraje para decirme que no me montara. Posteriormente supe que mi amigo (también amigo de ellos) los había advertido de un sitio en Maracay donde vendían unos chicharrones celestiales. Ellos simplemente iban a catarlos.

Así que nos montamos y fuimos a parar por una callecita que corre en paralelo a la autopista Maracay-Valencia. Allí efectivamente estaba el caldero hirviendo, lleno de burbujitas. Estos compañeros salivaron y desorbitaron los ojos. Y luego hicieron festín. Después de hincar el diente tantas veces como fue necesario, se dispusieron a hacer unas anotaciones, supongo que científicas. Cumplido el trámite de varias cervezas, se largaron.

Entonces fui enterado por mi pana de que los caballeros visitantes eran amantes de la carne de cochino, que pertenecían a un grupito que cada fin de semana partía a algún rincón de la geografía nacional donde le hubieran recomendado un expendio de chicharrones. Ese fin de semana le correspondió a la taguarita en Maracay. Una locura y como tal incomprensible, ya sé, pero tan legítima como la parranda de esquizofrénicos que en bandada se va a recorrer el país a bordo de una Harley Davidson. Y qué, hay gente que se divierte estando todo el día pegada al Twitter.

Dos o tres años después, me los volví a topar en Caracas, pero esta vez estaban liderados por Gino, juglar de los recovecos venezolanos y que en esta condición cumplía de apologista de la grasa porcina.

Gino, retratista singular del sufrimiento venezolanista mediante versos que se acoplan al arpa y autor de una canción de despacho memorable, se había hecho experto también en tácticas y estrategias que buscaban el objetivo de incorporar al inconsciente colectivo nacional la idea de que la carne de cochino era no solamente más saludable y sabrosa que las demás especies, sino que era absurda la mala fama que tenía sembrada.

Así por ejemplo, Gino se valía de una anécdota estelar para intentar mitigar la resistencia instintiva hacia el cochino: Érase una vez que Gino estaba en El Socorro echado en su hamaca carraspeando su cuatro y recibe una invitación a una parranda en Mérida. Como percibieron alguna renuencia en él, sus invitantes lo tentaron diciéndole que le iban a preparar una chicharronada de película. Y el Gino que acepta, faltaba más. Pero al llegar al pueblo merideño, era mentira, allí no había un cochino a la redonda, vaina que tampoco iba a matar al Gino, pues lo importante eran el canto y el trago. A cambio le sirvieron una trucha que comió sin dilación, como todos los que allí estaban parrandeando. Pero tampoco era que iba a admitir ofensas y ni siquiera mal entendidos, por lo que se vio precisado a una respuesta legendaria (se supone que una lápida con la frase engalanará la entrada al Museo de la Grasa) cuando la señora que preparó la trucha se le acercó para consolarlo sibilinamente por el embuste: “Verdad que estaba sabroso el pescadito, ¿no?”.

Con tono amable pero severo, Gino quiso poner las cosas en su lugar: “Mire, señora, pescao no le gana a cochino ni nadando”. Esta frase cobró leyenda. En fin. Ya les contaré en qué termina el Congreso Fundacional.

martes, julio 06, 2010

ALIAS


¿Hay personajes en espacios de trabajo, en barrios, comunidades, pueblos y ciudades, encargados (especializados en) de bautizar a sus vecinos, compañeros y amigos con sobrenombres?


¿Quiénes son y cómo son estos especialistas? ¿Qué características los distingue? ¿Son en sí mismos unos personajes populares? ¿Qué los inspira para apodar a otros? ¿Qué incide en que sus apodos peguen, calen, que se queden en el tiempo?


¿Buscan afectar psicológicamente a sus apodados? ¿Cuál es el objetivo? ¿Logran ese impacto psicológico? ¿Existen casos de apodados que hayan merecido atención psicológica?


¿El apodo es un atributo en función del físico o del carácter? ¿Ambos casos? ¿Los apodos logran suplantar la identidad verdadera? ¿Debe evitarse apodar a un niño (en edad escolar) para evitarle posibles traumas?


¿El adulto se resiste al apodo? ¿Mientras más se resiste, ¿más víctima fácil? ¿Causar enojo en la víctima es síntoma de que el apodo ha funcionado?


¿El apodo trasciende a situaciones conflictivas? ¿Hay reyertas entre el apodador y el apodo? ¿Esto ha sido de rupturas amistosas y familiares? ¿Guarda rencor el apodado de su apodador?

¿Es el apodo parte intrínseca de la cultura (del modo de ser) del venezolano, del latinoamericano, del ciudadano del mundo? ¿Los entornos u contextos inciden en los apodos? ¿Un apodo de la infancia o adolescencia queda para siempre?


¿Hay apodos generalizados que se corresponden a una actitud y que se endilgan indistintamente a varias personas, aunque no se corresponda en lo físico ni con el carácter?

¿Qué tan reincidente es el hecho de que una vecindad o espacio de trabajo no conozca el nombre verdadero de un apodado? Ah, ¿pero tú te llamas Luis? Coño, tanto tiempo sin saberlo y llamándote “Casi Loco”.

¿Los alumnos apodan indefectiblemente a sus maestros y profesores? ¿Y los padres apodan a sus hijos y viceversa? ¿Y entre hermanos? ¿Y los amantes?

¿A ti cómo te dicen? ¡Echa tu cuento como es!

martes, mayo 18, 2010

Entrevista con Umberto Eco

Umberto Eco: "Uno no sabe si lo que le llega por Internet es verdadero o falso"


Posee casi todos los atributos de las personas amables que nunca se olvidan y una conversación que mueve a la alegría y la risa con frecuencia.

Con 38 honoris causa en su haber, confiesa que a menudo debe renunciar a la aceptación de otro más, en parte porque ya conoce de sobra la ceremonia, el laudatio y todos esos inconvenientes de la reverencia universitaria, pero también porque ¿para qué realizar fatigosos viajes que ni le ponen ni le quitan nada?

Pero hay excepciones. Y una fue Sevilla hace un par de meses. De siempre, dice, quiso conocer esta importante ciudad, y la cita que tenía concertada con la Universidad para el pasado noviembre coincidió, dice, "con que cogí una bronquitis tremenda, con mucha fiebre, y no pude viajar".

"Mi mujer también quedó muy frustrada con aquella circunstancia y ahora, que retrasaron amablemente el acto, es ella la que no ha podido acudir. Pero volveremos. Sevilla es una ciudad maravillosa que siempre deseamos conocer".

¿Cuántos libros ha publicado Umberto Eco? Casi un sinfín entre ensayos y novelas. Desde su primer trabajo sobre santo Tomás de Aquino (El problema estético en santo Tomás de Aquino en 1956) hasta su última narración: La misteriosa llama de la reina Loana (2004).

Nació en Alessandria, una ciudad italiana del Piamonte, el 5 de enero de 1932, y con sus 78 años impresiona el vigor mental y la arrolladora fuerza vital que imprime a sus respuestas, a sus críticas, sus reflexiones y sus ademanes. Lleva un sombrero que le otorga un carácter entre antiguo e intrigante inspector y se apoya en un bastón que, ateniéndonos a su brío, bien podría partir en la cabeza de un enemigo o de un tonto.

La diversidad de sus trabajos, en la televisión, en las editoriales o en la universidad, y la capacidad mental para obtener oportunamente los puestos académicos a que aspiraba han contribuido a enriquecer su sabiduría, pero acaso fue, al revés, su extraordinaria condición de sabio la que ha inspirado una obra tan universal, conocida en medio centenar de idiomas y multiplicada por millones de ejemplares.

Empezando por el principio...
¿Que cómo empecé la experiencia intelectual de mi vida? Pues mire, entré enseguida a trabajar, tras terminar en la universidad, en la televisión cuando la televisión estaba empezando, allá por 1954.

¿Y qué hacía en la televisión?
Era un funcionario en las oficinas, no salía en la pantalla, pero fue una experiencia enorme. Entonces se hacía todo en directo, así que podía ocurrir que también nosotros, los funcionarios, tuviéramos que ayudar si algo no funcionaba. Yo tenía entonces 22 años. Me acababa de licenciar en la Universidad de Turín y por un milagro me presenté a una oposición de televisión y la gané junto a otras personas.

¿En Turín?
No, en Milán. Lo gané junto a otras personas también bastante conocidas: una fue Gianni Vattimo, el filósofo, y la otra, Giulio Colombo, que ha sido director de L'Unità, etcétera. Y esto determinó, sin duda, mi interés por los problemas de la comunicación.

¿Su licenciatura en qué había sido?
Sobre la estética medieval, algo completamente distinto. La televisión fue una experiencia muy importante para mí. No hice nada interesante, pero vi montones de cosas, porque la televisión en aquella época era un lugar en el que uno, al pasar por un pasillo, se podía encontrar a Ígor Stravinski o a Bertolt Brecht. A mí me ocurrió. Todo pasaba por allí... Después lo tuve que dejar, porque sólo observaba lo que pasaba, pero no hacía nada interesante y me fui a trabajar a la editorial Bompiani, que sigue siendo mi editor. Entre tanto, continuaba mis estudios y mis investigaciones, obtuve varios títulos universitarios, empecé a trabajar en editoriales y comencé a dar clases en la universidad, así que en 1975, cuando conseguí la plaza definitiva en Bolonia, dejé lo que estaba haciendo.

¿Y entonces se casó usted?
Usted quiere saberlo todo. Verá: lo primero que hice antes en la editorial, donde luego dirigí las colecciones de filosofía, fue un gran libro ilustrado, La historia de las invenciones, que había que paginar... No sé si usted ha visto mis dos últimas diversiones, la Historia de la belleza y la Historia de la fealdad. Pues bien, resulta que al final de mi vida me he puesto a hacer lo mismo, libros ilustrados.
Había allí un gran diseñador gráfico, Bruno Munari, que era uno de los más importantes diseñadores italianos del siglo. Un día llevó a un ayudante que vino a ser una diseñadora alemana que estudiaba historia del arte y, así, accidentalmente nos casamos. Lleva cincuenta años en Italia, pero continúa siendo alemana.
¿Y tuvo hijos?
El año 1962 fue muy importante en mi vida, porque me casé, engendré a mi primer hijo, que nació al año siguiente, publiqué el libro que me dio más fama en esa época, Obra abierta, y murió mi padre. Así que de pronto me convertí en adulto, era yo el padre.
¿Estaba usted muy unido a su padre? Sí.
¿Su padre, qué era?
Un empleado en una empresa privada. Sí, teníamos una buena relación.
¿Y cuántos hermanos eran ustedes?
Yo tengo una hermana. Y luego tuve dos hijos: un hijo y una hija. Mi hijo ha trabajado durante 12 años en Nueva York, en el mundo editorial. Ahora trabaja en la oficina de prensa de RBS en Roma y mi hija es arquitecta. Eso es todo. Ah, y tengo dos nietecitos, de nueve años y medio y de uno y medio.
Que le gustan mucho...
Ser abuelo es un trabajo maravilloso. Porque se tienen todos los placeres y las ventajas y ninguna responsabilidad.
Claro que sí. Publica, pues, 'Obra abierta', triunfa internacionalmente y después llega su otra gran obra de referencia, 'Apocalípticos e integrados', en la sociedad de masas.
Apocalípticos e integrados quizá sea mi libro de ensayos más conocido en el mundo español, España e Hispanoamérica, no sé por qué. En realidad no era un proyecto. Como le he dicho, me interesaban los problemas de la comunicación de masas, la televisión, etcétera, y escribía ensayos en alguna revista.
De repente convocaron la primera oposición para una cátedra de comunicación, oposición que no la ganó nadie porque en esa época no había una definición de lo que fuera comunicación de masas. Se presentó la gente más diversa: un sociólogo, un psicólogo, un historiador... Así que el tribunal ya no sabía bien lo que era un comunicador. Pero como para toda oposición hay que tener publicaciones, reuní todos esos ensayos de revista, que por casualidad se convirtieron en Apocalípticos e integrados.

Y hay que decir que me ayudó mi editor, Valentino Bompiani, uno de los más célebres editores italianos junto con Mondadori. Como aquí Carlos Barral, personajes ya históricos.

Bompiani era más viejo y tenía una excepcional dote para inventar títulos. Por ejemplo, en el caso de Obra abierta, yo tenía entonces que hacer un libro para Einaudi, que me había pedido Calvino. Pero Bompiani me dijo: "¿Por qué no reúnes estos ensayos que ya tienes publicados?". "Yo tengo que escribir un libro para Einaudi", le dije. "¿Y cuándo lo harás?". "Necesito todavía cinco o seis años". Y atajó: "Mientras tanto, ¿por qué no reúnes estos ensayos desperdigados y los publicamos aquí?".

No me gustaba publicar en la editorial en la que trabajaba, porque me parecía algo como de familia, pero ya que me lo pedía él... "¿Cómo lo titulo? ¿Forma e indeterminación de las poéticas contemporáneas?". "Está usted loco".

Cuando ya reuní la colección de ensayos para Apocalípticos e integrados, me volvió a preguntar: "¿Cómo lo titula?". "Problemáticas de la comunicación de masas". "Está usted loco". Se fue a mirar el último ensayo, cortísimo, de tres páginas, que se titulaba Apocalípticos e integrados, y declaró: "El libro se titula así". Le dije: "Tenga en cuenta que no tiene que ver con los otros ensayos, habría que explicarlo". "Pues escribes una nueva introducción y lo explicas". Y escribí una introducción de 40 páginas que cambió todo el libro y lo convirtió en Apocalípticos e integrados.

¿Y no le parece que ahora estamos en una fase igual, de 'Apocalípticos e integrados'?
Un corte entre quienes defienden los valores perdidos y deploran el presente como una degeneración cultural y moral. Sí, eso mismo era un debate típico de aquella época en la que los filósofos, los intelectuales, todavía no conseguían comprender el mundo tecnológico de la comunicación, así que existía esta división entre los que hacían comunicación de masas y, digamos, los aristócratas intelectuales, que no la entendían.
Pero hoy es distinto, porque los más aristócratas de los intelectuales entienden perfectamente estos problemas, usan Internet... Es, en todo caso, no una crítica desde fuera, sino desde dentro, de intelectuales que usan medios de masas, ven la televisión, usan el ordenador y pueden a la vez criticarlo. Así que me resultaría muy difícil decir hoy: "Usted es apocalíptico o usted es integrado".

Pero esa queja de que ya la gente no se relaciona personalmente debido a la omnipresencia de internet...
Esa es la crítica que hacemos todos. Pero antes los apocalípticos eran los que criticaban y rechazaban. Hoy son los que critican, pero a la vez usan estas cosas, así que es un discurso interno: yo soy muy crítico con Wikipedia, porque contiene noticias falsas.

Las hay también sobre mí, falsas y no falsas, pero utilizo Wikipedia, porque si no, no podría trabajar.

Mientras escribo, por ejemplo, Tirso de Molina y no me acuerdo de cuándo nació, voy a Wikipedia y lo miro, en cambio antes tenía que coger la enciclopedia y tardaba media hora. Antes los apocalípticos no usaban estas cosas: escribían a mano con la pluma de ganso.

¿Y usted cree sobre sí mismo que ha tenido una percepción especialmente acertada de la sucesivas situaciones culturales?

Mire, el profesor Vázquez da mañana un discurso sobre mí, y dice que he sido de los que han intentado comprender y criticar el momento en que vivimos.

Formo parte de una generación para la que el presente era el ambiente natural: viajábamos en avión, en coche, veíamos televisión, mientras que toda una generación anterior veía la cultura como rechazo del presente. Se encerraban en su torre de marfil y no querían saber nada de lo que ocurría.
Yo pertenezco a una generación que ha pensado que el intelectual tiene que hallarse comprometido con el presente y, por tanto, con todos sus aspectos.

Tenemos respecto al presente, nosotros los jóvenes que no tenemos más que ochenta años, una actitud diferente de la de nuestros padres o de la de nuestros maestros.

¿Ha echado de menos algo en su trayectoria profesional? ¿Habría querido hacer otra cosa en algún momento?
Yo creo que mi generación ha sido muy afortunada, porque llegamos con 13 o 14 años al final de la guerra, nuestros hermanos mayores murieron o no pudieron acabar los estudios.

Nosotros llegamos mientras había una expansión económica. Hemos tenido todo. Mi hijo y también los estudiantes más jóvenes no han tenido todas estas posibilidades.

Nosotros hemos sido una generación que debería avergonzarse de lo afortunada que ha sido: nos han dado todas las posibilidades. Yo no puedo quejarme de nada; si acaso, de haber aprovechado mal todas estas posibilidades. Los que tenían diez años más que nosotros, o murieron o tuvieron una vida muy difícil.

Esto explica también la tremenda paradoja por la que mi generación sigue estando en el poder: tendríamos que estar en el hospicio de los pobres ancianos, deberían estar en el poder los que tienen 30 o como mucho 40 años.

Y no es que queramos estar en el poder, es que nos lo piden y estamos obligados... Estar en el poder no quiere decir ser jefe del Gobierno, sino director de la colección, director de la revista, de la editorial... Estamos condenados a quedarnos en el poder porque las generaciones siguientes no han tenido las oportunidades que nosotros hemos tenido.

Ahora ya serían casi dos generaciones las que han pasado en blanco. Unos son los estudiantes del 68. Un momento muy difícil. Y los de después, peor todavía.

Naturalmente, tengo estudiantes de 30 años que son buenísimos, son unos genios, pero el porcentaje es bajo. Nosotros, en un 80% hemos ocupado todos los espacios; estos los ocupan en un 30%. Produce una gran melancolía.

La sensación un poco de mala conciencia, también. Nosotros deberíamos estar tumbados en una hamaca leyendo y dando buenos consejos.

¿Y cómo encuentra Italia actualmente con Berlusconi en el centro de todo?
Antes se decía que el futuro de Europa sería Estados Unidos. Hoy, desgraciadamente, el futuro de Europa será Italia. La Italia de Berlusconi anuncia situaciones análogas en muchos otros países europeos: donde la democracia entra en crisis, el poder acaba en las manos de quien controla los medios de comunicación. Así es que no se preocupen por nosotros, preocúpense por ustedes mismos.

¿Y tiene usted alguna esperanza de que internet sea una contribución democrática a la crisis democrática actual?
Siempre digo que la televisión es buena para los pobres y mala para los ricos. Es decir, la televisión ha enseñado a todos los italianos a hablar italiano, los que no tenían escuelas aprendieron por televisión dónde estaba India...

En cambio, los que tenían escuelas, al ver la televisión se vuelven más estúpidos, así que la televisión es buena para los pobres y mala para los ricos.

Pero no ricos en sentido económico, nosotros somos los ricos. Y lo mismo ocurre con Internet: en ciertos países, como China, es un instrumento fundamental para poder pasar informaciones y noticias que de otro modo no llegarían.

En otros países donde estas noticias pueden llegar, puede ser una forma de encerrar a los jóvenes en una soledad totalmente virtual, fuera de la realidad.

Pero Internet no es una sola cosa, es muchas cosas. Es como un libro: ¿un libro es bueno o malo? Si pone Mein Kampf es malo, si pone La Biblia es bueno.

Y lo mismo Internet: es un instrumento que en muchos casos ha cambiado nuestra vida, nuestra capacidad de documentación, de comunicación, etcétera. Y en otros casos se presta a difundir noticias falsas. Uno nunca sabe si lo que le llega a través de Internet es verdadero o falso.

Esto no ocurre con los periódicos o con los libros, porque más o menos uno sabe que El País es algo distinto a Abc, que Le Figaro es algo distinto a Libération. Y según el periódico que compra, sabe cuál es la posición del periódico, y se fía o no se fía.

Y lo mismo los libros: si uno ve que un libro es de Mondadori o de Columbia University, se piensa que alguien quizá ha elegido este libro y ha impedido que se publicaran otras cosas, pero si ve un editor extraño, no puede saberse nada de antemano. Con Internet no se sabe nunca quién habla.

¿Y no pasará eso en Internet también, que habrá marcas, o editoriales, lugares de confianza?
No, porque cualquiera puede conectarse: yo, usted o un señor X que está loco, mientras que este señor X no puede montar una editorial o un periódico, necesita gentes que le apoyen.

Hay filtros sociales: antes de que alguien haga un periódico están los que le dan dinero, los periodistas... Hay filtros: a través del que le da el dinero, de los periodistas, sabemos que es fascista, o comunista... En cambio, con internet, el señor Fulano no se sabe quién es.

Usted y yo, que somos personas de cierta cultura, podemos darnos cuenta muchas veces de si el que hace el sitio de Internet está loco o no, pero si es un sitio sobre física nuclear, usted no se da cuenta, y yo tampoco.

Así que imagine a los jóvenes que utilizan internet en la escuela y pueden encontrar un sitio racista, un sitio negacionista... Y no saben hasta qué punto creerlo o no.

¿Y qué piensa de esta oleada que proclama la bondad del saber de las muchedumbres, las fuentes abiertas, el pensamiento compuesto por los muchos que acuden a la Red?
Ya se lo he dicho: Internet es como los libros, puede haber libros buenos y malos.

Por ejemplo: en política, hoy, en Italia, con una crisis de los partidos, se están creando zonas que en italiano se llaman de sociedad civil, que se manifiestan, pero que no son de un partido.

Todos estos se comunican a través de Internet, y pueden reunir a 300.000 personas. En este sentido, Internet se convierte en un instrumento muy importante de libertad.
De igual modo, un joven, desde su casa, va a dar con un sitio en el que le dicen que el Holocausto nunca tuvo lugar, o con un sitio pornográfico.

El último artículo que he escrito dice: "Busquemos en internet a Padre Pío"; reflejaba los 1.400.000 sitios en que aparecía este nombre. Busquemos a Jesús: 3.500.000. Busquemos porno: 130.000.000. Porno gana por 100 veces a Jesucristo.

¿Qué hacemos frente a esta inmensidad de mensajes? Por un lado, internet puede ser un instrumento de liberación para los jóvenes chinos que consiguen decir cosas que el régimen impide que se digan, pero del mismo modo puede estar corrompiendo por la abundancia de mensajes sexuales que les llegan.

Antes, el político medio entendía el sexo como un momento de descanso: cuando había ganado la batalla de Austerlitz... ¿Pero con quién practicaba el sexo? Con la condesa Castiglione, con Sarah Bernhardt, con mujeres que valían la pena.

Ahora estos políticos no lo entienden como un descanso después del trabajo, sino como lugar del trabajo, y se conforman con putillas.

Piense en la historia de los sacerdotes: antes el sacerdote vivía en la rectoría y sólo veía al ama de llaves, fea y con bigote, y leía L'Osservatore Romano.

Ahora ve la televisión todas las tardes y ve senos, culos, y luego decimos que se convierte en pedófilo. El pobre diablo tiene ante sí una serie de provocaciones. El pobrecillo tiene que ver todas las noches en la televisión pública cosas que antes... Y lo mismo ocurre en el mundo político: es toda una degeneración.

Y lo mismo Internet: son los que ven los 130.000.000 de sitios pornográficos en lugar de los 3.000.000 de sitios sobre Jesús.

Quizá en este ascenso de los movimientos sociales que hemos dicho se esté fraguando el germen de una democracia distinta, porque ¿cómo seguir soportando la idea de que un Gobierno sea elegido para cuatro años y que durante esos cuatro años no se les pueda despedir, tal como si hubieran sacado una plaza de funcionarios?

Desde luego no hemos reflexionado lo suficiente sobre el hecho de que hemos llegado al final de la democracia representativa. Cuando en Estados Unidos vota sólo el 50% de los ciudadanos, y uno debe elegir entre dos candidatos, es elegido con el 25%. Candidatos que no son elegidos por el pueblo, sino por la organización interna.

¿A quién representa este candidato? ¿A cuántos ciudadanos representa? ¿Cuál es la diferencia con el sistema soviético, en el que el Sóviet Supremo elegía tres candidatos, luego discutían y elegían a uno?
Que en Estados Unidos existe el control de la sociedad civil, los lobbies, las organizaciones culturales y religiosas, industriales, hay una serie de poderes que controla el poder central, y que en la Rusia estalinista no existía. Pero no es una democracia representativa.

Estamos llegando a una crisis trágica de la democracia: seguimos simulando que existe la democracia representativa y que soy yo, el ciudadano, el que elige a mis representantes, pero no es cierto.
El nacimiento de estos movimientos sociales fuera de los partidos, que en Italia se llaman los Violetas y se reúnen vía Internet, pueden ser el futuro, o la corrección de una democracia representativa en crisis.

Así que yo no soy de los que dicen que se cierre Internet. Habrá que ver qué pasa. Igual que Italia fue el laboratorio del fascismo, que luego copió España, en este momento es el laboratorio del berlusconismo, y habrá que ver qué pasa.

¿Y cómo definiría el berlusconismo, que según usted será el destino de Europa?
Es un peronismo europeo, aunque no ha llevado al Gobierno a una actriz.

¿Prepara ahora un ensayo o una novela?
Una novela, pero yo no hablo nunca de mis novelas. Como El péndulo de Foucault me llevó ocho años, la última novela me llevará otros tantos contando desde la aparición de La misteriosa llama de la reina Loana, en 2004.

¿Y cómo es que escogió la novela? Le iba bien con el ensayo, ¿cuál fue la razón que le llevó a escribir 'El nombre de la rosa'?

Es una pregunta que muchos me han hecho, y no tengo una respuesta, así que he dado diez respuestas distintas y todas verdaderas. Uno: porque me apetecía. ¿Por qué haces el amor con esa mujer? Porque te apetece. Sin más explicaciones.

Dos: porque siempre me ha gustado narrar, solo que le contaba historias a mis hijos, y cuando crecieron se las conté a algún otro. Porque siempre he contado historias. También mis ensayos son narrativos. Porque en 1975 conseguí la cátedra y no podía desear nada más en la vida. Tenía la cátedra, mis libros se traducían a varias lenguas, y ¿qué hago ahora? Entonces se me ocurrió responder a un nuevo desafío, hacer algo nuevo.

Porque un día vino a verme una amiga y me dijo que estaba preparando una colección de novelas policiacas escritas por no narradores: se lo estaba pidiendo a políticos, sociólogos... Todos libros de cien páginas. Yo le dije que no, que no podía escribir un libro policiaco; en primer lugar porque no sé escribir los diálogos; además, si tuviera que escribir un libro sería una locura medieval y tendría 500 páginas. Llegué a casa y empecé a redactar una lista de nombres.

La otra respuesta es que tenía casi 50 años. A los 50, los señores dejan plantada a la mujer y se fugan con una bailarina. Yo, en cambio, escribí una novela: menos dispendioso y menos pecaminoso.

Las razones son infinitas y ninguna. La única es esta: mire la línea de mi vida, llega hasta aquí, se para y vuelve a empezar. ¿Qué quiere decir esto? Que aquí tuve un accidente, perdí la memoria y empecé una nueva existencia; o que aquí dejé de ser sólo un profesor y empecé a ser un novelista, a ganar más dinero, y mi vida cambió.

¿Y con qué ha recibido más satisfacciones, con las novelas o con los ensayos?
No lo sé. Obviamente, mis ensayos vendían 10.000 copias, y las novelas, 1.000.000. Pago más impuestos escribiendo novelas que escribiendo ensayos, pero la satisfacción... No lo sé, ahora se publican muchos libros sobre mí. Algunos, sobre mi actividad narrativa, y otros, sobre mí.

Algunos me hacen enfadar, porque parece que no han entendido nada; pero no sé si me producen más placer los unos o los otros.
¿Y en Italia se encuentra bien como intelectual? ¿Se considera altamente respetado?
Bueno, no me lanzan huevos cuando hablo... pero me aprecian mucho más en Francia, Alemania, Estados Unidos o España que en Italia.

Esto es obvio, normal. Los franceses, por ejemplo, se creen que culturalmente son los mejores del mundo y en cuanto alguien les gusta deciden que es francés.

Han decidido que Leonardo es francés, Modigliani es francés, Picasso es francés, y a mí me consideran francés. Y debo decir que en Francia gozo de una popularidad conmovedora, también porque el primer país extranjero al que fui, con 20 años, fue Francia. Me enamoré de París y me ocurre un fenómeno extraño: si estoy en Milán, en el tren, y alguien me dice: "Mira, Umberto Eco", me fastidia un poco, porque preferiría estar tranquilo, solo. Cuando esto me pasa en la plaza de la Sorbona, soy feliz.

¿Ha vivido en Francia?
Tengo una casa en París y voy de vez en cuando. No he vivido nunca más de un mes o dos. Yo creo que por lo menos la mitad de los franceses creen que soy francés.

¿Y cómo se encuentra de salud? ¿También le interesa esto? Me duele la rodilla y tengo hiperglucemia.

¿Se cuida?
Sí, bebo sólo whisky, que no tiene azúcar. El doctor dice que es peor que beba, pero no tiene azúcar.

¿Y desde cuándo lleva bastón?
Desde hace un año, para la rodilla. Tengo un dolor en el menisco por la pérdida del cartílago. Yo digo: Delenda cartilago, ¿Comprende? Como Delenda Cartago. Pero toda mi vida, mi sueño fue andar con un bastón. Así que ahora tengo cuatro bastones: uno del XIX, este napolitano y dos más. Estoy encantado de llevar bastón: los coches se paran; si se te cae algo al suelo, te lo recogen.

Yo pensaba siempre, cuando era joven, que me gustaría salir de casa e ir hasta el bar con un bastón y que en la puerta de todas las tiendas la gente me saludara y me dijera: "¿Cómo está, profesor?". Es maravilloso.

¿No ha hecho deporte?
Sólo natación.

¿Pero le ha gustado el fútbol?
No, no. Caminar, siempre. En Nueva York me hacía 60 manzanas. Ahora no. Ahora paso tres meses al año nadando. De los demás deportes, nada. Odio a los deportistas, espero que se maten todos entre sí.

¿Pero el fútbol, hablando de asuntos de masas, nunca le ha interesado?
No, no. En mi juventud fui campeón de auto-gol. Tengo los pies planos. Mis compañeros de clases jugaban el partido y yo preparaba los carteles, pero no participaba. Y muchos que han hecho deporte se han muerto diez años antes que yo.
¿Y pintaba?

Dibujos. Por diversión. Y toqué también la flauta, pero ahora me duelen los pulgares. Por lo demás, nada.
Bueno, tiene muchas satisfacciones más.
Los nietos.


viernes, mayo 07, 2010

El mágico misterio



En 1938 , el mítico actor Orson Welles hizo una adaptación radial del clásico “La guerra de los mundos”, novela de ciencia ficción. La historia, transmitida por la Columbia Broadcasting System (CBS) fue contada durante una hora a través de un noticiero radial que informó de la caída de meteoritos a la Tierra y de naves marcianas que estaban invadiéndonos. En medio de rayos de calor y gases venenosos, y a pesar de que en la introducción del programa se había aclarado que se trataba de
una ficción, bastaron quince minutos para toda Nueva York y toda Nueva Jersey (desde donde supuestamente se realizaban los falsos informes) cundiera el más horroroso de los pánicos y que las calles de llenaran de ciudadanos desesperados corriendo sin saber para dónde, buscando refugiarse del ataque de los extraterrestres.

El episodio obligó a Welles a una
disculpa pública, pero al mismo
tiempo lo encumbró para siempre
en los anales de la historia de la
radio.

En 1998 (para celebrar los 60
años de aquel acontecimiento),
emisoras de Portugal y México
realizaron una versión idéntica a
la Welles y obtuvieron los mismos
resultados.

Si esto pudo ocurrir en
ciudades cosmopolitas, ¿alguien
duda de que podía ocurrir en la
bucólica Valle de La Pascua?
Ocurrió, y le ocurrió Ramoncito
Carpio, quien durante los años de
su irrupción a la adolescencia cargó
con el fantasma de que la radio
del pueblo divulgaría en cualquier
momento un pecaminoso secreto
que cometió repetidamente en sus
andanzas de la pubertad.

Por allá en Loma Alta, por los
lados de Las Campechanas, se
pasó Ramoncito Carpio sus años
del destete, y no teniendo cómo
drenar correctamente su carga
hormonal, junto a sus contemporáneos
pre adolescentes hacían
descarga con María Moñito, una
noble hembra que un campesino
paraba en el patio de su casita rural.

Hasta que el amo de la bestia
se cansó de los abusos y fue a
reclamarle al papá de Ramoncito,
quien llamó a su muchacho a
una reunión entre hombres y lo
reprendió afectuosamente, pero
lo hizo delante de un compadre,
que como buen llanero era bueno
relatando o inventado leyendas.

Apenas Ramón recibió la amonestación
paternal, su padrino lo
consoló diciéndolole que ya estaba
hecho todo un hombrecito y que era natural que empezara a
relacionarse con el sexo opuesto.
Eso sí, le dijo, tenga cuidado, porque
ese pecado ya debe saberlo la
radio, que todo lo sabe y todo lo
dice.

Esta frase fulminante retumbó
por mucho tiempo en la mente de
Ramoncito: la radio todo lo sabe
y todo lo dice. Cuando la emisora
del pueblo comenzaba con sus
emisiones informativas, a Ramoncito
la vida se le hacía trizas,
porque le entraba el pánico de saber
que la próxima noticia daría
cuenta de su pecado.

Cada vez que se veía con su
padrino, el fantasma de Ramoncito
se actualizaba, porque le
decía que no se confiara, que era
cuestión de esperar, porque la radio
todo lo sabía y todo lo decía,
porque (lo peor), la radio nunca
olvida.

Secretamente, sin exteriorizarle
a nadie sus temores, Ramoncito
arrastrada las consecuencias de
su mala pata. A veces, prendía el
radioreproductor y se quedaba escuchando
largas horas la delación
que en cualquier instante habría
de ocurrir inexorablemente. Muchas
veces pensó que hubiera sido
mejor que el secreto se contara de
una vez, para acabar con la agonía.

El desenlace de su misterio se
prolongaba inexplicablemente, lo
que por temporadas atenuaba el
sufrimiento de Ramoncito, pero el
padrino cumplía el papel del animalito
que el oído le actualizaba
una verdad tan indiscutible como
Dios: la radio todo lo sabe y lo
todo lo dice, y nunca olvida. Esta
era la condena de Ramoncito.

Pasaron muchos años y Ramoncito
llegó a la adultez, y entonces
analizó lo que seguramente había
ocurrido: que su pecado había
prescrito (caducado), de modo
que se sintió liberado después de
cumplir tan larga condena. Al escuchar
la radio ya lo hacía aliviado,
y sentía que en la narración de
cada noticia le entraba aire fresco
a los pulmones. Se sentía un hombre
nuevo, un hombre regenerado
de un pasado inconfesable y del
cual la vida lo había absuelto finalmente.

Caminaba con la frente
muy alto, sin que por ello el gusanillo
alojado en una de sus orejas
le dijera de cuando en cuando: la
radio todo lo sabe y todo lo dice,
y nunca olvida.

sábado, abril 10, 2010

Su alteza

Er Conde del Guácharo (quien usa la fachada legal de Benjamín Rausseo para ejercer su faceta capitalista) comparte con sus superiores (los humoristas) un rasgo distintivo: fuera de acción permanecen siempre con lo que la guasa criolla denomina una cara e’ culo. Para ser justos, Er Conde ni siquiera pertenece a un estadio supuestamente inferior: cómico. Er Conde es algo más infinito: un jodedor arquetipo de la venezolanidad, y viene a ser a la joda lo que Chávez a la política: alguien que nos encarna al pelo, al que nos parecemos mucho y en quien nos reconocemos sin mayor esfuerzo y, por contrario, cagaos de la risa. No es un hecho fortuito el que Er Conde comience indefectiblemente todos sus espectáculos con un grito de guerra: ¡Buenas noches, cuerda e’ jodedores! La estampilla venezolanista de Er Conde tiene en Carlos Sicilia al constructor de otra variante: Er Conde como el sociólogo más vergatario del país, una exégesis de indudable factura sicialiana (hasta por lo mafioso).

Esta teoría de Er Conde como arquetipo de la jodedera me pertenece y la construí con liviandad en estos días de Semana Santa, cuando aterricé en Valle de La Pascua para renovar la fe y hacer mis cultos gentilicios. Andaba de casa en casa “gorreándole” el café a los vecinos y comiendo el celestial dulce de lechosa que prepara la negra Machuca, además de fagocitar los singulares tentempié que prepara mi primo Jean Carlos en plaza Kúo, cuando los muchachos me informan que Er Conde ha hecho escala en nuestra amada y nunca bien ponderada ciudad en su ruta a Margarita (la cábala lo ha hecho prescindir de su avión privado después de que cierta vez hace unos años su aeronave se desmamonara salvándose milagrosamente).

En el hotel San Marcos (una vaina así como un hotel Tamanaco a escala) pasó una noche, donde se formó una espontánea cumbre de mamadores de gallo, que no era inédita, pues los orígenes de este tipo de congregaciones se remontaban a los primeros y deprimidos (y deprimentes) años de la década del 90, cuando en nuestro pueblo le sacamos las castañas del fuego al pobre Er Conde, quien atravesaba una pantanosa crisis de creatividad, tan clásica en los creadores (ah verga, Er Conde se presumía un creador). En rigor no lo era, no lo es y probablemente no le interese serlo. Era, es y seguramente querrá seguir siendo un producto al que consumen por igual tirios y troyanos, de ahí la descomunal ganancia que producen sus tantas recetas, algunas de las cuales –dicho sea de paso, para ir aterrizando mis propósitos- fueron, son y quién sabe si irán a tener el sello made in Valle de La Pascua.


En esos descorazonadores años uno y dos A.C. (ante de Caldera II), yo había integrado a la patota del barrio a Antonio Hernández, un carupanero al que la peste del hambre de su terruño había hecho montar una vez en cualquier autobús que lo llevara a cualquier otra parte donde hubiera una mínima promesa de un mejor paisaje. Un torcida del destino lo montó en una de las lujosas unidades de Autobuses La Pascua (totalmente de tablas acolchadas en su interior), en la cual apenas cruzaría Guárico con tránsito quién sabe si Maracay, Valencia o la mismísima Caracas.
El confortable autobús – por tratarse de su ciudad fundacional- hacía parada en La Pascua, donde aquella noche los pasajeros debieron hacer trasbordo porque se había dañado la unidad. Antonio tuvo que dormir en el terminal de pasajeros porque el nuevo colector se empeñó en que le mostrara el pasaje.

Una sagacidad monstruosa para conectarse con la gente lo retuvo momentáneamente en uno de los tarantines del terminal, donde la darían comida y hospedaje en el piso a cambio de atender a los clientes, lavar los platos y barrer el recinto. Poco a poco fue internándose en la ciudad, hasta que arribó a un restaurante que por entonces operaba en una de las esquina de la plaza Bolívar, donde hacía exactamente lo mismo, sólo que ahora con una mejora sustancial: podía quedarse con la propinas, una ventaja que Jesús Cabezas –protervo personaje esencial del criollismo, que nuca faltan en toda historia que se respete- le restregaba para retenerlo, pues era evidente que un esclavo con tan altísimo rendimiento no se conseguía así nada más. Cabezas, viendo lo avispado que era el mozalbete, intentó alistarlo en su escuela de boxeo, con la esperanza de convertirlo en el sucesor bien de Pantoño Oronó o Esparragoza (ambos paisanos orientales de Antonio). La astucia del tarajallo lo espantó rápido de aquella nueva emboscada de la vida. Luego reventó como vendedor puerta a puerta de purificadores Pasteur (donde yo lo conocí), actividad en la que descollaría gracias a una locuacidad y optimismo a prueba de esos entristecidos primeros años.

De mi mano llegó a las reuniones de vagos que se levantaban todos los días a cualquier hora en la cima que se forma en el cruce entre las calles Paraíso y la 19 de Abril, también conocido como El Cerro, por ser la parte más alta de la ciudad, esto será unos 30 metros por encima del nivel del mar. No le costó mucho integrarse a la pandilla de mamadores de gallo que liderizaban Enzo (alias Negro Azul o Belcebú) y Ramón Blanco, de quien me apresto a decir su mote so riesgo de que no sea reconocido en este relato: alias Curtío (me abstengo de entrar en detalles).
Terciábamos todos, pero cuando Enzo y Curtío estaban entonados, la tierra temblaba, aquello era un festival del más grueso calibre de descarnada “tomadera de pelo”. De aquellas sampableras Antonio se hizo partícipe, pero cada vez más de forma pasiva, porque sus referencias personales no hallaban suficiente eco ni relación. Ambos asumimos espontáneamente y sin pensarlo el rol de relatores y cronistas de aquellos contrapunteos (para entonces yo ni siquiera sabía que el periodismo se podía estudiar en la universidad).

Concluidas las faenillas, Antonio y aquí el suscrito nos sentábamos a seleccionar lo mejor de los encuentros y a dejar registro para la posteridad, cosa que hacíamos en octavillas escritas a mano y que luego leíamos a voz en cuello en la siguiente reunión, lo que servía como combustible para el arranque de ese día.

Nuestras octavillas alguna trascendencia tuvieron. En El Cerro se hacía la más concurrida y ocurrente quema de Judas. Los Paleta (denominación general con la que todos nos referíamos a todos los integrantes de la familia Paleta, cuya casa se ubicaba en la altura máxima) todos los años hacen un muñeco y lo ponen a la vera de la calle, donde los vallespascuenses se detenían a hacer entusiastas diezmos para contribuir con las tradiciones parroquiales y con la cirrosis de nuestros panas Los Paletas.

El domingo de Semana Santa el pobre Judas ardía… previa lectura de un testamento que dejaba a cada vecinos uno de sus bienes, siempre entregado en versos rimosos que leía Aquiles Herrera y que en un tiempo fue creación colectiva, principalmente de Miguel Herrera (fallecido una tarde que volcó cuando regresaba de pescar deliciosas y nutritivas guabinas) y del propio Aquiles, quien habiendo sido víctima de una crisis de creatividad (o en todo caso de dedicarse a repetir los mismos giros de años pasados) y no estando ya en vida Miguel, empezó a causar bostezos en la colectividad, que se concentraba ansiosa a escuchar la lectura del testamento. A Víctor Mascaclavos siempre lo reventaban por su afición a bañarse una vez al mes, aunque él tenía una explicación toda científica para, más bien, predicarnos a los crédulos que el agua contenía unos iones que desgastaban el cuerpo y lo envejecían prematuramente.

Entonces ocurrió que de forma natural (y asomándose ya una nueva generación de adultos en la barriada) nuestras octavillas sirviesen como base para las venideras quemas… luego nuestras octavillas cobrarían versiones radiales con libretos censurados para no escandalizar las sanas costumbres e irreductible moral cristiana de la ciudad. Todo ello hasta que huimos a ver si estudiábamos algo y aquello quedó convertido en historia (o en polvo cósmico, según se lea).

Pero antes de que ocurriera el interludio en el que acabo de ocurrir, Enzo había inventado un género de la comicidad y con el que Antonio había de socorrer a Er Conde en desgracia. Implacable en extremo, Enzo detectó que hacer leña de sus propias hermanas y de sus padres desternillaba a la concurrencia. Por ejemplo, de su hermana Ana (a quien tildaba de haber sido poco agraciada por la obra de Dios, cosa que no viene al caso suscribir o negar) solía hilvanar despiadadas construcciones: “Cuando Ana era chiquita era tan pero tan fea, que la encerraban en una habitación y le mandaban el tetero en una patineta”.
O: “Cuando Ana era chiquita era tan pero tan fea, que en lugar de una andadera la metían en un hueco en la tierra y le echaban agua para que resbalara y aprendiera a caminar”. Los estruendos de esta misma escena sobrevenían cuando Enzo contaba que cuando Ana tenía meses de nacida y lloraba de hambre, su mamá Pura le preparaba y el tetero y le decía al papá (Chicho) que se lo llevara al cuarto, a lo que el protector proponía: “La pinga, vamos los dos”.

Er Conde tiene contratados varios equipos de dialoguistas o recolectores de chistes que le entregan para que él adapte y entonces vaya y se entarime y los cuente como si se le acabaran de ocurrir a él (qué ocurrente este Conde, chico). Tiene caza chistes en las distintas regiones del país para adaptarse a cualquier localidad.
En aquellos ya referidos entristecidos primeros años de los 90, fue a presentar un show a Valle de La Pascua (cosa que hacía y sigue haciendo unas dos o tres veces por año). Antonio lo conocía y él conocía a Antonio, de modo que lo fuimos a saludar una de las ocasiones que visitó la ciudad en aquella grisácea temporada. Entraron en rápida camaradería y enseguida empezamos a sorber tragos sobre las rocas, lo que distendió la cháchara y la robustez emocional de Er Conde, quien terminó confesándole a su paisano que andaba atravesando una crisis pavorosa de creatividad tanto sus equipos como él mismo, que ya estaba cansado de darle la vuelta a los chistes de los últimos años y que ya comenzaba a recibir rechiflas, que el público se estaba volviendo más exigente incluso agresivo, amén de que la crisis eran tan profunda que cada vez la gente se permitía menos el lujo de irlo a escuchar, y tal y tal.

Antonio le habló de los congresos cotidianos del cruce entre la Paraíso y la 19 de Abril, y le comentó de nuestras funciones de cronistas y de nuestras humildes octavillas.

Ni güevón que fuera, Er Conde se devoró el histórico de nuestras octavillas y se cagaba de la risa, especialmente lo referido a los padecimientos de Ana en su más tierna edad. Celebraba a carcajada batiente cuando le decíamos que el creador de aquellas parodias era el hermano auténtico de la sufrida Ana.

Nos puso a Antonio y a mí a redactarle una versión corta para el show de aquella misma noche. Desde entonces Er Conde empezó a despellejar a sus inventadas hermanas, a quienes pintaba como prostitutas y cosas peores. Esto le sirvió para hilar hasta su propia madre… había topado con el invento de Enzo, el nuevo género de la comicidad de reírse de su más sentida parentela, cosa que por aquella curva de la historia nacional nadie había osado. Al asegurar que se trata de un invento de Enzo, debo necesariamente explicarlo: para esos primeros años de los 90 en este país no se conocía el oficio de humorista (tal como lo conocemos hoy, que no hayan qué hacer con tanto billetes y eso que todavía no descubren el manantial de Manuel Rosales), era prácticamente un país aburridazo que se salvaba por la jerga callejera. Con decir que Joselo -que apenas guturaba y con eso se ganaba al país (qué paisito, mi llave)- era la estrella rutilante de la risa. Coño, en este país sólo se contaban chistes de Jaimito, a mí no me vengan con tontadas, reconózcanle su vaina al Enzo.
Durante cosa de un año, Enzo, Antonio y yo estuvimos adaptando las octavillas para los espectáculos de Er Conde cuando Er Conde nos descubrió, hasta que nos hartamos porque la paga no llegaba o llegaba muy magra, sospechando luego Enzo y este servidor de ustedes que Antonio había descubierto, por su parte, la vieja técnica de la explotación del hombre por el hombre. Evocando todo esto y al influjo del aguardiente, Er Conde se reventaba de la risa la noche reciente que acabo de referirles.

viernes, abril 02, 2010

Relación para un amanecer llamado amor


En la galaxia espiral de Andrómeda existe
un florido planeta donde los ríos no ahogan el mar
Donde fuego y hielo queman las contradicciones
Donde no hay necesidad de regreso
Donde 0 x 0 es más que el infinito
Donde los puntos cardinales son más de 100 millones
Norte y Lia Sur y Símbolo Espliego y Araceli
Miguel y Adriana Orfeo y Atabal Cedro y Valquiria
Misterio y Prodigio Neón y Asfalto Rosa Ercilia y Dionisius
Antonio y Elena mis pobres padres mis pobres Virreyes de Indias
Mi viaje a Europa Este y Adelfa Oeste y Clavicordio
Donde todos viven en éxtasis
Donde nada ni nadie es vil
Donde el sol es anillo y ritual de bodas
Donde somos ráfagas de luz y nos desplazamos en silbos
Un planeta limpio y pulido
Donde los enamorados viven en palacios flotantes
Donde Dios tiene un puesto de revista mal atendido y mata el tiempo hablando del pasado
con Buda y Mahoma y el Vendedor de verduras de la esquina
y la gente ya los conoce y la gente cuando pasa dice
"esos cuatro vagos son panita burda"
Donde el hijo de Dios y los ángeles del desenfado
beben el aire de las avenidas sobre sus motos trepidantes
Donde no hay academias militares ni policías ni cárceles ni monedas
Donde somos sabios
Donde somos buenos
Donde los últimos insidiosos
escaparon por un túnel y cayeron al vacío
Astro paradisíaco amado y defendido
por francotiradores y poetas
Donde la muerte está de capa caída
Donde los hombres son gentiles
Donde las mujeres son ramos de jacintos
de labios y de ojos cambiantes de colores
Un astro moderato cantabile
Donde la noche es vino y alegría hasta el amanecer
Su capital es una ciudad resplandeciente llamada Estefanía
Donde tú tienes señorío
Donde eres reina
Ese planeta es mi corazón errante.

Del poemario “Amanecí de bala” (1971)


Al enterarme de que el Celarg no abrió el concurso internacional de poesía Víctor Valera Mora (“El chino”), sentí una devastadora tristeza y me entraron una irrefrenables ganas de leer y leer y leer su poema “Relación para un amor llamado amanecer”.

Caramba, cuál será el maní que nos tiene obstruido el entendimiento. Yo, a título de militante del ñangarismo, dejo saber mi más repudiable rechazo a esta desaparición.

lunes, marzo 01, 2010

Juanes y la libertad de expresión

Mientras que por un lado anda haciendo conciertos de “paz” con amigos que se le parecen en lo fascista, Juanes se permite meterse con la madre de un presidente, pacíficamente, eso sí, pues lo hace de buena manera, tú sabes, un chiste entre amigos. Además, chico, fue por internet, tampoco fue que se lo dijo en su cara.

La faceta peor de Juanes sobrevino cuando su uribismo provocó reacciones descomunales, ante lo que no tuvo mejor defensa que decir que se acababa el juego porque él se llevaba el balón, es decir, ultimadamente este twitter es mío y hago lo que me da la gana. Cerrado el debate porque al señorito no le gustó que sus seguidores le retrucaran. Mira tú la talla democrática de este fanático de Uribe.

Con Juanes se evidenció de nuevo un problema de fondo en estos parajes oligarcas de la América Latina: Viva para mí la libertad de expresión. Si son otros quienes la quieren usufructuar, no señor, me llevo la pelota. Eso es todo, Juanes expuso la manera en que ellos reclaman libertad de expresión, cuya existencia reconocerán cuando sea de uso exclusivo para ellos, aunque para lograr esto le hagan creer a los periodistas de a vecindad suramericana que todos tenemos derecho a ella.

Además, vale, qué pacifista es ése que va a andar por ahí mentándole la madre a un presidente que luego de una década tiene de patas al imperio, ¿será porque el pueblo no lo quiere? Es decir, ¿esa mentada de madre fue para todos quienes le tienen el pecho puesto a esta Revolución que no le gusta a Juanes?

Esperamos que las reacciones a su imbecilidad le hayan dado una importante lección, y que haya evaluado que el uso y abuso que de la cacareada libertad de expresión cometen los terratenientes mediáticos latinoamericanos quizá lo hayan hecho caer en una trampa, le hayan hecho pisar el peine de que a Chávez no lo quiere ni su mamá.

sábado, febrero 06, 2010

¿Quién fuera?

Estoy buscando una palabra
en el umbral de tu misterio.
¿Quién fuera Alí Ba-ba?
¿Quién fuera el mítico Simbad?
¿Quién fuera un poderoso sortilegio?
¿Quién fuera encantador?

Estoy buscando una escafandra,
al pie del mar de los delirios.
¿Quién fuera Jacques Costeau?
¿Quién fuera Nemo el capitán?
¿Quién fuera el batiscafo de tu abismo?
¿Quién fuera explorador?

Corazón, corazón oscuro,
corazón, corazón con muros,
corazón que se esconde,
corazón que está dónde,
corazón, corazón en fuga,
herido de dudas de amor.

Estoy buscando melodía
para tener como llamarte
¿Quién fuera ruiseñor?
¿Quién fuera Lennon y McCartney,
Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque?
¿Quién fuera tu trovador?

Corazón
Corazón, obscuro,
corazón, corazón con muros,
corazón que se esconde,
corazón que está dónde,
corazón, corazón en fuga,
herido de dudas
de amor.

jueves, enero 28, 2010

miércoles, enero 13, 2010

A zapatazos limpio

Anoche el presidente Chávez se conectó con La Hojilla para en un paraje informar en 2009 fueron importados 90 millones de pares de zapatos. Siendo que no soy ducho en los menesteres económicos (como no sea cero mata cero), el dato me vino a esclarecer de forma transparente la devaluación y sus bondades estratégicas: que se desmontó una bomba de tiempo que en la distancia hacía insostenible a la revolución.

El dato quiere decir que, en promedio, cada venezolano mandó a comprar al exterior 3,2 pares de zapatos. Pagados, eso sí, a precio de dólar Cantv, a unos carajos que los ingresaban al país luego de haberlos comprado afuera con dólares que obtenían de Cadivi a 2, 15. Una auténtica golilla que quién no. No se ha profundizado en la divulgación de las estadísticas de exportación, pero seguro que hasta las cajas de clips las estábamos trayendo del extranjero.

Con la dinámica a 2, 15, el Gobierno estaba trabajando con singular efectividad para que sus adversarios acumularan las calorías que les permiten reírse de las leyes y del país. En la otra esquina, pues los empresarios nacionalistas que sí fabrican sus zapatos en Venezuela se los tenían que comer. Supongo que a eso es lo que llaman el aparato productivo nacional.

Entonces la Revolución Bolivariana estaba conspirando contra sí misma, lo que en contraste informa la grandeza de su desempeño, porque hay que haberle echado un camión de bolas para engordar a sus enemigos de semejante manera y al mismo tiempo mantener la robustez que todavía mantiene. Es decir, pues, el Gobierno acaba de extirparse un cáncer antes de que le hiciera metástasis.

Ahora bien, 3, 2 pares de zapato en promedio debería estar en Guinnes, y eso que no estamos contando las cholas nacionales que también adquirimos. Pataenelsuelo sí que no somos, a juzgar por este chistosito dato.

Indeseable como cualquier cáncer, la devaluación arrastra sus dolores post operatorios, como ese combate contra le feroz especulación, monstruo de mil colmillos que mucho se me antoja requerirá de que hoy o mañana se rigorice la ley.

Repito que el dato me desbordó, porque también sirvió para recordarme que no compro unos pisos desde 2005, lo que me exhibe como un tacaño enfermo, será. Pero los acabo de supervisar y están en estupendas condiciones, amén de que me encariñado con ellos y me cuesta andar sin ellos, de hecho. Reviso en mi pieza y tengo otros que van para los diez años, sin cambio de suela. No me parezco al país, por lo visto.

Quitando a los acomplejados que han salido a comprar pantallas de plasmas y ipod, no veo que el ajuste haya resultado un descalabro de las proporciones que a veces figuramos en la intimidad. Lunes, martes y miércoles mi empanada ha seguido costando los 5 bolivitas de diciembre, lo mismo que el cafecito. Estoy esperando nada más que la doña se atreva para echarle encima al Indepabis.

A quienes sí he visto con caras desencajadas son a los periodistas mejor rankeados en las agencias de publicidad. Ellos la única cuenta que sacan es que ahora también habrá en doble de bolívares en las arcas del Gobierno, para más señas con un precio del barril al doble de lo estimado en el presupuesto nacional...

Esa desventaja se la van a intentar quitar de encima sacándole la chicha al coco de la especulación. Todos los días se dedicarán a gritar que ya no se puede ni comer en este país de obesos (yo soy uno ex de ellos). Lo dirán en un close up luego de que hayan cumplido con su compromiso comercial con la casa atunera, porque así de patéticos son ellos.

En lo que sí me afecta a mí la situación es con el blackberry que iba a comprar, aprovechando que me anoté en la onda del twitter. Como presumo que me lo querrán vender al doble, de una vez les pinto una paloma.